Creatividad

El gorrilla

Las gaviotas volvieron a graznar. Desde el primer chirrido hasta el que consiguió despertarlo —no había contado su número—, el ruido fue aumentando; dio media vuelta en la cama, entreabrió los ojos, se puso una mano en la frente, trató de buscar con la mirada el reloj que tenía colgado en la pared; fue en vano, aún estaba a oscuras el cuarto, solo pensaba en lo inútil que le resultaría intentar conciliar nuevamente el sueño.
En este lugar esos bicharracos eran madrugadores, con su canto conseguían poner en pie a los vecinos, los consideraban sus despertadores, si en otros pueblos tenían a los gallos ellos tenían a sus gavinas. Su plumaje blanco conseguía confundirlas con palomas, pero sus actitudes rapaces dejaban en evidencia lo contrario. La señora Lola, cocinera de raza, más de una vez pescó a una llevándose uno que otro de los mejillones que colocaba en la ventana para escurrirles el agua. La situación no era agradable, le ocasionaba dolores de cabeza, más con el paso del tiempo, se convirtió en un buen tema de conversación. Cuando contaba esa anécdota, en las reuniones que organizaba el ayuntamiento, los asistentes, en coro, comenzaban a reír, algún susurro entre dientes la llamaba «tola», tal agravio sonaba tan bajo que solo se enteraba el que lo profería. No dándose por aludida continuó con su relato, le daba vidilla al ambiente con el garbo que ostentaba.
Era un sinsentido, las autoridades deberían de hacer algo con esas ratas voladoras. Día tras día se repetía la misma escena —claro, como ellas no tienen que ir a trabajar pueden estar jorobando todo el tiempo —se dijo—. Comenzaban con sus chillidos y el festejo onírico dejaba su lugar a las lamentaciones por no poder dormir bien. Se sentó en el filo de la cama, con los pies trató de encontrar sus sandalias, tenía la mala costumbre de descalzarse de cualquier modo, esto le suponía diversos inconvenientes por la mañana, sin embargo, lo hacía una y otra vez, al llegar del curro, a menudo tarde, el cansancio le podía y solo ansiaba recostarse, ese era su pretexto. Tuvo que insubordinarse a sus ganas de querer seguir en el lecho por más tiempo, caminó descalzo medio metro y subió las persianas, no sin antes correr las cortinas, después dejó entreabierta la ventana, no quería abrirla demasiado, el temor a llevarse una sorpresa desagradable pudo más.
Llegó pronto a la playa, no había coches, se acercó al grupo que formaban sus colegas, comenzaron a parlotear mientras esperaban a los primeros clientes —así les llamaban—. Se repartieron los distintos puntos de aparcamiento, tú al norte, tú al sur… no tenía derecho a elegir, era cuestión de suerte, solo rogaba porque no le tocara la que se ubicaba en una cuesta, ahí la gente solía ser borde y casi nunca soltaban ni medio real, eso y las miradas de desconfianza, eran tan incómodas que le daba ganas de desaparecer, pero no podía hacer nada, ¿acaso no dicen que el cliente siempre tiene la razón? Se sobreponía a esos desencuentros y volvía para terminar la jornada de la mejor manera. Ese grupo de extraños no era un sindicato, aunque podía decirse que velaban por sus derechos, el que mandaba era elegido democráticamente, no conseguían manejar el término en toda su extensión, pero les parecía que era lo mejor, haciendo valer su voluntad demostraban la realización de su libre albedrío.
