Creatividad

Entrega diligente

Si de algo se jactaba era de su gran conocimiento de la zona, bastaba con que le dieran la lista de los repartos y señalaba el punto de inicio más cercano.
Tenía un mapa garabateado y ajado por el constante uso, si se ponía a pensar, tendría aproximadamente el mismo tiempo que él en la empresa, lo compró en un lugar especializado, una tienda que se situaba a dos manzanas de dónde él, a menudo, se movilizaba. Recordaba que lo compró en oferta, en liquidación (para ser más precisos) o, en todo caso, ese era el letrero que estaba colocado encima de la mesa de donde lo cogió.
Esa vez no salió con la idea de hacerse con uno, días antes, cuando sondeaba los precios, le parecieron elevados.
No solo vendían mapas, también guías turísticas, lo bueno de ese sitio es que dejaban hojear todos los libros que tenían, a él le servía, pues era asiduo a imaginarse destinos posibles para visitar. Sus imágenes eran lo más destacable, le resultaban perfectas, de ensueño, le faltaban palabras para expresar lo que le motivaban y le gustaría dominar más vocabulario, para no limitar la maravilla que tenía delante a unos cuántos epítetos. A veces, cuando el encargado estaba distraído leía las reseñas, esto le daba una buena idea de lo que tenía delante.
Se fijó varias veces que, bajando las escaleras, se podía acceder a un sótano, nunca se animó a adentrarse en ese ambiente.
—Comprar un plano de esos por… no vale la pena, para eso mejor busco la forma de imprimirme uno.
Y lo intentó, pero el papel que tenía en casa no era de la calidad que requería un documento de ese estilo. La tinta no daba el acabado que él quería, si tuviera una impresora láser —se decía—, sería otra historia, no había nada mejor que un tóner, le parecía más preciso y efectivo que un cartucho.
El papel y la tinta —se dijo—, no estaba del todo mal, podía servir, pero no para estar transportándolo, era para dejarlo grapado a la pared, por un momento la miró y, no, no valía la pena. En lugar de romper las hojas, las guardó, tal vez más adelante les daría uso.
Entró en aquel subterráneo, hizo el recorrido de siempre, antes de retirarse bajó por las escaleras, una vez ahí, se dio cuenta de que tenían almacenados una serie de guías, mapas y libros, todos, por lo visto, desfasados. Se dispuso a revisarlos, previa consulta al encargado, este le respondió que, sin problemas, ahí solían ubicar las ofertas, —menudo lugar —se dijo para sí mismo—, parecía como si no quisieran venderlas.
Se acercó a una mesa y comenzó a curiosear, localizó varios objetos que le interesaban, le parecían unas gangas, estaban a menos del cincuenta por ciento, no podía dejar escapar una oferta así. De ese modo adquirió el mapa, no podía poner como pretexto el precio. Al desdoblarlo le pareció enorme. Este le ayudaría a trabajar, haría que la ruta fuera más diáfana.
La primera vez que lo usó no entendía las indicaciones que venían en forma de leyendas, pero con el continuo manejo llegó a entenderlo a la perfección, lo mejor de todo era que podía poner marcas, la primera sería la más recordada. Así, poco a poco, llegó a señalar todas las hojas, con líneas y apuntes, semejaban bitácoras de la experiencia adquirida durante los repartos.
Conforme pasaban los años, la empresa comenzó a sopesar mejores formas para repartir, por eso, para ayudarles a hacer más eficiente su labor, le entregó a cada trabajador una PDA.
Él fue renuente al cambio, no le parecía necesario, la actividad no era sencilla, pero las herramientas de las que hacía uso eran más que suficientes. Por eso, al poco tiempo de tener ese aparato, lo dejó a un lado, no entendía la manera de introducir los datos, sentía que perdía demasiado tiempo al buscar la información, si era para ayudar, en su caso, esta finalidad no era tal, todo esto dificultaba su uso. En cambio, le resultaba mejor revisar sus apuntes, tenía todo controlado, hasta tal punto que hacía los repartos en menos tiempo que el resto de sus compañeros, esto daba validez a su estilo de trabajo, nadie podía decirle lo contrario. Su forma de tratar a los clientes, su toque dicharachero y el garbo que ostentaba eran los que daban valor (añadido) a su servicio. Era de la vieja escuela.
¿Cuánto podría seguir así? (negándose al cambio), no lo sabía con seguridad, pero se resistiría todo el tiempo que le fuera posible, —con lo sencillo que resultaba usar bolígrafo y papel, para qué complicar las cosas —pensaba.
Él era amigo de su método y a estas alturas no le interesaba cambiarlo, siguió con los repartos. A la antigua usanza.

Mitchel Ríos