Creatividad

Esperando

Tres horas, dos horas, una hora —se decía—, parecía que la espera sería eterna.
—Tenía que llegar a una cita, pero el metro se retrasó; comenzó a hacer ruidos raros, estaba llegando a la estación y, de repente, se detuvo, los pasajeros nos miramos. Paró en una zona en la que no se podía salir. No sé cuánto tiempo pasó, solo pensaba en bajar.
Estar en un vagón lleno te produce varias sensaciones, a mí me comenzó a faltar el aire, ahí descubrí que sufría de claustrofobia, nunca me percaté de ello…
—A mí me pasaría lo mismo, cuando voy en la línea… es común ver a gente apiñada, he visto a cientos de personas yendo como en una romería.
—Suele pasar, en especial, en hora punta.
—Lamentablemente la comunidad no hace nada, cuando más gente hay es cuando baja el flujo del servicio, es un despropósito.
—Son cosas de todos los días.
Realizaba sus labores con premura, de tal modo que, a la hora marcada, estuviera desocupado —libre de cualquier actividad que pudiera distraerlo—. Si tenía que terminar los informes de turno, empezaba pronto y los presentaba antes de tiempo. Cuando, por casualidad, llegaban tareas imprevistas, conversaba con alguno de sus compañeros y acordaban que, cuando fuera necesario, les cubriría las espaldas.
—Tras ese sinsabor, llegué al lugar, pero no había nadie, deduje que mi tardanza fue la culpable de que no me esperaran. Tenía planeado hacer varias cosas, me quedé con las ganas…
Para conseguir ese apoyo prometía todo lo que fuera posible, a veces no se medía, luego, cuando debía consumar lo ofrecido, se daba cuenta de que se le había pasado la mano. Por salir, podía vender lo que sea, le daba igual, solo pensaba en irse temprano.
—¿Y después?
—Me fui a dar una vuelta, callejeé por unas horas, hasta que se hizo tarde, no hacía buen clima…
—¿Podías haber esperado?
—Sí, pero ese día no me apeteció, fue el momento, tal vez en otro, esperaba, pero no, ese día no. Tampoco me entusiasmaba tanto. Sin embargo, al día siguiente llamé, pensaba pedir disculpas por no haber esperado para tranquilizar mi conciencia.
Se dirigía al estadio. En el camino entendía lo difícil que sería conseguir entradas, pero para eso estaba la reventa —pensó—, a pesar de estar prohibida.
Era fácil encontrarse con personas que habían comprado entradas para sus amigos y estos los habían plantado, por eso vendían el sobrante.
—Por lo menos tuviste el detalle, hay… que nunca harían eso.
Cogí el móvil, marqué, esperé a que diera señal, me contestó:
—Hola, llamaba por lo de ayer…
—Sí, disculpa que no te llamara.
—Ayer… —me interrumpió.
—Lo sé, lo sé, me estuviste esperando, lo siento…
Una vez adquirida, se lamentaba por no haberla obtenido en ventanilla, pues no le sería posible elegir un buen asiento, meditaba en ello y lo olvidaba pronto, mientras no le tocara detrás de alguna de las porterías, valía la pena, desde las tribunas laterales había mejores vistas.
Mi móvil estuvo tonto toda la tarde y, lamentablemente, no me sé de memoria tu número, por eso no te llamé para avisarte que no iría. Lo siento, imagino que te pilló la lluvia. En serio, no era mi intención, tenía muchas ganas de salir, pero se me presentaron unos imprevistos…
—No me sorprende que tus… sean más importantes…
—Entiendo cómo te sientes. Cuando se te pase el enfado llámame, y, nuevamente, disculpa.
La primera vez que asistió a ese lugar se sorprendió por lo espectacular del campo. Había cogido un sitio, por recomendación de un colega, alejado de donde se hallaban los seguidores más entusiastas, es un incordio —le dijo—, no dejan de hacer ruido y los gritos son molestos.
—¿Dejaste que dijera todo eso y callaste?
—Tenía la intención de pedir disculpas y se adelantó, yo no tengo la culpa.
Para proporcionarles entradas la directiva del club les solicitaba que fueran activos durante todo el encuentro, las ganas no debían decaer. Esa era la razón por la que estaban durante todo el encuentro saltando, alentando, era como si la gran mayoría hubiera nacido para eso, se les daba bien. No le desagradaba la idea de ser parte de ese grupo, pero se sentía incapaz de seguirles el ritmo.
—¿Qué podía hacer?
—Le hubieras dicho que te fuiste sin esperar y que llamabas para disculparte.
—No me dio oportunidad.
—Te la dio, sin embargo, preferiste hacerte el indignado.
Tenía la esperanza de ver un triunfo de su equipo, pero no fue así, perdió, y lo peor de todo fue el mal espectáculo. Salió decepcionado del recinto; le daba vueltas a las deudas que había adquirido por estar ahí…
—Se me presentó la oportunidad y la aproveché.
-Menudo argumento.

Mitchel Ríos