Creatividad

En cuerpo sano

Estaban alentando al equipo desde la tribuna. El encargado de deportes tomó la iniciativa de inscribir a la división de fútbol en un torneo amistoso, se enfrentaban a varios equipos del lugar, se divertían. Los seguidores se contaban con los dedos de la mano, por no decir que su número no superaba el de dos integrantes. Nos jactábamos de ser los mejores, nos estaban reservando para jugar partidos importantes, no para enfrentarnos a una panda de niñatos.
Para poder participar en este campeonato se jugó una fase de clasificación, en total eran diez equipos, los partidos eran de corta duración, el mejor de todos sería tomado en cuenta para el torneo.
Ese era el día esperado, se levantó pronto de la cama, se arregló, preparó el equipamiento para hacer deporte: fajas, dos pares de medias, las espinilleras, un short y dos sudaderas, vestimenta más que suficiente para divertirse. En casa no sabían a dónde se dirigía, era mal visto perder el tiempo jugando fútbol, eso solamente lo practicaban los vagos, era más aceptable estar con un libro bajo el brazo que pateando un balón, en algunas ocasiones lo castigaron por ello. No era común, pero, algunas veces, se quedaba hasta tarde en el polideportivo, cuando eso sucedía trataba de entrar desapercibido a casa, esa era una empresa peliaguda, siempre había alguien esperando en la sala. Su madre solía llamarle la atención.
Eran las cuatro de la tarde; solo le habían dado permiso hasta las tres, estaba en apuros, sin embargo, en ese momento daba lo mismo una hora tarde que dos o tres, por eso se acercó a la casa de un vecino, se ocultó detrás de uno de sus muros, su madre enfadada salió a buscarlo, se acercó por ahí y preguntó si había visto a su hijo, preocupado por ser pillado, le hizo señas al señor que estaba en su ventana, el tipo ni se inmutó, respondió: Aquí no se encuentra, la señora siguió con la búsqueda, pasado un tiempo volvió a casa, en ese momento le dijo, ya puedes salir, no hay nadie acechándote, salió del escondite y dio gracias al vecino, también fui niño y me gustaba divertirme —dijo.
En épocas de lluvia el balón, al mojarse, se hacía más pesado, el control y las gambetas se hacían difíciles de realizar, se quedaba estancado en diferentes partes del campo, el material del que estaba hecho era el culpable, absorbía la humedad, era difícil jugar en esas condiciones, los pies terminaban molidos y cabecearlo significaba tener dolor de cabeza asegurado, a pesar de todos esos imprevistos le gustaba ese deporte. Con lluvia el cuerpo se deslizaba mejor por el suelo cuando se efectuaban barridas, asimismo, las caídas no dolían, la ropa terminaba sucia, regresaba chorreando agua a casa, se quitaba todo hasta quedar desnudo, luego se daba una ducha y se ponía ropa limpia.
En el campeonato de selección surgió la oportunidad de entrar a jugar, pero se acojonó, no pudo mover las piernas —cuando sentía algo de presión no era capaz de sacar lo mejor de sí—. Se dio cuenta de eso aquella vez, cuando, jugando contra el equipo de un colegio alemán —en un campeonato oficial— sentía que las piernas le temblaban, el balón pesaba más, le era imposible regatear, no podía poner en practica esos amagos que aprendió viendo la televisión. No le salía nada, parecía un memo en el campo, por su forma de correr algunos le comenzaron a gritar: Corre Forrest, corre, no sabía con certeza a que se referían. ¿Corre bosque, corre?, ¿Quién en sus cabales diría una estupidez así? —pensó mientras trataba de marcar a uno de sus rivales. Llegó a marcar el gol del empate, pero ni con eso se sintió satisfecho, luego lograron remontar, gracias a una de sus intervenciones, el esférico chocó en su cuerpo, tras un despeje de la defensa y un compañero la mandó al fondo del arco, tras ese tanto el entrenador lo cambió, con ello quedó bastante decepcionado, había salido en el segundo tiempo, no era justo, por lo menos lo hubiera dejado concluir el encuentro. Salió al trote, al llegar a la banca esperó una felicitación por parte del profesor, este, en lugar de eso, le increpó su poca precisión de cara al gol, estaríamos goleando —gritó—, conforme soltaba más palabras no era consciente de que elevaba el tono de las mismas.
La percepción que tuvo de aquel encuentro difería de la de aquel tipo, no jugó como debería, podía haberlo hecho mejor, en eso estaba de acuerdo, pero no tuvo oportunidades tan claras, el arquero del otro equipo tenía una altura de por lo menos dos metros, le había marcado un gol, con lo difícil que resultaba, pudo hacerlo, ¿qué más se le podía pedir?, colocó la pelota pegada al palo derecho, luego de evitar el fuera de juego, eso tenía su mérito —no era cualquier cosa—, fue con un toque sutil. Durante el camino de retorno a la escuela comentaba este incidente con uno de sus compañeros, este era partidario de las palabras del profe.
—¿Cuál es la función de un delantero?, si no es meter goles, pues, entonces, ya me dirás, no has hecho un buen partido, el mundo no se acaba con eso, puedes mejorar; eso sí, tienes que hacerlo pronto porque más adelante los encuentros serán más exigentes, serán más serios, y esos pequeños errores nos pueden dejar eliminados.
Esos dos que alentaban al equipo desde la tribuna eran los suplentes de los suplentes —a pesar de ufanarse de sus dotes futbolísticas—, tendría que darse un milagro para ser partícipes del encuentro y salir al campo, a ese campo echado a perder, con más huecos que la superficie lunar, en otros lugares no sería un campo deportivo, sino, un campo de sembríos, un lugar así estaba reservados para el cultivo de patatas, para sembrar forraje, no para ser un espacio en donde hacer del cuerpo algo sano.

Mitchel Ríos