Creatividad

Ejecución instintiva

La rutina era idéntica todas las jornadas, salir de casa, llegar a la estación, dirigirse al andén, coger el tren, asistir a trabajar, después ir a la biblioteca; no había nada capaz de romper esa monotonía, sumido en la cotidianeidad, comenzaba a sentirse apático, sin ilusiones, esperanzas, todo se comenzaba a apagar en su interior. Le habían recomendado buscarse una pareja, algunas veces sirve para darle nuevos aires a la vida —le dijeron—, pero no era una opción, no estaba dispuesto a conocer gente, tampoco a abrirse, implicarse en situaciones así requería disposición, por ahora no estaba en sus planes. Al inicio las personas podían parecerle interesantes, pero pronto dejaban de serlo, es verdad, cuanto más conocía a alguien, menos le llamaba la atención, ni hablar de convivir, compartir momentos, era una acumulación innecesaria de recuerdos que, al terminar todo, serían desechos de la relación interrumpida.
Quizás lo único que podía apartarlo de esa insípida existencia era su constante pugna por encontrar un asiento para ir leyendo. Trataba de apurarse, estar pronto en la parada, sin embargo, era imposible, los demás eran más ágiles y terminaban ganándole el sitio. No le quedaban más opciones, siempre miraba a todos lados; los lugares estaban ocupados, por eso se alejaba, se apartaba, se apoyaba en una de las ventanas, era imposible coger el libro.
Al día siguiente pasó lo mismo, le apenaba no poder revisar el libro adquirido algunos días atrás, cuando lo compró buscó en todas las secciones de la librería, no había ido con una idea clara. La recorrió; se topó con varias personas leyendo en unos sillones, poder revisar un libro antes de comprarlo era cómodo, alguna vez leyó capítulos enteros, si le parecía buena esa lectura lo llevaba, por el contrario, cuando le desencantaba dejaba el texto en el mostrador, esto lo salvó varias veces de malgastar su dinero.
Paseó por cada uno de los espacios de la librería, había varios libros en oferta, algunos llegaban al sesenta por ciento de descuento, una buena oportunidad, al parecer se debía al cierre de una editorial, estaban liquidando sus existencias, pilló uno, con eso había dado por terminada su estancia en este lugar, no obstante, su lectura debía esperar, tenía diversos textos programados.
En hora punta era complicado ir cómodo, solo le quedaba adaptarse a las circunstancias, en vano fueron sus esfuerzos por llegar pronto, de un momento a otro la gente se juntaba, alguna vez descontento por la situación se bajó, pero fue peor, el siguiente tren venía aún más lleno, la penuria no terminaba ahí, ir apretujado ocasionaba la aparición del sudor, era una sensación incómoda.
En vista de la imposibilidad de ir leyendo, guardó el libro, se fijó en el suelo, había un diario, alguien lo habría tirado. De todas las noticias que contenía una le llamó la atención, su lectura lo mantuvo entretenido todo el trayecto.
Eran varias las veces en las que se coincidió con aquel tipo. Siempre hacía lo mismo, se sentaba en el asiento reservado y no se movía de ahí, después de repetirse en varias oportunidades la misma escena, se decidió a darle solución al asunto, le habló tranquilamente, pero este, en una reacción violenta, no hizo caso, más bien le recalcó que no era su asiento, si deseaba sentarse podía hacerlo en el suelo, ni el hecho de ser exclusivo para el uso de personas mayores o embarazadas le hizo cambiar de opinión. Viendo esa actitud se calló, se alejó de ahí. El mal cuerpo que le dejó esa respuesta no se iría fácilmente, era incómodo tropezarse con gente así, de soslayo se fijaba en el maleducado, era pedante, iba mirando hacia la ventana, parecía un tonto. Llegó a su destino, se dirigió a casa y trató de olvidar el mal rato.
¿Por qué no reaccioné de otro modo?, fue una pregunta que se hizo recurrente, debería haber dicho unas cuantas cosas y mostrarle su error, pero no, preferí quedarme callado, darme la vuelta, pero ser así no era su estilo, sabía controlarse, no se dejaba llevar por los sentimientos. Decir un par de cosas bien dichas, no tenía nada malo, total, tenía razón, por derecho ese asiento estaba reservado para la gente como él. Ese mal momento se repetía una y otra vez en su cabeza, mientras realizaba sus tareas, comenzaba a hablarse en voz alta, a recriminarse.
