Creatividad

Encierro

—No se oye nada…
—Acércate un poco más a la puerta.
—Nada de nada, parece que no hubiera nadie.
—No lo he visto salir…
—Esto es raro.
—Muy raro.
¿Llevaba uno o dos días sin salir?, había perdido la cuenta. Todos los días le resultaban iguales, seguía la misma rutina, se levantaba sobre las ocho, se duchaba, desayunaba y se situaba en su despacho sobre las diez para teletrabajar.
—Tanta tranquilidad es preocupante.
—Estará en su habitación.
—Aun estando ahí debería sentirse ruido, un respiro, un bostezo.
Los nuevos tiempos le resultaban duros, por lo menos antes, al salir hacia la oficina, durante el trayecto de la estación al centro de negocios, se distraía.
—Tendrá la puerta cerrada.
—Es improbable, este piso no está insonorizado.
—¿Cómo lo sabes?
—El anterior inquilino se hacía notar siempre, era majo con todos, solía echarme unas risas con sus ocurrencias. Le gustaba la zona, se sentía a gusto.
—Si estaba tan a gusto, ¿por qué se fue?
—Se fue por problemas con la casera, quiso hacer cambios en el contrato de alquiler y no estuvo de acuerdo.
—Muy mal.
¿Un día, dos días o quizá tres? No tenía claro el número, todo le parecía similar, si no era porque en el ordenador aparecía la fecha, estaría perdido.
—Si, misteriosamente esta zona se ha vuelto popular.
—Ni lo digas, me he dado cuenta.
—Esta moda ha dado pie a que los dueños especulen con los precios y se tomen licencias unilateralmente.
—Eso es cierto.
—Al no estar de acuerdo el anterior inquilino decidió irse a las afueras.
Ahora mismo estaba acostumbrándose a las nuevas normas planteadas, le costaba adaptarse, pues su vida social estaba siendo llevada a la mínima expresión, no es que fuera un tipo con miles de amigos, ya que se podían contar con los dedos de una mano. Además, sostenía que el número no era lo esencial, sino la calidad de los mismos.
—Se nota que lo conocías bien.
—Teníamos una buena relación, no llegábamos a ser amigos, pero cuando nos encontrábamos charlábamos de cualquier asunto.
—Los dos poníais de vuestra parte para que se diera ese trato.
—Sí, como cualquier persona normal.
—Pues ahora tendrás que acostumbrarte al cambio.
—Lo sé, pero no deja de parecerme raro lo que sucede aquí.
—¿Raro o diferente?
No le apetecía salir solo, pero sí en compañía, más ahora era imposible reunirse con su grupo, la ciudad estaba hecha un caos y los lugares a los que les gustaba asistir se encontraban cerrados, ¿cuál era el sentido de moverse por un sitio así?, cada vez más alejado de aquel lugar que lo sedujo en su primera visita e hizo que se mudara, dejando atrás toda una vida y diera un giro radical.
—Sé, por experiencia, que siempre hay sonidos.
—Ahora mismo tu afirmación falla.
El trayecto al trabajo no era largo, pero daba posibilidades de recrearse.
—No he conocido a un tipo tan huraño en la vida.
—Estará a su bola.
—¿Con la persiana sin levantar y la luz apagada?
—Tal vez así le gusta trabajar, no todos lo hacemos del mismo modo.
—¿Será un topo?
—No lo conozco, solo me lo he cruzado un par de veces, de topo no tiene nada.
En una de esas caminatas una vez casi fue testigo de un arresto. Una furgoneta se saltó la luz roja y era perseguida por una patrulla de la policía. Estas persecuciones llamaban la atención, por eso la gente se detenía para ver lo que pasaba. Lamentablemente, desde su ubicación, solo podía ver parcialmente la escena, los vehículos se alejaban raudamente y era imposible seguirles la pista.
—Sigo pensando que es raro.
—Si tuviéramos una llave podríamos entrar y ver qué sucede, ¿qué puede estar pasando?
—Si tanto te preocupa, llama a la puerta.
—No, no me gustaría que dijeran que estamos aquí metiéndonos en donde no nos llaman.
Ante esto solo le quedaba imaginarse el desenlace, gracias a su ingenio, elucubraba un final feliz, los polis atrapando al mal conductor, dejando en alto los valores de la sociedad y castigando al infractor. Un ser que no respeta las normas merece todas las penalidades del mundo, los buenos siempre deben imponerse.
—Espero que no nos vea nadie, no tengo ganas de dar explicaciones.
¿Un día, dos días, tres días o quizá cuatro?
—No te preocupes, aquí casi nunca viene nadie, este lugar está situado estratégicamente, alejado de las miradas de los curiosos.
En contra de lo que cualquiera pudiera pensar, en ese espacio el tiempo pasaba rápido, no sabía cómo explicarlo, perdía la noción de todo, solo tomaba en cuenta las horas marcadas de la comida.
—Mejor vamos a seguir con nuestras cosas, imagina que regresa y nos encuentra aquí…
Se había mudado recientemente y no interactuaba demasiado con la gente de su bloque, al no socializar, no conocía a nadie allí, el trato se limitaba a un hola o un adiós.
—Si sucede eso debería de darse por complacido, somos unos vecinos que no encontrará en ninguna parte…
Tampoco tenía una motivación para hacer que el mismo deviniera en algo más, no había sucedido ese hecho que le hiciera hablarles a esos extraños, prefería ser un completo desconocido y no estar en boca de la gente.
—Tal vez eso le alivie…
A pesar de su reticencia, no podía asegurar fehacientemente que todo fuera malo ahí, no le había pasado nada que le hiciera pensar de ese modo, pero no quería ser parte de esa comunidad. Estaba viviendo en ese piso por casualidad y no porque fuera el sitio de sus sueños.
—Venga, ahora resulta que somos malos vecinos.
—Además, la idea de estar aquí investigando fue tuya.
—Fue mía, pero con un afán filantrópico.
Se hallaba mejor en su mundo, en su cueva, alejado de la perdición externa, centrado en sus costumbres, en sus taras, en sus manías, en lo que era parte de él.
—Ya, desde hoy ser cotilla es demostrar preocupación por tus semejantes.

Mitchel Ríos