Creatividad

En bucle

No buscaba nada específico, solo una respuesta, una palabra que le reportara tranquilidad y que sosegara la situación —nada más—. Mientras esperaba le ponían una tonadilla, al parecer era genérica (las que suelen utilizar las compañías con contestador automático para ahorrarse el pago de derechos de autor).
Cada vez que concluía volvía a empezar. En ese momento hubiera sido pertinente que tocaran la melodía entera, pues a la mitad la cortaban y se superponía una voz solicitando tranquilidad, no se podía poner nadie del otro lado… comenzaba la retahíla. Era como hablar con una pared.
Escuchar lo mismo una y otra vez resultaba tedioso —con el tiempo llegaría a interiorizar el parlamento previo—.
Todo empezaba con la frase ha llamado a… seguido de… si busca ayuda apriete el número…, si pertene a determinada modalidad de servicio marque…, si quieres que te atienda uno de nuestros agentes espera a…, al final todo un recorrido que resultaba insustancial, no solucionaba nada. Si la primera vez que lo hizo demoró varios minutos, llegó un momento en el que hacía todo el proceso de forma mecánica (más rápido), de tal modo que, si se ponía a pensar como lo hizo no lo podía recordar o, en su defecto, si le pedían que lo explicase, se le hubiera hecho difícil detallarlo.
De improviso, a pesar del tiempo esperando, se cortaba y se reiniciaba. Algo similar ocurría con las compras online, si te equivocabas en algún punto de la compra, de repente se borraba la lista. Empezar de cero era un coñazo (quitaba las ganas a cualquiera).
Últimamente los supermercados en su área digital atendían por turnos, daban un resguardo (digital) y con él se debía esperar. Para saltarse ese sinsentido trató de colarse dándole a F5, sin embargo, fue ineficaz, la web estaba saturada.
Nunca imaginó verse en una tesitura de ese estilo, con lo fácil que hubiera resultado hacerlo unas semanas atrás, pero desconfiaba de hacer la compra en plataformas de ese tipo, no por inseguras sino porque, para sus fines, prefería tocar y comprobar que los productos estuvieran en buen estado. Un procedimiento íntimo con la comida (primordial en su imaginario). Ese rito solo era posible yendo personalmente (y en persona —se decía en voz baja, casi inaudible, porque era una redundancia, expresarla en voz alta podría ser causa de risa o quizás serviría para que le endosaran el epíteto garrulo). Hace unas semanas hubiera resultado sencillo —se dijo—, no había tal saturación, pero no podían pronosticarse los imprevistos, si eso hubiera sido posible otro sería el escenario. Aunque últimamente surgían especialistas a posteriori —se imaginaba a un personaje de South Park—. Para lamentarse habría tiempo de sobra.
Dejaba de pensar en ello y volvía a lo que estaba haciendo, era imposible acelerar el proceso, ahora tendría que esperar el tiempo que le indicaban, todo sea por solidaridad —murmuró—. Tenía la impresión de que alguien le escuchaba, pero era imposible, en ese espacio no había nadie, por eso no tenía demasiado sentido cuidar sus palabras.
Para pasar el rato intentó entretenerse con el navegador, evitó entrar en páginas que consumieran demasiados recursos (habían recomendado que no se saturara la red), de ese modo más gente podría hacer su trabajo y no se vería retrasado. Se puso a ordenar su mail personal, hacía mucho que no se ponía a ello. Ese correo era la antítesis de su cuenta de trabajo, el suyo estaba desordenado, el otro tenía carpetas creadas específicamente para cada asunto que se abordaba en la oficina, si le llegaban mensajes del coworking tenía una carpeta para ello, no se rompía demasiado la cabeza para el nombre de las mismas, tomaba el camino fácil, copiar el nombre, pegarlo y listo, en este caso la carpeta se llamaba coworking (estaba hecho como para brutos).
Tenía correos de varios años atrás, revisarlos, en ocasiones, era como un viaje al pasado. Tenía mensajes de personas que ahora no estaban en su vida, pero que dejaron huella, en ese momento se preguntaba ¿qué hacían ahí?, sin embargo, sabía que inconscientemente los conservaba, pues en su interior seguían teniendo un significado especial. También tenía otros más recientes de gente con la que no le apetecía charlar, no encontraba la fórmula adecuada para sacárselas de encima, esto le debería de pasar a todo el mundo —meditaba—, no soy tan especial como para que solo a mí me suceda —se alejaba del ordenador apoyándose en el respaldo de la silla, dirigía su mirada hacia el techo y soltaba una carcajada—. Después de ver toda la información que tenía almacenada, se imaginó siendo un Diógenes informático. Al inicio solo tenía un mensaje y a estas alturas tenía miles, la iniciativa de ordenarlos sería difícil, requeriría dedicación —soltó un bostezo—, ese no era el momento, no le apetecía hacerlo, cerró la pestaña y se percató que ya era su turno.
En esta oportunidad cargó la interfaz, pero no bien comenzó a elegir los productos el sitio entró en un bucle de errores, era imposible seguir en él, por más que actualizaba no pudo solucionarlo, el tema se le iba de las manos. Ante la impotencia de haber esperado vanamente a que llegara su turno, y no conseguir hacer el pedido, buscó la forma de contactar con esa empresa.
Conseguir el número de atención al cliente no era difícil, bastaba con buscar por el nombre del súper añadiéndole la muletilla: atención al cliente, marcó con la esperanza de contactar con alguien que le diera alguna explicación.
Después de seguir los pasos se quedó esperando hasta que se desocupara alguno de sus agentes. Nuevamente sonaba la melodía, ¿la habría elegido un melómano?,¿un experto?, o ¿un trabajador ramplón?, cualquier elucubración era válida, no podía afirmar ninguna, se quedaría en una mera suposición. A fuerza de escucharla terminaré memorizándola —se dijo—. Con el desánimo encima por la espera infructuosa, procedió a cancelar la llamada, esto me hace hervir la cabeza y no estoy para más complicaciones —añadió—. Cerró los ojos por un instante, cuando los abrió la pantalla seguía ahí —pensó en un dinosaurio.

Mitchel Ríos