Creatividad

El rastro de tus datos en la red

Cayó en sus manos un periódico, las noticias eran repetitivas —como siempre—, la variedad residía en el uso de distinta maqueta para las crónicas, alguna fotografía, los casos de corrupción, nada nuevo en el ambiente. Los reportajes interesantes —si así se les podía llamar— venían en recuadros pequeños, a veces imperceptibles, en uno de esos decía: El mundo virtual no difiere tanto del real, en el cuerpo agregaba: los fenómenos delincuenciales vienen aumentando en un medio que por su apertura es una caja de pandora…
Venía leyendo últimamente artículos similares, gente engañada por personajes sin escrúpulos, la delincuencia ahora era ciberdelincuencia —curioso—, existía gente aprovechándose de la buena voluntad de usuarios novatos —sin saber iban adentrándose en las fauces del lobo—.
Daba vueltas a las ideas tratando de encontrar las más acertadas, estaba obcecado en algunas premisas que no lo dejaban continuar, por eso, al entrar al chat, se sentía indefenso, le parecía un mundo aparte, un ente paralelo, con reglas distintas.
Continuó con la lectura del diario, esa calificación de lugar peligroso al medio virtual se argumentaba poniendo ejemplos de gente estafada, relataban el caso de una chica, esta demandaba a un tipo porque le había solicitado dinero en diversas ocasiones, lamentablemente —su error— residió en fiarse de la palabra de un desconocido. Él se hacía pasar por una persona enferma, imposibilitado para comprarse los medicamentos, estaba en paro y eso complicaba las cosas. Poco a poco se fue ganando su confianza, pasaron de las charlas corrientes a los temas personales, llegando al punto de contarse secretos —cosas que nadie más sabía—.
Al inicio se conocieron por fotografía, luego pasaron a las llamadas. Sentía la necesidad de ser su apoyo, el pobre no había tenido oportunidades, cubriendo ese aspecto económico podría demostrar amor incondicional hacia alguien, además, lo que contaba con respecto a su enfermedad era verdad, ella había indagado en internet y el coste de las medicinas era elevado, a causa de su poca frecuencia, no recordaba el nombre —a pesar de haberlo leído varias veces—, era a causa de su memoria, siempre la hacía quedar mal. En sus ratos de soledad, pensaba en la tristeza del desdichado, lamentaba el sufrimiento de ese chico, al hablar notaba todo —era un don, saber el estado de ánimo de las personas—. Se sentía afligida por no poder coger un vuelo y estar a su lado, era su incondicional porque le hacía sentir cosas que hace mucho no sentía, esa era una razón de fuerza para depositar su confianza en él.
Durante las investigaciones policiales, los peritos indagaron a profundidad en el asunto, este comenzó a torcerse a los nueve meses. El dinero entregado por la afectada ascendió a más de cincuenta mil euros.
La facilidad otorgada por el medio para inventarse una vida; ser un lugar de canalización de las frustraciones, era perfecta, entraba y salía cuando quería, podía inventarse una historia a la medida, pero debía ser una triste, si rondaba lo trágico, mejor. Hace unos cuantos años atrás lo había intentado, le gustaba andar por los lugares en los que se concentraban los extranjeros. En esa época conoció a una chica, la abordó en un bar, se enrollaron, ejerció de guía turístico, la llevó por los lugares más visitados de su ciudad, estuvieron juntos durante toda su estancia —guardaba un buen recuerdo—, cuando llegó el día de partir, la acompañó al aeropuerto, hizo todo el paripé del amante acongojado, derramó lágrimas. Prometió hacer todo lo posible para ir a vivir con ella. Siguieron en contacto durante una temporada; le contó lo de su mala situación económica, ella le ofreció su ayuda. De esa aventura solo obtuvo cien pavos, pudo haber obtenido más, pero se distanciaron.
Esta fue su primera experiencia, con el tiempo fue perfeccionando la táctica, dar lástima daba resultado. El mejor caldo de cultivo para su fin era la red, el anonimato era una buena herramienta. Pasó varios días perfilando su nuevo relato, era necesario uno sin puntos flacos, una vez logrado su cometido, desaparecería, borraría cualquier rastro de la identidad inventada, nadie lo pillaría.
Su estrategia no aspiraba a una cantidad exacta, euros más o euros menos, le daba igual, pasta es pasta, eso sí, tendría que ser superior a cien euros, no podían sufrir un retroceso sus aspiraciones. No era por avaricia, sino, por necesidad —se repetía—.
Su historia iba quedando niquelada, diría que no tenía a nadie en este mundo o que sufría una enfermedad rara —para hacerlo creíble se documentó sobre el asunto—, según la persona de turno; en algunas ocasiones mezclaría ambas, era la mejor opción. Para contarla debía encontrar el momento oportuno, luego de haberse granjeado la amistad, en consecuencia, la confianza. Al hacerlo debía de fingir vergüenza, hacer una pausa extensa entre cada oración, como si le doliera cada palabra dicha, luego en un ataque de honestidad diría cuál era su situación. Era importante soltarla en dosis, no de una forma brusca. El ofrecimiento de dinero tenía que venir del otro lado, por ningún motivo debía pedirlo, para eso era necesario ser sutil —se recalcaba—.
Los mensajes enviados, tanto escritos como de voz, fueron analizados, encontrando muestras de delito, por lo tanto, el dinero debía ser devuelto en su totalidad —la afectada tenía los comprobantes de los ingresos—, a esa cantidad se sumarían los gastos del proceso y una indemnización por daños psíquicos, producto del mal momento vivido por la afectada.
Después de leer el artículo pensó que jamás dejaría que algo así le pasara, sin embargo, en ciertas circunstancias, uno se deja llevar y el sentido común se deja de lado.

Mitchel Ríos