Creatividad

El chico que hablaba de Borges

Eran mis primeros días en aquel lugar. Todo resultaba novedoso, las paredes, la gente, el ambiente. Pasé varias horas preparándome para asistir, sería el inicio de algo nuevo. Suponía que cambiaría mi perspectiva, dejaría de ver al mundo con los ojos de ese momento, sería diferente, esperaba que todo diera un giro y sucedieran de otro modo las cosas.
Ese día llegué tarde, cuando quise entrar, me dijeron que no sería posible. Esperé en las afueras hasta el cambio; traté de iniciar una charla con un tipo que estaba en la misma situación.
—Pensé que me sobraría el tiempo, imaginé que llegaría puntual —lo dije alzando un poco la voz, sin llegar a gritar.
Fueron palabras soltadas al aire; no hubo respuesta. En ese momento pensé que mejor hubiera sido quedarme callado, no era necesario exponerme a una situación así; era la tontería de comenzar a tratar con gente desconocida.
Como no hubo respuesta, me puse a admirar los claustros. Recorrí el lugar. Era un espacio tranquilo, casi no había ruido, se escuchaba el retumbar de las palabras. En el centro tenía una fuente y de ahí salían varios chorros de agua; a los costados tenía flores, árboles, un jardín, por lo visto, bien cuidado, además también había una estatua de un personaje mítico, no supe descubrir de quien se trataba, fui interrumpido por un tipo que, de muy buen modo, me buscó conversación.
A los pocos minutos de empezar la charla, era en torno a temas literarios, deduje que era seguidor de Jorge Luis Borges. Su conversación se centraba en él, le brillaban los ojos cuando lo hacía, se emocionaba al hablar del autor. Se podía decir que era improbable la existencia, en el mundo, de un seguidor tan entusiasta. Leía y releía su obra, mejor escritor en nuestro idioma no había existido —afirmaba—, volvía, a menudo, a los senderos de los caminos que se bifurcan y finalizaba en las ruinas circulares, una de sus mejores narraciones.
Yo había leído únicamente el cuento: «Tema del traidor y del héroe». Lo leí por obligación, era necesario hacerlo para cumplir con algunos exámenes de la escuela, por eso no seguí en su senda, me desligué por completo.
—Es el esteta por excelencia. Si alguna vez escribo un libro, será emulando a ese gran escritor. No hubo mejor autor, hizo arte. Durante muchos años se burlaba de los escritores del Boom, consideraba que no era necesario escribir tantas páginas, se podía escribir lo mismo en menos. Lo único que les podía alabar, esto es suposición mía, era su afición por Faulkner, pero no lo he confirmado. Sé que ir por ese camino es complicado, sin embargo, será un gran reto.
Cuando escuché estas argumentaciones, comencé a replantearme el estar ahí, no sabía cómo refutar sus argumentos. Me di cuenta que había leído poco, y mal, sería dura esa aventura, en esas circunstancias, por un instante se me ocurrió dejar todo e irme a mi espacio de confort. Con mis lecturas limitadas no llegaría a ningún lado.
—¿Me entiendes?, el mejor escritor. Hace poco vi una entrevista que le hicieron, hablaba de que la gente debería leer otras cosas. Su humildad le hacía perder de vista lo excelso de sus escritos, para mí son un vicio.
Lástima que no le dieran el Nobel. Sus ideas políticas no fueron aceptadas, alabó una dictadura; ese posicionamiento lo sentenció. Estoy acaparando la charla, tú, ¿qué opinas?
—Estoy de acuerdo —no tenía idea alguna, respondí de ese modo por inercia, por salir del paso y demostrar que estaba prestando atención. Si hubiera sabido que tendría un examen de este tipo, hubiese estudiado…
—Claro, no se puede ir en contra, deberían obviar la ideología de los escritores, en especial con los de este calibre, lástima que todo esté politizado. Deberían tomarse en cuenta otros aspectos.
—Tienes razón.
—Me caes bien, este puede ser el inicio de… ¿Viste la película?
Luego se sumaron más chicos a la charla. Me aparté porque no aportaba nada a la conversación. Me sentí como un tonto.
Los años pasaron, leí varios libros, adquirí más conocimientos, me fui formando y conocí más gente. Todos los que estudiaban la carrera era muy listos, ratones de biblioteca, podían hablarte de cualquier cosa, yo solo escuchaba y trataba de aprender.
El tiempo pasó y lo que empieza debe terminar. El último año, no fue menos difícil, la carga de estudio aumentó, era necesario esforzarse más, dar un último empuje. Por suerte estuve a la altura, di la talla. Me ceñí a cumplir y leer lo que me dejaban.
En el camino conocí escritores que se han vuelto espejos para mí. He devorado obras y colecciones, todo en base al interés que fue creciendo. Esa llama pequeña del primer momento se hizo enorme al final, estaba bien, no saldría desencantado; adquiriría conocimientos que podría poner en práctica para mis fines, aunque no tenía muy claro a lo que me gustaría dedicarme. Dudas que surgen cuando vez la luz al final del camino, no es raro.
Un día, mientras estaba recorriendo el campus, me topé con uno de los compañeros.
—¿Has leído el Aleph?
—¿Es de Borges?
—Sí.
—Tantas veces Borges…

Mitchel Ríos