Creatividad

En trance

Era vana la empresa —no tenía ganas de perder el tiempo—, mas, la curiosidad, a veces, puede con uno, por eso traté de adentrarme en ese mundo extraño y desconocido por las pocas oportunidades que le di, no era un espacio que me llamara la atención, pasaba por él —esa calle— todos los días —sí—; era una acción mecánica.
Me embarqué en esa aventura, quizá porque no tenía nada mejor que hacer o por simple aburrimiento; no quería parecer un detective de poca monta, sabía que el problema era algo más, no sería fácil encontrar a ese tipo itinerante.
La temporada estaba cambiando. Estos días comencé a sentirme melancólico, había leído un artículo sobre la tristeza, la gente durante esta estación decaía en su ánimo con mayor frecuencia, dos de cada diez, tres, cuatro —no leí la cantidad—, con seguridad, yo era uno; era parte de esa estadística, aunque en ningún momento me preguntaron mi opinión. Las calles se volvían más largas, el sol, la gente se hacía pesada, la compañía estorbaba. No podía dejar que me afectara el cambio —debería meditarlo—, si todo seguía este camino —tendría problemas—, me convertiría en alguien que no quería ser o tal vez sí —aún no lo sabía—, mi subconsciente me jugaba malas pasadas.
La soledad jugaba su papel, muchas veces me dijeron que fuera insistente con lo que quería en la vida, esto lo podía aplicar a las relaciones, en mi pueblo era usual robarse a la chica que te gustaba, en el caso de que no te dejaran cortejarla, regresando tiempo después debidamente casado, sin la posibilidad de que la unión fuera puesta en duda por sus progenitores, de esa forma, se aplicaba eso de por la razón o por la fuerza. También se hablaba del tipo tenaz, cansino y porfiado, llegaba a persuadir a la mujer de la que estaba enamorado, aunque ella no quisiera nada con él, para que convivieran. Eran las cosas que venían a mi cabeza, quizás debería ser así, pero, esos asuntos me ponían nervioso, me costaba relacionarme, a esto se le sumaba mi poca pericia en esa materia. Algunas escenas de películas antiguas se quedaron grabadas en mi memoria, concretamente las de besos, besos robados le llamaban, al inicio había resistencia, luego se resignaban, la actitud cambiaba y dejaban de luchar contra lo inevitable. Estas situaciones, en la actualidad, serían mal vistas, no se podía obligar a nadie a hacer algo en contra de su voluntad, en aquella época, les parecía romántico, ahora se veía de otro modo, si uno se ponía demasiado insistente con alguien era denunciado por acoso, si llevaba a su chica lejos, podían denunciarle por rapto. Mejor era pensar en otras opciones, seguir esas costumbres me llevaría a la cárcel.
Hablando desde el ahora, todo era más difícil, sobrevivir en este mundo no era tan sencillo, quizá para mis antepasados lo fue. Ellos vivieron en una época en la que se conformaban con cosas más simples, yo no podría vivir en ese tiempo, el presente era mejor, a pesar de que la época actual era complicada.
No sería mala la aventura, iniciar algo que me sacara de los días monótonos, no me vendría mal. Pensaba en conocer cosas nuevas, no era alguien que quisiera experimentar, pero era preciso lanzarme a la aventura, irme de cabeza, así me fuera mal, me arrepintiera a mitad del camino o chocara contra un muro, podría decir: lo hice.
La tarde era anodina, no se daban las circunstancias para cambiar, todo pasaba y yo permanecía en mi espacio, sentado. La actitud pasiva que tenía estaba jugando en mi contra, quería cambiar todo; no cambiaba nada. Estos impulsos me surgían de vez en cuando, en especial en temporadas como esta, el nuevo clima, el estrés… eran muchos los factores, pero me centraba en mí, sabía que todo estaba en mis manos, no lo hacía, me miraba en el espejo, no, nada cambiaría, no tenía la disposición, esa era mi verdad.
Observaba el atardecer desde lo alto de un edificio; me fijaba en el entorno, todos sumergidos en sus pensamientos, en sus mundos, evitando chocar entre ellos, sin detener su movimiento —algunos solitarios, otros acompañados—. Me centraba en las parejas, me gustaría ir así. No había planificado estar en esa misma situación, para poder ver mejor me ponía al filo, cuanto más me acercaba al vacío recordaba que me daban miedo las alturas, eso me sucedía siempre, olvidaba mis miedos, hasta que volvían con más fuerza. Cosas mías…
Me seguía picando la curiosidad, ¿sería bueno hacerlo o no?, no tenía nada que perder y ¿ganar? —no sé—, de repente adquiriría una experiencia. A estas alturas sería bueno hacerme de ellas, en algún momento me servirían, quizá para sorprender a alguien o ser el sabio del pueblo —tantas opciones—; para eso tenía que ir a lo desconocido —no me vendría mal—, mantendría la cabeza ocupada, mis malas ideas guardadas, mis fantasmas, todo eso que venía a sacarme de mi tranquilidad.
Mudé mi ropa, me preparé decidido a recorrer la ciudad en busca de aventura, salí a la calle, miré a todos lados, no percibía el día distinto, no sentía nada diferente en el ambiente. Desde su perspectiva todo era raro, tal vez, por esa necesidad de modificar la postura ante su realidad.

Mitchel Ríos