Creatividad

Espejismo

Metió en un bolso tres libros, los escogió porque, según su criterio, los consideraba los mejores que había leído. Esta perspectiva podía chocar con el juicio de sus colegas, pues ellos no los tenían en la misma consideración.
Sobre gustos no hay nada escrito —repetía—. No tenía necesidad de seguir al rebaño, pensaba diferente y eso le hacía sentirse dueño de un pensamiento elevado, propio, que no dependía de las circunstancias anexas, sino de las propias, era él y las suyas, no le daba más vueltas.
Siempre quería tener la última palabra en las conversaciones, cuando sus colegas consideraban que sus argumentaciones habían llegado a su fin, él reabría el debate, con un «sin embargo», tomando como punto de partida esa muletilla comenzaba a soltar una ristra de expresiones, dichas con tal convencimiento que nadie dudaba de ellas.
La mayoría de las veces solo se dedicaba a repetir lo que había escuchado en las charlas de… al que era asiduo, quien no lo conocía podía considerar que era una luminaria (su pensamiento profundo lo denotaba). Sabía citar, soltaba un comentario y añadía: como sostenía…, incluso se ufanaba de ser bueno para recordar el inicio de todos los libros que había leído, como si fuera una letanía vocalizaba cada una de las líneas. Pero bastaba con ser constante en sus disertaciones para darse cuenta de que no aportaba nada, era como una máquina, memorizaba todo al pie de la letra, más eso de nada valía si las palabras que soltaba no eran suyas, pues no sabía reformular sus conocimientos, no los había interiorizado, cuando empezaba a recitar bastaba con fallar en un enunciado para que se desmoronara su edificio cultural.
Ante esto más de uno evocaba la imagen del chaval que estaba recitando una poesía y, de repente, olvidaba un verso, en esa tesitura miraba a todos lados y, si no encontraba la inspiración divina para continuar, se quedaba con cara de circunstancias.
Sin embargo, este no era el caso, muchas veces la seguridad que mostraba acojonaba a los que querían replicarle o enmendarle la plana, pues los hacía dudar de lo que sabían, ¿cómo hacerle frente a ese vendaval de ideas?, ¿cómo hacerle ver su error?
Solo tres libros, no llevaba más, pues estimaba que eran la mejor representación de su buena discriminación, además no todo tenía cabida en su bolso de la sabiduría, era un lugar especial y como tal tenía que tratarlo, no quería llevar a cuestas volúmenes innecesarios, que solo ocuparían espacio, mas no le aportaban nada, cualquier cosa puede cumplir esa función, para llevar algo así, mejor llevar una piedra, realizaría el mismo cometido: ocupar un lugar en el espacio. Por eso se oponía a quienes sostenían que era bueno leer, fuese lo que fuese, pero leer, al fin y al cabo. Para él, en este asunto, no todo valía, si recomendabas leer algo, lo mejor era sugerir elementos que aportaran y no que hicieran que un garrulo cualquiera se creyera listo, a costa de leer obras livianas, sin sustancia, para ser más exactos, light.
Podía ser considerado elitista, pero el mundo era un lugar en donde no había cabida para las medias tintas, la mediocridad no debía tener sitio en ningún lugar —argumentaba-, pues eso llama a más mediocridad y así, al final del ciclo, todos terminarían siéndolo.
Sí podía colaborar con el universo, para hacer de él uno mejor, era necesario que pusiera de su parte, a eso se debía que siempre estuviera presto para charlar, dando pautas de lo que era bueno o malo, metía baza diciendo, tú tienes cara de… esto te va a gustar. Si notaba que su interlocutor sonreía, consideraba que tenía todo ganado, era un ardid único, que sabía usar de la mejor manera, aunque para aprenderlo tuvo que seguir un proceso.
Al principio quedaba como un tipo que iba de chulo en todo, un sabihondo con el cual nadie quería interactuar, por eso trató de suavizar esa forma de entrar, llamar tonto a un tonto, de buenas a primeras, no es la mejor forma de aleccionar a alguien, era preferible hacer que se sintiera listo, preparado y de ahí, en adelante, darle la seguridad necesaria para que compartiera sus pareceres con él, incluso, para caer bien se equivocaba a propósito, si la contraparte lo corregía, decía gracias. De ese modo le daba la vuelta a la tortilla, era mejor ser visto por tonto que por listo y él era un lince para fingir. Con esto atraía, no repelía, y este era su fin. Fue un proceso, al inicio se equivocaba, pero nadie nació sabiendo —argüía—, por sus errores tenía cientos de detractores, gente que lo catalogaba como un charlatán, pero que de igual modo se sentían cohibidos en su presencia.
Hacer de la ciudad un lugar mejor —se repetía—. Debido a ello, en alguna convención, llevaba con él a quienes se prendaban de sus palabras y los conminaba a leer los textos de su preferencia. Esto podía sorprender a cualquier testigo de tal acción, pues rebuscaba en los libros expuestos, cogía uno y lo recomendaba como si fuera una de las maravillas jamás elaboradas. Cuando lo leí me marcó, por eso te lo recomiendo.
Esto será lo mejor que leerás en mucho tiempo —recalcaba—, cuando lo termines podemos intercambiar apreciaciones, a ver si le pillamos el sentido correcto a lo que dice el autor, toda opinión es válida (aunque él ya tenía como única y certera la suya).
El que salía beneficiado de esta labor era el que vendía el texto, de soslayo las peroratas de ese chiflado le hacían un gran favor, probablemente el tipo ese no era consciente de ello, pero lo mejor que podía hacer era dedicarse a vender libros, con tanto incauto en el mundo podría hacerse un buen nombre como vendedor —meditaba el encargado—.
Solo tres libros que con él hacían un cuarteto, el mejor de todos, eran parte de él, por eso, al ser una extensión de sí mismo, los llevaba a todas partes.

Mitchel Ríos