Creatividad

Especulaciones

Su pasión o más bien su obsesión (por la manera compulsiva de consumirlas), era ver series policiacas. No estaba seguro en qué momento le nació ese gusto, tal vez cuando en casa ponían los programas ochenteros con esa temática. A esa edad no se enteraba de que iba, pero todos se quedaban absortos por lo que veían, se podían hacer cientos de travesuras y nadie se daría cuenta; eso no se le pasaba por la cabeza, prefería estar ahí, al lado de la familia, por lo menos, compartían un momento entre todos, a pesar de que después cada uno se fuera por su lado.
Quizás ahí nació esa afición, si se lo comentaba a un psicólogo, probablemente, le diría que todo eso le traía esas rememoraciones y lo llevaba a ese instante de felicidad, o algo parecido, pero eso nunca pasaría, para ser sanado por el uso de la palabra le bastaba charlar con cualquiera, no con uno que le cobrara por dedicarle tiempo, para enterarse de sus batiburrillos mentales le bastaba con ver su fantasma. —Si eran buenos para solucionar la vida de otros y para encontrar los problemas en ellas, serían felices en su vida privada, sin dificultades, con soluciones a todo, pero eso era una utopía, era consciente de la facilidad de analizar a los demás y no a uno mismo. Además, lo suyo no era ir a un loquero, no se sentía capaz de estar delante de un extraño sacando a relucir la mierda que tenía dentro. Era mejor tener otras soluciones, no volverse dependiente de un profesional. Cuando pensaba en ello se le iba un poco la olla, ingresaba en sus minutos de divagaciones y, en esos reductos, era como pasar una frontera de la que volvía hecho polvo: su pensamiento era así, duro y peliagudo.
En esa época comenzó todo. Era difícil de explicarlo, cuando se sentaba delante del televisor su mente se quedaba prendada, perdía la noción del tiempo. Seguía con atención las pistas que encontraban los especialistas y se concentraba en cada una de las pautas que explicaban, era asombroso como, por medio de pruebas, invisibles a simple vista, se podía desenredar un caso, desempolvar procesos que se encontraban durmiendo a la espera de ser aclarados, para ese fin se apoyaban en los avances científicos.
Muchas veces se quedó embelesado por alguno de los casos, salía a la calle; comenzaba a ver a la gente y se fijaba en sus modos, la forma de caminar y los gestos que hacían —era sutil al hacerlo—, no quería ser pillado en pleno proceso de espionaje. Comenzaba a dividir a la gente entre víctimas en potencia y victimarios, casi siempre los más toscos y bordes eran los que entraban en el segundo grupo, pero no olvidaba que, en ocasiones, el primer juicio fallaba.
Sus observaciones nunca irían a parar a manos de especialistas, no tenían el rigor necesario, se basaban en un juego para dejar de lado el aburrimiento.
Cuando estaba en el bar, en lugar de centrarse en la charla que le daban sus acompañantes, prefería estar pendiente de lo que hacían sus vecinos, no era difícil; a veces soltaban frases que podían sonar mal contextualizándolas en un lugar diferente. Su intuición se había hecho más perspicaz a base de consumir ficciones inspiradas en hechos reales, estos le parecían los que más chicha tenían. La leyenda: el siguiente programa está basado en hechos reales, lo convertía en un incondicional. Había otros que deslindaban esa relación, argüían estar basados en hechos imaginados ¿cómo podían inventar ese tipo de sucesos, sin una base cierta? —se preguntaba—, no tenía una respuesta clara a esa inquietud, solo se quedaba con lo farragoso de los casos que le interesaban.
Su pareja, en ocasiones, le decía que veía esas series porque le daban morbo. —Si me pasa algo extraño he dicho a mi familia que me hagan la autopsia, no te saldrás con la tuya—, esta afirmación no pasaba de ser una broma, pero y ¿si todo dejaba de ser una mera especulación para convertirse en realidad?, no lo comprobaría jamás; imaginaba que todas esas actitudes llamaban la atención, no se podía vivir con alguien y no darse cuenta de su calaña, en pocos meses se podía calar a una persona —pensaba.
Los temas que a ella le interesaban eran distintos, se podría decir que no había puntos de encuentro entre ellos, ese era un asunto en el cual no les gustaba pensar, preferían pasar y dejarlo todo en un chiste, en una chanza que los hacía reír.
—Así que cuidadín, conmigo no lo tendrás tan fácil, soy un hueso duro de roer, autopsia y punto, no hay más vueltas que darle.
—No está en mis planes hacerlo —le decía—, no tendría los huevos, además no solo es cometer el delito, sino vivir con él, acaso no leíste… pues, eso, no hay peor juez que uno mismo, no podría, simplemente no podría.
—Tú lo piensas, otros lo hacen.
Las risas pasaban y reflexionaba sobre todas esas cosas que se daban en su entorno —se volvía a abstraer—. En ese momento imaginaba que, mientras estaba con su pareja, sucedían hechos truculentos, hechos de los que hablarían los equipos de investigación; no saldría a confirmarlo, el prefería sumergirse en la ficción a corroborar que sus inquietudes eran ciertas… Se enteraría cuando dieran los documentales o los noticieros.

Mitchel Ríos