Creatividad

En el despacho

Estaba sentado al escritorio, frente al ordenador; había mandado un mensaje para solucionar unos inconvenientes con una cuenta personal. Mientras esperaba cogí una lista de canciones que tenía guardada, una que de vez en cuando ponía para evadirme. La música comenzó a sonar y en ese trance me abstraje de todo.
—Cojo la maleta, la lleno y me voy.
—¿Piensas viajar?
—Leí la frase por ahí, no viene a cuento, pero sería bueno hacer una cosa tan sencilla, sin complicaciones, sin pensar en nada. Podría decir: Hoy me voy de viaje que le den al mundo, meto todo en un bolso y hala, a viajar. Sin necesidad de inquietarme por el dinero, como dije, sin preocuparse por nada.
—Sería bueno ir al fin del mundo.
—¿Conoces el fin del mundo?
—No, pero ¿te imaginas estar en él?
—Ya estuvimos.
—¿Cuándo?
—Sí, ¿no recuerdas que estuvimos en Finisterre? En ese lugar fuimos testigos del inicio de un incendio, nos tomamos fotos al filo del acantilado, había muchas parejas y bastantes turistas, nos costó aparcar, contra todo pronóstico, fue difícil, cuando en realidad lo arduo era llegar a ese lugar.
—No hables del mal momento que pasamos por esperar que se desocupara.
—Cuando lo logramos caminamos y paseamos.
—Recuerdo tu vestido rojo: ¿Te dije que te queda muy bien?
—Me parece haberlo oído, pero no está de más que lo vuelvas a hacer.
—Me gusta…
—Eres un zalamero.
—Simplemente dije lo que me parecía.
—Fue un buen viaje al finis terrae.
—Pero ese no es el fin del mundo.
—Es, o, por lo menos, era en los tiempos antiguos, hasta que se descubrieron las américas.
—Si fuera así, me lo hubiera imaginado de otra forma.
—¿Más truculento, más misterioso?
—Te pareció poco…
—No tenía nada de misticismo.
—Eso te pasa por no leer mucho.
Deambulaba en cientos de lares —el audio me podía—, cuando de repente noté que había un fisgón a mis espaldas.
La casa en la que vivo se encuentra dentro de un bloque en donde residen una veintena de personas —no las he contado, dije este número como pude haber dicho diez—. Tiene dos cuartos, un baño, una cocina (con isla) y un buen despacho que da a una corrala, tiene una ventana por donde entra bastante luz. Vivo al final de un pasillo; no es usual que la gente se detenga ahí, porque para hacerlo es necesario desviarse de las escaleras. Tampoco suelo tener la persiana bajada, pero como es temporada de calor está abierta de par en par.
Escuché una frase, que al inicio no fue demasiado seria para mí: me gusta esa armonía. Hice como si no hubiera escuchado nada, seguí haciendo mis cosas, es decir, nada.
—Me gusta esa melodía —Seguí sin prestar atención, pero cuando noté que se quedó mirando a través de la ventana, me dije que era mejor decirle algo, si me mostraba lo suficientemente borde, tal vez, me dejaría a mi aire, sin embargo, no quería actuar de ese modo, lo mejor, quizás, era charlar un rato, además eso podía servir para que pasará el tiempo más rápido, así, en un pispas, mi queja sería atendida.
—¿La conoces?
—No, pero es del tipo de las que escuchas y parece que las hubieras oído toda la vida.
—Suelen decir que eso pasa con la buena música.
—No lo sé, pero me gusta…
Encontrándome en esa tesitura, tuve el impulso de preguntarle si le gustaba estar de cotilla en las ventanas de los vecinos, pero antes de que le dijera algo, él se adelantó: Regresé de la calle y, de repente, comencé a escuchar la canción —como sabes se oye en todos los pisos—, no suelo acercarme a hablar, tampoco me gusta estar fisgoneando, sin embargo —como te decía—, se me dio por acercarme y conocer a quien suele poner estas melodías, no sé demasiado de música, por eso, si me preguntas quien es, no sabría decirte el nombre de quien la canta.
—Viajar al fin del mundo.
—Estuvimos y no te enteras.
—Leo lo justo, pero no me centré en lo del fin del mundo.
—Hubiera sido bueno que lo hagas.
—Estar en ese espacio y no saber de qué se trataba, no tiene perdón.
—Tú lo has dicho.
Escuché todo lo que dijo, no obstante, no tenía ganas de charlar, me dije que ya era momento de disculparme y ponerme a hacer las cosas que me interesaban.
—Cuando quieras te doy una copia.
—No, no es necesario, cuando las reproduzcas, las escucharé.
—No te fíes tanto, imagina si un día me piro.
—Estos espacios son como imanes, no te irás a ningún lado.
—Uno nunca sabe.
—Ya quisiera saber lo mismo que tú.
Busqué el momento adecuado para decir que tenía algo importante que hacer, quería ser preciso, no sonar impertinente, ni tampoco parecer antisocial, por suerte, entendió de buenas maneras.
Este sería el primer vecino al que conocería, por cuestiones de trabajo casi nunca coincidía con nadie, de vez en cuando, me cruzaba en las escaleras, pero no era lo común. Para mí los vecinos eran voces que entraban por las ventanas o por la puerta cuando la tenía abierta, no eran más que bulla como la que hace un coche en la calle y no genera ningún sentimiento.

Mitchel Ríos