Creatividad

En camino

La carretera era extensa, tenía varios kilómetros en los que se debía ir de forma recta. No hace mucho, le dijeron: en esas circunstancias, si viajas solo, es cuando debes de tener más cuidado, la monotonía del viaje podía causar la llegada del sueño —no estaba de más hacer caso a las indicaciones—. El viaje continuaba con el ritmo del inicio y los trucos que requería meter las marchas lo hacían estar a la expectativa. Se desplazaba tranquilamente, eso le daba la seguridad de llegar pronto a su destino, enfocado a realizar algunas gestiones, era importante no perder tiempo en minucias, pero con las máquinas nunca se sabe —los fierros son así, se les da por estropearse en cualquier parte—. La dirección comenzó a darle alguna molestia; se percató de ella, paró y se hizo a un lado en la autopista, bajó del vehículo, se acercó a la parte delantera del mismo y pudo observar que llevaba un neumático bajo, tendría que regresar, su unidad no poseía uno de repuesto, por su cabeza discurrió la posibilidad de seguir el viaje así; desistió en el acto, con la seguridad no se podía jugar. Hace poco pasó al lado de un autoservicio, dio media vuelta y se acercó a la gasolinera para solucionar el percance, para su buena suerte, cuando llegó, pudo hacerse con un lugar desocupado para que le realizaran esa reparación, eso sí, tendría que esperar a que fuera efectuada, tal vez el proceso de vulcanizar la cámara demoraría, por lo demás no había problemas.
Dejó el coche aparcado en donde le habían indicado, sacó las llaves, cerró las puertas y se dirigió a la cafetería del lugar. Se ubicó cerca de una ventana para ver cómo iba la reparación. Sería algo más de un año que se había hecho con la licencia de conducir, antes no le interesó tenerla, se debían hacer demasiados trámites, además de los diversos exámenes, los cursos, le parecía todo complicado y un gasto innecesario.
Cogió un periódico que estaba en una de las mesas, comenzó a ojearlo, no se detuvo en las noticias de relleno, se enfocó en las que para él eran las más importantes, algunas versaban sobre economía; otras sobre deporte.
Comenzó a leer sobre la situación especulativa de los inversores del Bitcoin, para él no era más que una moda y como tantas, pasaría, dejaría maltrecho el bolsillo de los oportunistas —aquellos que veían posibilidades de alta rentabilidad con poco—. Históricamente se habían venido dando fenómenos similares. Pasó las páginas y llegó a la sección de deportes.
Su equipo venía pasando una mala racha; eso en cierto modo le molestaba —no condicionaba su vida, pero le gustaba verlo ganar—, no en vano era el mejor equipo del mundo, sin embargo, como a todos los equipos les venían malas rachas y este no era la excepción, como toda mala temporada vendrían buenas. No hace mucho ganó todo lo que un club de su nivel podía ganar, no obstante, estos malos momentos servían de pretexto para que sus amigos se mofaran de él, por eso quería que ganara su equipo, para burlarse del resto y no ser el centro de la broma fácil. Los triunfos de ese equipo le daban mejores ánimos para ir a trabajar, era una alegría extra.
Cuando ese club ganó la gran copa fue a la plaza a celebrar, habían levantado un gran estrado para la ocasión, era un evento sin igual, se había reunido mucha gente simpatizante del equipo, todos llevaban puesta la misma camiseta. La plaza se llenó, de tal modo, que era imposible moverse, hacerlo significaba chocarse con los demás. Cantaba, saltaba, todo era alegría, la fraternidad era tal que solo se explicaba a causa de ese deporte. Quizás el mal recuerdo de aquella jornada lo tenía a causa de un grupo que había bebido en exceso, se comportaban como unos patanes; era de madrugada.
Mientras estaba pensando en eso y seguía ojeando el diario, salió a ver si estaba reparado el coche, caminando en dirección al taller se dio cuenta que se había olvidado las llaves en la mesa de la cafetería; tendría que regresar.

Mitchel Ríos