Antes de salir aseguró bien la puerta, gracias a Dios tenía un techo, con la situación como estaba era lo menos que podía hacer, agradecer. En una época tuvo grandes aspiraciones, sin embargo, el tiempo se encargó de ocultarlas en el polvo del olvido, de tal modo que, para su bienestar, era mejor no pensar en lo que pudo haber sido, sino en lo que será. Conforme pasaba el tiempo, tenía menos fuerzas, era lo triste de ver como se le venían encima los años, por eso siempre se repetía: Tú lo elegiste, tú preferiste este sendero, te dio igual, desde tu perspectiva, lo real era mejor a vivir de los sueños. En su momento se dijo que los sueños no le darían de comer, las quimeras no pueden condicionar tu vida, era mejor enterrar sus talentos y no exponerse a perderlos en cualquier albur. A estas alturas se había cansado de lamentarse y se resignó a su fortuna, se sentía agradecido, dentro de todo, por lo que tenía. ¿Qué le impedía ir a por otra vida?, ¿simplemente sus obligaciones?, no podía dejar colgados a sus compañeros de empresa —se repitió—.
La zona que le tocó era la oeste, cerca de la arena. No se podrían estacionar demasiados coches, pero lo prefería a la otra, por lo menos podría estar más tranquilo. Una vez, a primera hora, un tipo le soltó una moneda, como si de una limosna se tratara, esperó a que arrancara el vehículo, ni se inmutó, dejó la moneda en el suelo, sobre la marcha pasó de página, le pareció que no venía a cuento empezar enfadado el día, además el problema lo tenía el otro, no él.
El camino era el mismo todos los días, el movimiento era tan mecánico que a veces llegaba a su destino y no recordaba cómo. Se lo explicaba diciendo: los pies se conocen el camino. El aspecto de las calles había cambiado con el tiempo, muchos de los vecinos, a causa de la falta de trabajo comenzaron a dejar sus propiedades, era triste ver enormes construcciones vacías, eso sí, antes de irse dejaban las puertas y ventanas debidamente tapiadas con enormes tablas que compraban para la ocasión. La gente que se quedó, en su mayoría ancianos, solo se encontraban el domingo en misa, el cura, ante tal número de feligreses podía recordar el nombre de cada uno de ellos. Entre esas ideas y más pensamientos, llegó a su «oficina», no le quedaba otra opción, debía iniciar la jornada.
En esa tesitura notó que un coche se acercaba, lo conducía, por la forma de hacerlo, un principiante en cuestiones automovilísticas. Metía mal los cambios, con lo fácil que era manejar uno automático —pensó—. Muchos tenían la manía de complicarse la existencia. Con buenos modos le indicó el mejor lugar para aparcar. A pesar de sus buenas directrices, el coche fue colocado de cualquier modo, en ese instante se escuchó un ruido molesto al rozar el parachoques con la acera, no dijo nada, mostró una sonrisa —yo le cuido el coche, vaya a hacer sus cosas sin preocuparse —le indicó al conductor—.
La realidad tenía esas cosas, no era dura, ni fría, pero complicaba todo. En el camino se cruzó con un conocido, eso lo retrotraía a los tiempos pasados, era el hijo del mejor amigo de su padre, salían a jugar, se metían en líos, pero con el tiempo se distanciaron, fue una buena época —se dijo—.
Tenía cinco coches a su cuidado, comenzó a realizar sus cuentas, si venían un par más, podría ir a la pescadería, eso si salía temprano, porque sino, tendría que hacerlo otro día, pensaba en el lugar en donde le gustaba comprar marisco, era bueno y lo vendían bien limpito, sin rastro de arena. Les reprochaba en su cabeza que no tuvieran miras de negocio, cerraban muy pronto y perdían de vender más, si eran felices haciendo eso, muy bien por ellos, pero perjudicaban a los consumidores.
Eso pasaba con todas las relaciones, terminaban alejándose las personas que conocía, ¿con cuántas podría haber entablado relaciones en su vida?, sin dudarlo se dijo que serían muchas, no obstante, cuando estaba solo no se acordaban de él, ni una llamada, ni una muestra de aprecio. Eso tenía el considerar amigos a simples errantes, a esos que estaban más centrados en sus vidas que en como se pudiera sentir él.
