Creatividad

En pareja

Su perorata se estaba alargando, de forma desenfrenada. Su forma de hablar era cada vez más desagradable, descontrolada, de tal modo que entró en un bucle, decía y desdecía, cada vez con más ganas, en esta situación perdía de vista que su interlocutor no estaba prestando atención. El infeliz, la victima circunstancial, estaba ensimismado, abstraído, para hacer más llevadero ese momento o simplemente pasaba de todo, estaba ahí por cumplir.
Su voz retumbaba, su modulación llegaba al punto de semejarse a un alarido, haciendo que todos escucharan su interpelación, había olvidado que en ese lugar se hallaban más personas, no era consciente de lo molesta que resultaba aquella discusión.
Salió a dar una vuelta para despejarse, atravesaba una situación peliaguda que, al estar fresca, le jodía. Dentro de él sabía que todo pasaría, pero hasta que lo hiciera, era necesario sobrellevarla, solo esperaba que le fuera leve.
La tarde olía a tranquilidad, la ciudad, otras veces atareada, exhalaba un clima silencioso. Esta calma (aparente) solo era un espejismo, lo sabía por experiencia, podría extenderse para fundamentar su afirmación, pergeñando argumentos, todo en un afán de convencer, pero llegaría a la misma aseveración.
Estaba dentro de esa calma ficticia, sosegado, cuando notó a una pareja acercándose, eran un par de jovencitos que no pasaban de los veinte años.
El parque no era muy grande, lo circundaba un campo verde que en el centro tenía un estanque y árboles por todas partes. El número de bancos para sentarse se podía contar con los dedos de una mano y se encontraban dispuestos en línea recta, mirándose entre sí. Cualquiera, sin hacer mucho esfuerzo, podía ojear lo que hacían sus vecinos, bastaba con estar ahí.
El ambiente bucólico apaciguaba el ánimo de los viandantes, se podía disfrutar del día en sus instalaciones.
En ocasiones había gente durmiendo a la intemperie por ahí, lo que impedía encontrar sitio.
Esa era una de las caras desagradables de la ciudad, últimamente se habían cerrado centros de acogida, por cuestión de presupuesto —argumentaban las autoridades—, era necesario destinar esos fondos a obras de envergadura, en lugar de habilitar lugares para dar cobijo a los sintecho, sin embargo, en la coyuntura actual, era vano solicitarle empatía al ayuntamiento, sus encargados estaban centrados en hacerse fotos de sus inauguraciones.
Cuando pensaba en esos temas se ponía mal, pero poca cosa podía hacer, era un ciudadano de a pie, que solo colaboraba pagando sus impuestos puntualmente.
A pesar de esas imágenes, resultaba relajante ir por ahí, por eso lo eligió, quería quitarse la mierda de encima por un rato, tomó asiento.
La pareja se sentó en un banco próximo al suyo, la escena le hizo recordar su época de enamorado, los detalles, los momentos agradables, esos en los que su único fin era disfrutar sin complicaciones, pasar de la mejor forma el momento y, tras unos arrumacos, despedirse con un beso, beso que se repetía en cada oportunidad, dando la posibilidad de disfrutarlo con el mismo entusiasmo.
Miraba de soslayo a esos dos, trataba, en todo momento, de pasar desapercibido, que no se percataran de su fisgoneo. Lo que al inicio era una demostración de afecto y cariño, paso a convertirse en una discusión. No sabía si tenía razón de ser, pero para exteriorizarla en un lugar público estaría sustentada en asuntos personales.
Discutían sobre la confianza, al parecer una parte se había ofendido por un comentario.
Para él era una pérdida de tiempo, una coyuntura innecesaria, no tenía sentido estropear todo de ese modo, pero era consciente de lo fácil que resulta ser testigo, hacer juicios, encontrar soluciones, las cosas no son tan sencillas en el otro lado.
Por un momento se imaginó espetándoles el error que cometían, eran jóvenes, no valía la pena hacerse mala sangre, más no lo hizo, conociendo a los chavales actuales, lo largarían con un: ok, boomer. Decidió mantenerse al margen de lo que sucedía.
Una parte no dejaba de hablar, la otra escuchaba, la parte que hablaba sin parar no se detenía, es más, se intensificaba, casi gritaba. Se notaba que su pareja trataba de pasar de todo, era una actitud inteligente.
No pudo seguir de fisgón, tenía que regresar. Mientras volvía a casa, vio a un sintecho, comprendió que sus problemas no eran tan graves, pasarían y sobreviviría.

Mitchel Ríos