Creatividad

Durante el curso

—¿Está ocupado ese sitio? —hice una seña antes de entrar, aquel día llegué tarde a clases.
No era común que llegara tarde, más aún cuando me gustaba ocupar los primeros asientos, aunque durante mucho tiempo prefería sentarme en los de atrás, así podía dedicarme a cosas más sustanciales, en lugar de prestar atención a asignaturas patosas.
—… —Antes de recibir una respuesta, me sentí analizado de la cabeza a los pies.
La poca dedicación, interés y preocupación en sus labores se veía reflejada en lo mal que preparaban sus clases, saltaba a la vista, no causaban el interés necesario —por lo menos a mí— me resultaba aburrido ver a un tipo tratando de metérmela doblada.
—No.
Al regresar a casa, después de clases, estaba como si no hubiera asistido al instituto, me sentía perdido, cuando cogía las guías no entendía nada, tendría que buscar ayuda, para bien o para mal existían los becarios.
—¿Me puedo sentar a tu lado?
En ese lugar nunca preguntaban qué tal me había ido, iba por libre…
—Bueno…
Poniendo todo sobre una balanza era mejor no asistir a clases, sin embargo, no lo podía hacer, tenía obligaciones, me identificaba con Alberto, el Poeta, no estaba ahí porque quisiera, sino, porque tenía que ir, sí o sí, era importante seguir la costumbre familiar, y por evitar ver rostros enfadados; recriminadores.
—… —podía responder cualquier cosa, pero dijo: claro, sin problemas.
Si bien, en el hogar, no se preocupaban por nada de lo que pudiera hacer —se vivía de las apariencias—, tener un hijo vago no estaba dentro de sus planes, eso no se lo podían permitir, por algo se mandaba al retoño a una de las mejores escuelas de la ciudad o eso era lo que ellos creían.
—Gracias —me senté y sin entrar en detalles comencé a prestar atención.
Aquel colegio sobrevivía gracias a la fama ganada, había cuadros de los alumnos más destacados y que habían dejado huella en la ciudad en varios campos, dejando aportes invaluables para nuestro porvenir.
El encargado de dictar la clase era un profesor que manejaba el tema muy bien, causaba entusiasmo entre todos, sin embargo, hablaba muy bajo, enterarse de los que decía solo era posible si uno se ponía a pocos metros de él, en los lugares de adelante.
Solo los que estábamos dentro nos podíamos dar cuenta de que eran unos sacacuartos. No aprendíamos gran cosa en cuestiones paganas, por el contrario, en asuntos religiosos teníamos un pie en el seminario. Si queríamos, podíamos seguir estudios eclesiásticos.
—… —al principio no fluyeron las frases. Si bien, no era una desconocida —la había visto varias veces—, nunca me animé a hablarle, quizá por temor a que no quisiera tener una charla conmigo, o sencillamente, porque era tímido, podía ser la mezcla de ambas cosas.
La escuela, por tradición, era solo para varones, pero al disminuir el número de matriculados, decidieron hacerlo mixto. Al inicio hubo pocas alumnas; con el tiempo su cantidad aumentó.
No hubo manera de caer bien a la primera.
El encargado de llevar las riendas del lugar era un sacerdote, no era demasiado mayor, tendría unos 40 años, poco más. Lo designaban en la congregación mediante votación. Era como si se tratara de la elección del Papa.
Dentro de todo sabía que algo iba a pasar.
Podían pasar meses hasta que designaran un director. No sé con certeza qué requisitos debía cumplir el elegido, pero casi siempre era acertada, se encargaban de poner a un tipo carismático, por no decir, encantador de serpientes, que fuera lo suficientemente empático con el alumnado.
El silencio no dio paso a nada, no cursamos palabras, solamente las del inicio.
Siempre estaba en su despacho. Solo se lo veía los lunes, cuando rezábamos, por lo demás, era como si estuviera enclaustrado en su oficina. Si alguna vez me lo crucé fue por casualidad o porque acompañaba a la encargada del curso de bienestar y orientación.
No hubo ninguna posibilidad en ese momento, sería más adelante.
La contraparte del director, tanto en la forma de ser, como en su modo de tratar a los alumnos, era la del auxiliar, su labor era la de poner orden. Al parecer tenía carta blanca para hacer lo que le daba la gana.
Fue una semana más tarde, en una materia de letras, cuando intercambiamos un par de palabras.
Siempre estaba de mal humor y descargaba su rabia con los indisciplinados, si te pillaba fuera de clases, mientras hacía guardia, estabas jodido, te ponía mirando en dirección a la pared, junto a otros capturados, y dictaba la sentencia: Aquel que se mueva, palo…
Era lo que mejor retenía, me resultaba más sencillo, nunca tuve problemas.
En este aspecto no se andaba con rodeos, si alguien hacía el amago de moverse era castigado severamente, le caía palazos por todos lados —no medía sus fuerzas—, era como si el odio acumulado durante toda su carrera saliera a flote en ese momento, se ensañaba, tumbaba al suelo al primero que desobedecía. El resto tenía que seguir mirando a la pared.
Fue así que con el intercambio de pareceres comencé a notar que tenía gracia, todo era cuestión de conocernos mejor.
Podíamos quejarnos, pero era peor, quedabas marcado para el resto del curso, y no solo por los golpes, sino también por el gesto severo de nuestro carcelero.
Lo primero que descubrí fue que era amiga de poner sobrenombres, a mí me puso uno que me gustó. Yo la comencé a llamar del mismo modo.
Al finalizar el castigo, el que yacía en el suelo se levantaba renqueando, mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos. El ejecutor sonreía; había cumplido su trabajo.

Mitchel Ríos