Dejó de darle vueltas a sus asuntos. Un conductor se acercó a uno de los coches, al darse cuenta se colocó a su lado y, de forma sutil, le hizo notar que se había encargado de cuidar su automovil de la mejor forma —le di un servicio premium —dijo-, tenía que soltar un chascarrillo para resultar simpático a la clientela. La mayoría solía reírse con ellos, sin embargo, cuando la respuesta era diferente, callaba y no decía ni mu; para su buena suerte esto no sucedía de forma cotidiana.
Antes de dirigirse a su puesto fue a tomar un café, —¿con tostadas? —preguntó el camarero—, un café solo —respondió—, cogió el diario que estaba sobre una de las mesas, comenzó a leerlo, lo más llamativo eran las noticias que giraban en torno a las elecciones, había reseñas sobre los debates que se habían producido días antes, pero a él le aburrían esos espectáculos en donde lo único que se dirimía era ver quien era el más payaso, eso sí, lo tenía claro, el circo armado alrededor de los comicios, distraía lo suficiente a la opinión pública y los alejaba de pensar en cosas más importantes, en todos los aspectos, lo público siempre va de mal en peor —meditó—.
El tipo antes de subir al coche metió su mano en el bolsillo y le acercó una moneda, le dio las gracias, se alejó a una distancia prudente y guardó el dinero en su bolsillo, era la mejor forma de hacerlo, así era su modo de operar, demostrar que le daba igual el monto dejado.
No pudo disfrutar a gusto la bebida, tuvo que salir de improviso, se le vino la hora encima y no quería llegar tarde al reparto de los espacios, porque eso implicaba quedarse con las sobras, es decir, con el peor, si bien se sorteaban, en ocasiones se repartían a dedo, pero para dejar tranquilos a todos se simulaba que todo era a causa del azar. Antes de salir se acercó a la barra y dejó un par de monedas, salió raudo en dirección al curro.
Contra todo pronóstico ese día fue uno de los más ajetreados, tal vez no se fijó en la fecha, pero dedujo que debería ser una importante, no era usual que en un día normal y corriente hubiera tanto trabajo. Eso era bueno para su bolsillo, pero echaba por tierra su deseo, no comería pescado, ni marisco, podría mandar a alguien para que le hiciera la compra, pero eso implicaba tener a la intemperie los pescadillos, en resumen, terminarían quedando intragables, no le gustaba despilfarrar de ese modo, se conformaría con ir al súper y pillar unas conservas, no le entusiasmaba demasiado la idea, pero mejor eso que no comer.
Se ubicó en una de las aceras, aún hacía frío y todavía no terminaba de amanecer, se frotó las manos para entrar en calor, pero sobre la marcha decidió meterlas en los bolsillos del pantalón, estaría así hasta que se juntara el grupo.
Se hizo de noche, serían las diez, más o menos, la gente comenzó a despejar el lugar, una vez que atendió del mejor modo a sus clientes, decidió regresar a casa, no sin antes despedirse de los colegas, eso le daba consistencia a la cofradía, a lo tonto eran una pequeña familia, por lo menos él los sentía así. Solo pudo encontrarse con un par, el resto se había retirado pronto.
Una vez que se despidió fue al mercado más cercano, era uno que abría las veinticuatro horas, si bien cobraba un poco más en los precios, por lo menos lo sacaba del apuro, cogió una botella de agua con gas, un paquete de pan, unos mejillones en conservas, así como calamares, también enlatados. Cuando se dirigió a pagar a caja notó que había una cola enorme, retrasada por la gente que pagaba con calderilla, se tomaban su tiempo, sin duda, cuando llegó su turno pagó con la cantidad exacta, le dijo al encargado que se quedara con el ticket, salió a la calle y se fue en dirección a su hogar.
A lo lejos se oía un graznido, entre las luces mezcladas con la penumbra, la soledad de la calle y el runrunear de sus pisadas, regresaba a casa, a su refugio, a lo que era suyo.

Mitchel Ríos