En otras ocasiones, cuando iba en el metro y lo veían de pie, lo invitaban a sentarse, algunos chicos se levantaban, ante eso respondía: No soy tan viejo, está bien ser un jubilado, pero mis piernas aún aguantan, el ejercicio siempre viene bien —soltaba una carcajada—. La gente sonreía, él sonreía, el viaje era agradable. Todo esto cambiaba cuando se encontraba con ese tipo, para su mala suerte bajaban en la misma estación. Desde aquel incidente comenzó a caerle mal, otras veces no se hubiera hecho problemas. Antes de ese percance, no esperaba gran cosa, solo un gesto, un amague por cederle el sitio, incluso se hubiera planteado darle la misma respuesta de siempre, echarse unas risas, como iban en el mismo vagón, tal vez le hablaría, conversarían, soltaría algún chascarrillo y tal vez le invitaría a tomar un café, todo eso eran suposiciones suyas; sin embargo, este no tenía ningún gesto, ahora, era todo lo contrario. Un prepotente como ese no conocía de razones, ni de buenos modos.
A menudo había personas de seguridad, pero no hacían levantarse a los que ocupaban aquellos lugares. ¿Acaso no sería su deber hacer sentar a quienes correspondía en aquellos asientos? —se preguntaba—, se quedaban mirando y hablando por el móvil, se bajaban pronto.
La cuestión sobre los asientos reservados dio pie a diversas discusiones, algunos sostenían la importancia de sancionar a todo aquel que no cedía el asiento en hora punta —cuando el vagón iba lleno—, quizás multarlos sería la solución, de ese modo se lo pensarían antes de permanecer en ese espacio, fingiendo leer, revisando mensajes de texto en el teléfono, haciéndose los dormidos o los distraídos; para ello, tendrían que crearse normas, una vez reglamentado se podría actuar. Algunos iban un poco más lejos, sostenían que siempre fueran desocupados aun estando vacío el vagón, pero esta idea no la compartían muchos, por otro lado, la mayoría consideraba la necesidad de concienciar a la gente, hacerles ver que tenían una razón de ser, no se los ponía porque les diera la gana, así como los destinados para las personas en sillas de ruedas. Estas discusiones se daban en pos de evitar malos momentos, discusiones tontas. No era difícil ponerse de acuerdo en este tema, todos creían en la regulación del uso de los lugares reservados, el único problema era de fondo, cómo aplicar la reglamentación que se acordara, por eso los encargados de la seguridad simplemente indicaban a los que iban sentados ahí y no les correspondía levantarse, pero si no lo hacían no insistían, no querían amargarse la existencia.
Llegó el día en que se hartó de la actitud del maleducado. Sus ideas iban y venían, aún no tenía claro cómo llevarlas a cabo, a pesar de la confusión, le daría una lección a ese tipo, sería algo calculado, no pondría a nadie en aviso, eso sí, su actuar debería ser rápido, sería la forma de dar a entender su desacuerdo, el aviso para todos los que actuaran de aquel modo. Sería la primera y última vez que actuaría de esa forma, no iba con su manera de ser, todo se llevaría a cabo la próxima oportunidad en que se encontrara con aquel irrespetuoso. No era amigo de la violencia, pero hay gente que no entiende los buenos modos.
No pasó mucho tiempo desde aquella maquinación, se encontró pronto en la misma situación, pero a diferencia de otros días, se puso a un lado. Todo iba como de costumbre, el ambiente se sentía similar al de otras jornadas, era un día cualquiera.
Esperó a que se desocupara el vagón, una estación antes bajaba la mayoría del pasaje, poco a poco, iba quedando despejado. Cuando se dio la oportunidad, cogió el cuchillo de pelar manzanas que siempre llevaba en la mochila, con cuidado y sin llamar la atención, lo escondió en la manga de la chaqueta, en una acción precisa y sin pronunciar palabra alguna se acercó al maleducado, el tipo se sorprendió, literalmente no se esperaba lo que iba a suceder. En su cabeza se seguía repitiendo la frase: No soy amigo de la violencia, no soy un violento. Estaba actuando por instinto, no eran acciones razonables, en otro momento no lo hubiera hecho, pero la mala actitud del sinvergüenza lo sacaba de sus casillas.
El titular decía: «Sexagenario acuchilla a un hombre en el metro». Terminó de leer y pensó: La siguiente vez que no encuentre sitio, le mostraré la noticia al que ocupe un asiento reservado.

Mitchel Ríos