Creatividad

El plan

No se sabía de dónde venían —aparecían de improviso— ocupaban un parque abandonado del pueblo. Vestían ropas coloridas y alrededor de ellos se tejían distintas historias. Las madres prohibían a sus hijos pasar por aquel sitio; se cuidaban las mascotas. Las tiendas de campaña levantadas parecían toldos circenses. El ambiente era diferente, distante, huraño, tétrico, envuelto por el halo de lo desconocido.
El grupo había salido de la escuela, era una pandilla dispar, vivían en el mismo bloque; eran compañeros de recreo. Solían divertirse en la calle, se entretenían varias horas hasta que era tiempo de regresar a casa. Lo más usual era distraerse jugando fútbol, colocaban unas cuantas piedras en el paseo, demarcaban el campo de juego y armaban las porterías. Emulaban a sus estrellas.
Por esos días se jugaba el mundial de selecciones. La ganadora del anterior certamen quería revalidar el título (consiguió el triunfo gracias a un gol en el tiempo suplementario tras un pase del mejor jugador del mundo). Los chicos fueron testigos de aquel logro y al ver como disfrutaban de aquel triunfo, imaginaban a su selección en una de esas competiciones. Durante los encuentros del actual torneo el arquero destacaba sobre el resto, él y el mejor jugador del mundo llevaron a su equipo a la final, sin embargo, no lograron ser bicampeones, perdieron por un penalti en contra, se habían enfrentado a una de las grandes potencias de ese deporte. Esa potencia se vio reforzada por su reciente unificación, tras la caída del muro que la dividía en una parte federal y otra democrática. Este muro, construido después de la gran guerra, era una muestra de que eventos de tal magnitud literalmente dividían al mundo.
No era penalti, el defensa no tocó al delantero, más bien fingió y el árbitro pitó falta, por más que le reclamaron, la decisión no varió. Expulsó al infractor, el otro equipo cobró la falta, aunque el portero estuvo cerca de atajarlo, el balón ingresó en el arco, ese gol sería el que le daría el triunfo. Fue un resultado injusto, pero, según la opinión de los comentaristas, de todas formas, hubieran perdido porque solamente se dedicaron a defender.
—Cuando te dedicas únicamente a defender pasan esas cosas —dijeron mientras narraban los últimos minutos del encuentro, el marcador no se movería, terminaría 1 a 0.
La imagen imborrable de aquel momento sería la del mejor jugador del mundo llorando durante toda la ceremonia de entrega de premios. Los organizadores levantaron un gran estrado en medio del campo al que fueron acercándose los jugadores de las selecciones clasificadas en los tres primeros puestos. Los del tercer lugar celebraban el logro como un gran triunfo, besaban la medalla recibida; los subcampeones no, no bien recibían la medalla del segundo puesto, se la quitaban, algunos incluso la dejaban caer en el suelo, menospreciaban el esfuerzo realizado —muchos equipos morirían por estar en su lugar—; tal vez pensaban que la posición ocupada era la del primer puesto de los perdedores, por eso la reacción, pero no justificaba ese gesto. Mientras jugaban recordaban aquel encuentro.
De camino a la escuela bordeaban el parque ocupado, las bromas versaban en torno a acercarse a ese sitio, lo harían para ver lo que sucedía. Esa experiencia confirmaría —o tal vez no— todas las cosas que les contaban; era un misterio, por eso la idea les seducía. Empezaron a planificar como entrarían en aquel espacio; hicieron marcas en la tierra y se repartieron cada uno de los frentes posibles por los cuales podían ingresar, sería la aventura de su vida, digna de ser narrada por siempre, se convertirían en historia viva del pueblo. Estaban abstraídos por la emoción del momento, se imaginaban viendo a toda esa gente peculiar, lograrían adentrarse en alguna de las carpas, ¿acaso serían como las del circo?, ese que solía venir y ocupaba otro terreno descampado; la gente hacía cola para ver el espectáculo. En una de las representaciones una de las artistas se despojó de varias prendas de vestir e hizo equilibrismo, eso les sorprendió, era la primera vez que veían a una mujer de ese modo. Al terminar la función, prometieron no contar a nadie lo que habían visto, sería un secreto, algo que los convertía en cómplices.
Un punto flaco en su plan recaía en el hecho de que les implicaría perder tiempo, si la toma de ese sitio era tal —como ellos pensaban— llegarían tarde a la escuela, eso ocasionaría que el profesor les impusiera algún castigo y muy probablemente llamaría a sus padres; como consecuencia de aquel proyecto funesto sus padres les prohibirían salir a la calle, tendrían que quedarse en casa. Se aburrirían demasiado durante su encierro, se agobiarían. Además, si estos se enteraban que habían desobedecido la orden de no acercarse a ese lugar, la falta sería más grave, en consecuencia, la represalia era desconocida, imprevisible. El temor a esa reacción pudo con ellos; después de ponerse de acuerdo, decidieron posponer la empresa, la realizarían en otra oportunidad —una sin riesgo—. Tendría que efectuarse un día en el que sus padres salieran a trabajar, no regresaran en toda la jornada y tampoco tuvieran que asistir a clases. Pensaron en el domingo, pero lo desecharon, sus padres los llevaban a la casa de Dios; por lo tanto, el mejor día era el sábado.

Mitchel Ríos