Creatividad

El camino largo

Las dudas —estaban ahí— en especial, mientras bebía. ¿Cómo creer en las palabras?, cuando todas se las lleva el viento. Era sencillo escribir un mensaje de texto, no debería de tener problemas para redactarle uno.
Después de darle vueltas cientos de veces, llegó a la conclusión de que gracias a este medio se les hizo posible conocerse, de otro modo, era imposible, por varias razones.
—Tendré que desinstalar… desde que la uso me trae fatal el ordenador.
—¿Cuánto tiempo lo tienes?
—Cerca de ocho años.
—No tendrías por qué tener problemas, es actual. Deberás cerrar los procesos innecesarios.
—Podrías abrir el…, suele ser sencillo y se trabaja de manera práctica.
Estaba esperando y, al parecer, se pasaría toda la tarde expectante. La incertidumbre lo hacía pasar mal.
No tenían los mismos gustos, no asistían a los mismos lugares, se podía decir que eran diferentes en todo, más luego de tratarse, descubrieron puntos en los que coincidían, a partir de ahí, se inició algo.
—No siempre es recomendable tomar el camino rápido. Vamos por uno más largo, con ello podremos dar con el problema.
—Puedo desinstalar y ver sí me sigue dando disgusto.
—Todo eso por no querer hablar conmigo.
—Soy demasiado celoso como para dejar que metan las narices en mis cosas, no eres tú, soy yo…
—La propuesta está hecha.
—Está bien ser así, yo también lo sería, no se puede dejar que alguien se adentre en nuestras posesiones.
Miraba de soslayo su equipo y recordó la época en que era complicado comunicarse. No existían las redes sociales, no había este despliegue de software. El número de palabras para poder expresarse era limitado, por suerte, gracias a las bondades de los avances, en la actualidad era posible mandar epístolas completas.
En cientos de mundos posibles no se conocerían. Efectuaba cálculos, garabateaba páginas; al final desistía.
—¿No te parece que te estás tirando piedras sobre tu tejado?
—¿Qué debería decir?
—Tratar de venderme la burra, decir: Soy el mejor técnico informático, no hay asunto que no maneje, soy experto en mi campo y mi desempeño está garantizado.
—Puedo decir cientos de cosas, pintarme como la octava maravilla, pero si mi trabajo no está a la altura, quedaré como un fala barato y no quiero quedar como uno.
—Insisto, te estás tirando piedras sobre tu tejado.
—Además, noto que tienes incoherencias en tus palabras.
Cogió el equipo y no vio un mensaje, quizás estaría demasiado ocupado o se olvidó el teléfono en casa, aguantaría unos cinco minutos para enviar otro mensaje.
La única forma de relacionarse era como sucedió, no podía darse de otro modo, era como si todo hubiera confabulado para que se diera ese encuentro.
—¿Me estás analizando?
—Solo estoy atento a tus palabras, pero recuerdo lo que he dicho y no he caído en incoherencias.
—¿Te pones serio?
—No.
—Entonces por qué te callas.
—No me agrada que me analicen.
Lo sacaba de quicio ver su estado en línea y no recibir respuesta a su mensaje. Tenía ganas de mandar miles, pero lo detenía la idea de parecer pesado, no quería demostrar un aspecto de su carácter; no siempre sentaba bien a sus interlocutores. Era necesario parecer un poco distante, aunque no lo fuera.
Le gustaba pensar en ello como si de algo mágico se tratara, pero, quizás no era así, fue un encuentro más, uno de los millones de encuentros que tienen lugar en el mundo. Eso de cruzar mensajes, impactarse y continuar con ese asunto, fue la piedra angular para que todo siguiera su curso.
—Puedes tener dudas, estoy de acuerdo, nadie te dice que debes confiar a ojo cerrado en mí.
—A esto me refiero con tirarte piedras…
—No es tirar nada, simplemente soy sincero.
—Tú sinceridad me abruma.
—No tendría por qué, es la que es.
Debía cambiar su forma de actuar. Si no te contestaba luego de cinco llamadas, tampoco lo haría a la sexta; no entendías o no querías saber que la gente normal tiene otras preocupaciones no estar pendiente de un trasto.
Miles de realidades y en ninguna se daban las mismas situaciones pertinentes.
—Cuando hablas de sinceridad, dudo más, mi instinto me dice eso.
—Como te dije, yo haría lo mismo.
—No lo creo.
—Mejor lo escribimos.
Sus buenas intenciones se vieron trastocadas en ese momento, achacaba esas palabras a su mal proceder. Cada persona era un mundo, por lo tanto, no podía pensar que esa persona fuera igual a él. No todos se ponían en el lugar del otro para tomar determinadas decisiones, explotaban y causaban estragos en el ánimo de quien las escuchaba.
No encontraba una situación parecida en el mundo literario. La realidad superaba a la ficción —no había dudas—.
—Tú escribes, yo escribo, muchos escribimos.
—Cierto, todos lo hacemos.
—Por eso lo digo.
Lo mejor de los mensajes de texto es la posibilidad de volver a leerlos. Sí se quisiera, se podría redactar un escrito. Tenía el consuelo de revisar las ideas que intercambiábamos, en cierto modo, podía revivir el momento de la charla —eso me motivaba—. Esperaría más tranquilo el bendito mensaje.
Sí estaba ocupada, podía decirlo. Con escribir estoy bien, pero ocupada —me bastaba—.
Tenerme así me parecía una injusticia. La distancia se hacía más grande. Mientras tanto, se centró en sus asuntos, de vez en cuando observaba su teléfono.
El mejor mundo era el suyo, dentro de todas esas opciones, por eso pudo conocerla y aunque todo fuera una simple anécdota, lo vivido nadie se lo quitaría, esos momentos, disfrutados, serían parte de él para siempre.
—Pero, algunos lo hacen mejor que otros, no yo.
—Estoy de acuerdo con tu afirmación.
—Muchos escribimos.

Mitchel Ríos