Creatividad

Dirección encubierta

Sería el enésimo texto que planificaba bajo el mismo método, meter las construcciones ocultas para que su destinatario cogiera el mensaje, no era un lector ideal, no lo tenía. Cada escrito era una epístola que orlaba con florituras, quitándolas, desnudándolas, quedaba expuesto lo que realmente quería decir.
Esto se le ocurrió como un juego, al inicio una broma, luego, con el paso del tiempo, algo más serio y detallado, porque se dio cuenta de que colocar un mensaje encriptado dentro de una narración era un gran reto, un desafío al que le hizo frente.
Quería demostrar que estaba a la altura, que podía dar la talla y edificar un enorme rompecabezas, con una serie de andamiajes intrincados que se entrecruzaran e hicieran una red de ideas, entretejiéndose en tramas que se bifurcaran en los distintos sentidos que esperaba ofrecer.
Utilizó todos los instrumentos de los que disponía, aplicó la técnica que tenía en ciernes, funcionaba para su cometido, se zambulló en los folios blancos. Con una sensación de excitación y temor se centró en dar forma a todas las elucubraciones que surgían de su inventiva.
El mensaje era diáfano, encajado en una urdimbre de palabras que buscaban otorgar la impresión de haber sido elegidas al azar, puestas ahí sin un orden aparente, en una realización enrevesada, aderezaba con adornos innecesarios.
La forma era un disfraz, distinto para cada ocasión, elegido con el fin de engañar, de hacer que se perdiera el lector. Para lograr este cometido se devanó los sesos durante muchas noches, ¿cómo llegar a ese logro?, era sumamente complicado. Cuando se embarcó en la aventura de circunscribir frases aisladas para que fueran unidas, no tenía claro cual era la mejor manera, hacerlo exprofeso, como una especie de apunte aclaratorio, o basarse en lo que inicialmente pensó, colocar las oraciones al inicio, al medio y en el final, para que formaran palíndromos, de tal modo que el ojo experto tuviera al alcance esa pista.
Se le ocurrió hacerlo de este modo durante la época en la que coleccionaba revistas de pasatiempos. En ellas, en la penúltima cuartilla, venían imágenes ocultas, cuasi invisibles. Había indicaciones para descubrirlas, si no se tomaban el esfuerzo por descubrirlas era infructuoso.
A él no le gustaba seguir esas reglas, se consideraba lo suficientemente listo como para ir a su aire y, por intuición, conseguir saciar su curiosidad que, en este caso, era descubrir la imagen oculta, sin embargo, ese día descubrió que las normas tenían una razón de ser.
Con sus métodos no logró lo que deseaba, más bien, la ilustración se desfiguraba cada vez que volteaba la página. Desconsolado, por no haber podido saltarse las indicaciones, volvió sobre sus pasos y aplicó las pautas que se indicaban. Se sorprendió al comprobar que confiando en ellas podía descubrir la imagen oculta.
El truco era sencillo, se tenía que colocar la hoja a centímetros de los ojos e ir alejándola lentamente, así, como por arte de magia, surgían siluetas, era como si cobraran vida, parecía que salían de una jaula. Con ello se le abrió un universo entero, en poco tiempo le pilló el tranquillo, se volvió un maestro en el arte de ver imágenes en tres dimensiones. Las figuras se revelaban ante él, no podían permanecer camufladas, intentarlo era en vano.
Se sentía un artesano, un artista, elaborando con sus manos una filigrana que pronto sería comprendida, llegaría a ser leído por aquel al que iba dirigido.
No colocaría reglas, tampoco daría pistas, ya que al hacer eso, cometería la tontería de mostrar el camino a seguir, también implicaba dar todas las respuestas, desentrañar los entresijos de su elaboración. Esta no era la mejor forma de plantear un reto a su lector, su construcción tendría que estar oculta si quería trazar un desafío.
Este extraño cogería la idea, quizás lo contactaría, le explicaría como llegó a la conclusión de que el texto era para él. De repente utilizaría la forma de otra redacción para contárselo o, simplemente, lo buscaría, no obstante, esta opción le resultaba improbable, nadie en sus cinco sentidos iría a por una persona que no conocía de nada, solo por haber entendido la idea de un escrito.
Tras pensarlo llegó a la conclusión de que era una posibilidad, tendría que ponerse en la posición de lo que haría si era descubierto. ¿Debería tener clara su reacción ante un hecho así?, ¿se lo tomaría bien?, ¿se asustaría?, en el papel podía imaginarse miles de opciones, esperaba poder estar a la altura si esto sucediera, a pesar de considerar que era absurdo.
¿Cómo sería aquel que descifrara su acertijo?, fue una pregunta que retumbaba, implícitamente en cada mensaje que colocaba, no lo exteriorizaba.
Su desafío sería sumamente complicado, nadie lo percibiría, todos los que leyeran su texto se enfocarían en revisarlo como si se tratara de una redacción más, como un conjunto de signos que contaban una historia sencilla, llena de palabras que estaban colocadas ahí con el único fin de narrar lo que representaban.
Por eso él no diría lo que iba encubierto, planificaría como siempre su producción, era el texto… en el que aplicaba la misma fórmula. La llevaba repitiendo lo suficiente como para hacerlo de forma mecánica, ya no le costaba esfuerzo.
Su juego podía durar eternamente, mientras nadie lo descubriera, mientras todos pensaran que estaban delante de una realización sencilla, sin demasiadas pretensiones, sin muchas expectativas, con un sentido simple que era fácil de observar, de deducir, como otros tantos escritos que tenían la misma forma.
La primera vez le costó horrores redactarlo, aplicar el estilo que manejaba, unir los distintos párrafos. Con dificultad consiguió terminar el escrito, lo revisó, corrigió y publicó con la esperanza de que su ardid surtiera efecto, si estaba todo bien engarzado tendría el alcance que deseaba, lo soltó en la red como si fuera una misiva dentro de una botella, solo aquel para el que iba dirigido lo entendería.