Creatividad

Desvarío

Estaba aquí porque tenía que estar en algún lado, existía porque en el mundo debía haber de todo. Su memoria se veía cada vez más nublada, de acuerdo a la cantidad de bebida que consumía. Se encontraba en ese lugar, sin una razón clara, pensando en ficciones, en libros de arena, en crímenes y castigos. Todos lo miraban, ahí, en la soledad de una mesa, sin embargo, sus ideas iban más allá, le situaban en un mundo alejado, su naturaleza díscola se hacía presente, a pesar de cualquier duda, ese ambiente, ora calmo, ora iracundo, era susceptible de los avatares de la situación, huelga decir que, en una disposición tal, se veía supeditado al denuedo de sus ansias.
Cogió la copa, la miró por un momento, el líquido que contenía evocaba cientos de alusiones. En este punto comprendió que cualquier acción sería la proyección de otra, intertextualidad en algunos casos, para él, serían interacciones, no estaba convencido del uso de este término, pero veteaba su léxico de acuerdo a sus necesidades, además, acaso no dicen que el lenguaje es un ente vivo y, por lo tanto, mientras uno se entienda, es válida cualquier forma de uso. Estas interacciones, como las definía, eran esenciales en su etapa rudimentaria, sin embargo, tal estado pasaba, se olvidaba, quizás era verdad que las vivencias se aglomeraban y desembocaban en la experiencia, se autoconvencía de la funcionalidad de sus aforismos, producto de su soliloquio, fruto de esa náusea que lo cubría todo. Se sentía navegando en una barca; tocó uno de sus bolsillos y palpó unas monedas, su ansiedad se sosegó.
Todo sería parte de una befa, dejó la copa, eso sería el motivo de semejante sin sentido, miró a todos los lados; se fijaba en las parejas, viviendo, disfrutando de la compañía, como si les fuera a durar para siempre, sin ponerse a pensar en lo pasajero de este universo. El pesimismo se establecía, se anidaba, se enquistaba, sus entrañas se trazaban entorno a su fútil núcleo de herrumbre, ocasionado por el paso del tiempo.
—Mejor no rodearme con gente de ese tipo, son desgastantes.
—Ya te digo.
—Lo peor de todo, si es que hay algo peor (aunque lo dudo), es la necesidad de sentirse el centro del universo, siempre tienen que estar hablando de algo y si ese no es el caso, llevan la charla a sus dominios.
—No lo veo mal, uno siempre tiene que hablar de lo que maneja, no de las cosas que no sabe.
—A ver, eso no está mal, no lo critico.
—Por tu forma de expresarte suena como si fuese así.
—No has entendido nada de lo que quiero decir.
—Prefiero eso, a un garrulo.
—Me refiero a quien habla por hablar, ¿entiendes?, a esos que interrumpen en cualquier momento, solo con el fin de ser punto central, de ser quien articule el resto del diálogo.
—De esos hay muchos, nadie está libre de toparse con personajes así, sin embargo, a veces siento qué tú eres uno de esos, tal vez se cumple lo de odiar los defectos propios en los demás.
—No odio los defectos de nadie, simplemente me baso en las actitudes del resto.
—Actitudes, defectos, llámalo como quieras, pero parece como si tú fueras el que se siente opacado cuando pasa un hecho semejante.
—Si me interrumpieran para añadir argumentos de valor…
—Si comenzamos a entrar en el campo de las valoraciones, a mí me parece que todo argumento es respetable.
—Te refieres a una situación ideal, en donde todos los argumentos son válidos y tienen relación con lo que se está abordando.
—No pensé en un medio prototípico, sencillamente tenía en mente una conversación convencional.
—Veo que te van los convencionalismos.
No me gustaría sentarme a solas a tomar una copa, la gracia de salir es hacerlo en compañía, sino, no le veo razón de ser, en cualquier caso, prefiero estar aquí, a tu lado, mirarte, tocarte, reírme contigo, de otro modo, no. Estos lugares no me gustan, si me dieras a elegir, tal vez no elegiría uno como en el que estamos (no quiero decir que me disguste, pero tampoco me gusta como para regresar de nuevo), sé que el trato no es malo, siempre nos han atendido bien, pero ver las mismas caras, no sé tú, pero a mí me aburre, prefiero cosas nuevas, lugares nuevos, claro, todos a tu lado. Habrá clientes a los que les guste sentirse como en casa, a mí eso no me agrada, cuando entras a un sitio y presuponen lo que vas a pedir, es una señal para cambiar de local, la mucha constancia es causa de menosprecio, lo tengo presente.
—Cuanta profundidad, me sorprenden tus palabras.
—No deberían sorprenderte, solo expreso ideas que están dando vueltas, no soy de quedarme callado.
—Eres un ser profundo.
—No confundas profundidad con un discurso a medias. Lamentablemente lo que hoy digamos, será, con toda seguridad, olvidado.
—Recitas al hablar.
—No, solamente es una forma de ver el mundo, una de tantas.
—Me gusta, esa forma de ver el mundo, me gusta.
Cuanto más tiempo estaba ahí, más perdía la noción de todo, miraba sin ver, oía sin escuchar y se burlaba de todos, pero nadie se enteraba; solo él era consciente de lo anecdótico de ese periquete. Dentro del inmenso orbe sus sentimientos se ofuscaban, se nublaban, su rostro expresaba sensaciones encontradas y dudas, en su aislamiento comenzaba a sentirse en ese punto previo a la amnesia, producto del exceso. Nadie conseguiría entender sus cavilaciones, nadie, absolutamente nadie, eso era reconfortante, dentro de todo, era un ser especial, único, un unicornio azul perdido en sus devaneos.

Mitchel Ríos