Creatividad

Divagaciones

No había dado con la tecla para empezar a escribir; había estrujado tanto su imaginación que se sentía mustio. La frase adecuada no se manifestaba, cada sílaba se le ocluía; era una pesada carga.
—El proceso creativo en ciertos momentos suele ser tan complicado —se decía.
Tenía recelo por repetirse —hablar de un tema que ya hubiera abordado— utilizar las mismas expresiones. Probablemente no era tan prolífico como consideraba; era un engaño en el que creía, un cuento que se inventó para producir textos de forma constante y sin decaimiento.
Una de sus inquietudes —aún más patente— era decaer en la calidad de lo que expresaba, suponía que la excesiva exhibición era la causa de la exigua calidad de lo que se conseguía ofrecer. En esos momentos, todas sus indecisiones se enlazaban; a esto era necesario añadirle la inseguridad que poseía a la hora de sus atascos creativos; se interpelaba: ¿cómo había empezado todo? —pregunta que llegaba y se quedaba flotando en el aire—.
Cavilaba y no podía darse respuestas claras; tenía demasiadas y no había una que tuviera la llave para esclarecer esa perspectiva sombría. Faltaba una solución que diera una trayectoria certera a lo que estaba pasando y colocara cada titubeo en su emplazamiento de forma estructurada —sin contratiempos, sin dolores de cabeza—, Esperaba solamente un haz de ilusión en todo ese mar de ignorancia.
En la oscuridad de la avenida: silente, densa y trepidante, la muchedumbre caminaba ausente; concentrada en sus problemas, inquieta por cambiar de acera y cuidar sus pertenencias de los ladronzuelos; no se despegaban de sus móviles. A lo lejos se les podía observar como si fuera una instantánea de todo lo que estaba pasando.
Su pregunta aún no tenía respuesta, el silencio se hacía patente en la intimidad de su soledad. Incapaz de llegar a consolidar un bosquejo de alivio y para romper ese bloqueo, decidió salir a la calle, se puso una chaqueta, cogió las llaves y dejó todo en desorden; recorrió un trecho; sacó un cigarrillo y lo encendió, absorbió una bocanada de humo, lentamente y levantando la cara hacia el cielo soltó el humo que mantenía en la boca.
—No era posible quedarse sin ideas de esa manera tan pueril —se lamentaba.
Hasta ese momento estimaba que era una caja de creatividad sin fondo y comenzó a descubrir que no era así al ver esa hoja vacía: sin renglones y con muchos borrones —signo del momento desastroso que estaba viviendo—, era una imagen desesperante; lo angustiaba contar con el tiempo justo para presentar un escrito y no poder hacerlo.
No se sentía a gusto con lo que hacía, eso era lo que más le intrigaba, los modos utilizados a la hora de redactar —despropósitos elevados a la enésima potencia—, entremezclaba ideas poco funcionales. Anteponía su orgullo a la posibilidad de que no era tan bueno como pensaba —lo central en este asunto—, además juzgaba que cualquier texto suyo era lo mejor jamás escrito en el mundo. Con él habría un antes y un después en el panorama literario —su obra entraría en su canon de estudio— su talento opacaría a pléyades enteras.
Seguía su recorrido por la calle mientras fumaba y no conseguía conceptos sólidos para desarrollarlos, mas lograba evadirse, en ese momento era lo que necesitaba, alejarse de todo y obtener la creatividad que procuraba. El ruido de los coches y el alumbrado público, eran elementos que en conjunto podrían dar como producto componentes artísticos para el ojo preparado. En ese momento, en sus divagaciones, no lograba observar lo que el medio le ofrecía, pasaba de todo al igual que el mundo pasaba de él,
—No tenía que dar algo que no me otorgaban —articulaba.
Tenía por delante una vida entera, no era necesario preocuparse, bastaba con sentarse a respirar y poner la mente en blanco. Él no era así, tenía miles de cosas metidas en la cabeza, diversas taras y salían como punzadas que se adentraban en su piel.
La calle dejaba de ser un lugar desierto, se convertía en un campo de atracciones voluble, el gentío que se podía ver era cada vez más estrambótico y extraño conforme se acercaba a la glorieta del lugar. En las esquinas y por la rotonda, había grupos de personas que hacían especies de guetos, separados cada uno por sus rarezas. La manera en la que estaba dispuesto el mundo era lo que impedía que estuviera pensando en lo que realmente le interesaba. Ese espectáculo conseguía distraerlo, hacía que saliera de su cuarto, permaneciera deambulando por el paseo y se sintiera expuesto a lo desconocido en ese universo trashumante.
Siguió fumando los treinta o cuarenta pasos que le duró el cigarrillo, mientras mantenía la misma dirección, no lograba pasar a limpio nada de lo que haría una vez que retornara al piso. En el momento que terminó de fumar, se le ocurrió algo sugestivo:
—Tal vez la creatividad se haya ido para no volver, quizá es un bien preciado que se debe cuidar y mimar al igual que la técnica. Son dos caras de la misma moneda, dos elementos que en lugar de separarse deben andar a la par —cogió un papel y comenzó a redactarlo.

Mitchel Ríos