Creatividad

El camino correcto

Sus ideas eran singulares, únicas, interesantes para sí mismo. Le gustaba leer los estudios que se salían de los parámetros de lo establecido. Estos decían la verdad, porque los que seguían la línea del sistema, eran ejemplos de discursos aleccionadores, inhibidores del libre albedrío, cuyo fin era quitar la libertad de la gente.
Los modelos estaban claros —se decía—, el sistema educativo, como en una cadena de producción, formaba ciudadanos de bien, llamando así a los que seguían a pie juntillas las premisas de lo que ordenaban los entes que se encontraban alineados con los poderes de turno.
Por suerte, él se dio cuenta desde muy joven, tenía una mentalidad distinta, especial.
La conciencia le nació el día en el qué ojeó un texto que llevó un colega a la escuela, era un púber, aunque los demás lo trataran como un niño. Ahí hablaba sobre tratados censurados para que la sociedad no entrara en pánico. Era un libro negro, con una foto inmensa en la portada, en ella se veía la composición de un mundo en decadencia, con gente desesperada, en una pequeña leyenda sostenía que en su interior estaban las respuestas. La composición de los artículos era atrayente, su lectura simple y el estilo era tan claro como directo, además tenía imágenes por todas partes, era una edición de lujo.
El chaval que lo llevó a la escuela era callado, parecía que no se enteraba de nada de lo que pasaba a su alrededor, su aspecto desgarbado, poco cuidado, era su señal de identidad. Cuando aparecía en el aula daba la impresión de que era una pose usada para despistar. Nadie lo tenía por listo, pero solía pasar sin aspavientos los exámenes de las distintas materias. Se hizo amigo de él por casualidad.
Aquel día llegó temprano, se sentó en el primer asiento desocupado que encontró, no se fijó al lado de quien. Estuvieron en silencio durante un buen rato, hasta que, no recordaba cómo, empezaron a charlar sobre comics, mangas y anime. Hubo buenas sensaciones en esa primera toma de contacto, gracias a ello comenzaron a relacionarse de forma asidua y, sin planteárselo, se hicieron amigos.
Cada vez que charlaba con él se sorprendía, su modo de ver las cosas era distinto a lo que le enseñaban, era autodidacta, todo lo que sabía lo aprendió por su cuenta, desde ese momento quedó anonadado.
A él le encantaría ser un bohemio, ir a sus tiempos, no tener que asistir a la escuela, pero tenía que hacerlo porque había llegado a un acuerdo con sus padres: concluiría la escuela y después podría hacer lo que quisiera, por lo tanto, estaba asistiendo por el compromiso adquirido, no porque le apeteciera.
Un día, mientras hablaban, salió un tema diferente en sus conversaciones, le habló de cosas que nunca había escuchado, le dijo, textualmente, que tenía una colección de libros en los que se explicaba una especie de historia alterna, ponía en duda todo lo que les enseñaban. Al principio desconfiaba, pero luego, durante sus investigaciones, llegó a la conclusión de que estaban en lo cierto. Tras hablar de ello prometió que le traería uno de los tomos al día siguiente.
Cumplió su palabra y fue alucinante, la descripción se quedaba corta, era más de lo que se imaginaba. Pudieron leer varias páginas, vieron varias fotos, también varios links, sin embargo, cuando estaban en lo mejor, apareció uno de los encargados de velar por la buena conducta en el centro, no bien vio el texto, se lo quitó, lo decomisó y se lo llevó sin mediar palabras. Su colega estaba preocupado, era un libro difícil de conseguir.
Ese primer contacto le hizo querer saber más, por eso cuando estuvo en casa se metió en el ordenador y navegó por mares insospechados, sin embargo, su sorpresa fue grande cuando, al querer entrar en algunos sitios, salía un aviso indicando que no era seguro. Por más que lo intentó no fue posible, salía el mismo mensaje.
Desconcertado por ese esfuerzo infructuoso se preguntó: ¿por qué no lo pudo hacer? Cuando preguntó a su colega cuál era el problema, este le dijo que si entraba desde los navegadores normales era imposible acceder, debido a que tenían indexados sus contenidos, al reconocer uno que no lo estaba, bloqueaban el acceso, había una especie de policía que se encargaba de hacerlo. La solución estaba en ingresar por la puerta trasera, había un programita que engañaba a esos espías. Nuevamente se embarcó en la aventura de seguir por senderos insospechados, en efecto, siguiendo las indicaciones pudo acceder.
Era un universo en paralelo, ingresando los links pudo adentrarse en sitios que no imaginó que existieran, usaban plantillas llamativas y sus contenidos eran interesantes. Al inicio leyó un par de entradas, luego aumentó el número y así fue como se hizo un experto.
En esos espacios se exponían verdades incómodas, por eso no estaban permitidos en los medios oficiales.
Poco a poco su formación se fue enriqueciendo y sintió que tenía el deber moral de compartir lo que sabía, por eso entraba en foros. Al escribir sus planteamientos muchos se reían, pero no les hacía caso, el era único, era listo, se decía que la verdad era molesta, por eso lo tomaban por loco. Alegaba que no había nada peor que ser cerrado de mente, lo mejor era abrirse a otras opciones, a otras miradas.
No resultaba fácil su peregrinaje por senderos de ignorancia, quería cambiar el mundo, pero el mundo no quería dejar que lo cambiara. En las reuniones que tenía con sus pares, aquellos que compartían su forma de ver las cosas, concordaban en que era difícil abrirles los ojos a seres que toda su vida venían siendo engañados. La negación era una un signo de lo interiorizado que tenían las normas del sistema. Esto era problemático, pues no sabían que con esa actitud se estaban condenando a pasarlo mal, pero él pondría todo de sí para salvarlos, para evitarles un mal trago, para mostrarles el camino correcto.