Creatividad

De compras

Le gustaba comer galletas —de todos los sabores— de: vainilla, chocolate o coco —eran su debilidad— cuando iba al súper se preocupaba por llenar la bolsa.
Los primeros días del mes la gente se aglomeraba en las cajas, se podía pasar mucho tiempo esperando, no solo porque hubiera mucha gente, sino porque en algunas se realizaban pedidos grandes y eso impedía el flujo continuo de gente. De un tiempo a esta parte, era más peliagudo el asunto, habían realizado reformas, dividieron la zona de las bebidas de la del resto —era una pérdida de tiempo—, era obligatorio dirigirse a una taquilla, ubicada a la entrada del establecimiento, y esperar al encargado, este cogía las bolsas de la compra, colocaba un sello; daba el visto bueno para ir de un espacio a otro. La gente se quejaba, pero era en vano, los empleados dispuestos para informar no sabían dar más explicaciones que una simple excusa.
—Esta disposición es momentánea, todo cambiará dentro de poco.
En una de las cajas se encontraba un tipo —estaba a punto de pagar— realizaba la acción mecánica de ir metiendo las cosas de la compra mientras se las acercaba la chica de la caja. Pasó por el lado de una señora que estaba bloqueando la salida, con mucho cuidado para no chocarla, por la reacción de la sexagenaria parecía como si no le hubiera gustado. Él hizo el ademán de disculparse, pero no entendía razones, parecía que el asunto no se solucionaría, en ese momento hizo su aparición una chica joven —seguramente su hija—, dijo algunas palabras y todo se tranquilizó.
Las reformas serían diversas, quitarían la división que levantaron, todo volvería a ser un solo espacio; una de las medidas más radicales sería el cierre del área de charcutería.
Vivía en una zona céntrica, había diferentes supermercados alrededor de donde se ubicaba su piso.
—Es una de las ventajas de vivir en una zona así —pensaba.
Si le apetecía ir a comprar cualquier cosa podía hacerlo a cualquier hora, sin embargo, era asistente asiduo de uno o dos lugares —era un ser de costumbres—, la familiaridad que podía adquirir era un elemento invalorable, ver las mismas caras, sentir el trato afectuoso era algo que no tenía valor. Al inicio le costó acostumbrarse, no sabía cómo estaban dispuestos los productos, no sabía moverse en el recinto, tenía que estar preguntando constantemente la ubicación de los mismos, los precios; ahora se movía como si de su casa se tratara.
Había otro supermercado, uno ubicado a la salida de la estación del metro, a veces le apetecía comprar una barra de pan, antes de entrar miraba si había demasiada gente o poca, en ese lugar era común que la cola fuera larga —solo atendía una caja de las diez que había dispuestas para cobrar—, algo que le llamaba la atención era ver de forma continua caras nuevas, pensaba que eso se debía a la rotación del personal o a los sueldos bajos. Alguna vez conversando con un empleado le comentaba que el trato era pésimo, los obligaban a trabajar sin algunos beneficios, además, estaban siendo controlados, los administradores del comercio los tenían entre ceja y ceja, no les daban un espacio de tranquilidad, trabajar así era complicado, sumamente difícil, por eso la gente se retiraba. Opinaba que cambiar constantemente de personal era un despropósito, por eso si la compra era grande, no le importaba perder el tiempo en la cola, pero si sólo iba por una barra de pan tanteaba antes de ingresar, si veía a demasiada gente sus ánimos decaían y se dirigía directamente a su casa. Cerca había otra tienda en la que también vendían barras de pan, pero era común encontrarlas quemadas, parecía como si los panaderos pusieran el pan en el horno y se olvidaran de él, hasta que se acordaban y ya estaban echadas a perder —por lo menos para él—, una vez preguntó la razón de quemar tanto las barras y le respondieron que quemadas no estaban, simplemente estaban doradas, él respondió que estaban quemadas, pero no siguió con la discusión, no saldría nada bueno de ella.
Llegó a la conclusión de que el trabajo les importaba poco, tal vez porque no les gustaba, estaban agobiados, quizá debían ejercer otras funciones dentro del mercado y eso mermaba su desempeño, no podían centrarse en lo que verdaderamente importaba.
Mientras tanto las galletas que había cogido eran de las rellenas, tenía dos paquetes, además llevaba la barra de pan y salió, era su dotación requerira para llenar la alacena, cuando pagó pudo salir y se dirigió a su casa, esperaba llegar pronto, quería estar a solas con su postre favorito.

Mitchel Ríos