Creatividad

De aquí, todo es hacia abajo

¿El plástico tenía que echarse en el contenedor amarillo o azul? —se preguntó—, no era la primera vez que se le dificultaba recordar el color. La falta de costumbre era la causa de sus constantes olvidos; podía ser una mezcla de muchos factores, pero prefería poner como excusa el poco tiempo que llevaba haciéndolo.
Los depósitos se ubicaban al lado del teatro, cerca de un supermercado y de un par de bares. No muy lejos de ahí se encontraba una explanada en donde se reunían una serie de personas a beber, con el mal hábito de miccionar en donde la gente tiraba sus desechos, su descuido producía mal olor con el paso de las horas. Los vecinos se quejaban de sus guarrerías. No era posible que siempre sucediera lo mismo. El papel de las autoridades era nulo, era como si no se interesaran por el bienestar de sus ciudadanos, total, estaban enfocados en repartirse los puestos de mando y no en lo principal, sus electores.
Miró el charco que se formaba a causa de las noches de farra. Lo esquivó subiendo a la acera, pero no pudo hacer lo mismo con el mal olor. Llevaba una bolsa llena, era sorprendente la forma en la que se podían juntar desperdicios, eran los restos de un día, no quería imaginarse todo lo que se acumularía si no se acercaba, todos los días, a tirarlos. Con lo pequeño que era su apartamento no podía pasar una semana entera sin hacerlo —pensó—. El hábito surgió por la incomodidad que le ocasionaba tener bolsas almacenadas.
A veces, cuando algún vecino reclamaba, le argüían que no todo estaba en manos del ayuntamiento, también era cuestión de las personas, si eran sucios o no, era su problema. Él respondía diciendo que estaba bien eso, pero que perjudicaba al resto, no era posible vivir en esa podredumbre.
Cuando se mudara a un piso más grande ese orden le serviría de mucho; tendría su casa hecha un pincel, cada cosa en su sitio, sin que tuviera que hacer miles de malabares para encontrarle un rincón a un libro. No vivía en una ratonera, pero si le quitaba un metro cuadrado, se le acercaba. Dejando de lado esas disquisiciones, pensaba en lo bien que sentaba el ser menos apegado a los objetos, conseguía tirar con todo, sin ningún problema. Desde que escuchó la palabra reciclar no imaginó que la tendría presente todos los días.
Pero no podía perder la fe, en algún momento sus conciudadanos reaccionarían, se darían cuenta que cuidar lo que es de todos estaba bien, no obstante, eran duros de mollera, preferían pasar la tarde bebiendo y abstraerse de todo, encerrarse en su borrachera, pasar de la gente, de la sociedad, la calle era una fiesta mientras duraban los efectos del licor.
Si se ponía a pensar en los objetos de los que se había desprendido, varios, bien podían, haber sido conservados.
Era difícil de entender el ver a tanta gente repitiendo lo mismo todos los días, ¿de dónde sacaban el dinero?, era una pregunta que se hacía, a ese ritmo a él, le resultaría sumamente complicado poder mantener tal vicio.
Trataba de no romperse la cabeza.
En una oportunidad, mientras estaba cerca de los contenedores, notó una bolsa de papel a un lado, estaba demasiada pulcra, su primer impulso fue acercarse, cogerla y llevarla a casa; luego recordó una vez en la que vio como alguien se desprendía de unos libros. Durante un rato estuvo en pie viendo lo que pasaba, cuando trató de acercarse a verlos, una mujer que apareció de improviso le increpó que esos libros eran suyos, a pesar de la mentira no dijo nada, siguió; no valía la pena discutir por tonterías.
Olvidó al instante ese imprevisto, la culpa fue suya, no debió estar ahí de cotilla.
La convivencia era lo primordial.
Miró a todos lados, estaba solo, se acercó y vio que esa bolsa estaba llena de cedes, volvió a mirar y no había nadie, la cogió como si se tratará de una acción que le ocasionaba vergüenza, no era usual que hiciera algo así, pero en ese momento se decidió, la cogería y se iría a casa.
Cuando llegó, comenzó a revisar todo lo que había dentro, efectivamente era una colección de discos, había unos de música francesa, uno de un grupo catalán, de música árabe, a esto habría que añadirle una colección de ópera. Lo curioso de esta parte era que no hacía más de un mes estuvo en una presentación sobre este género musical.
Estaba bien organizada y le entregaron una audioguía, mostraban la forma en la que evolucionó y citaban a una serie de autores. Cada época estaba separada en diferentes áreas; se destacaba la forma en la que surgió cada una y cómo, gracias a la aparición de nuevos compositores, comenzó a enriquecerse. Al pasar de una sala a otra cambiaba la música, saltabas de una ópera de Paganini a una de Wagner, para terminar con el Nabucco de Verdi.
Sacó los discos, los ordenó y se topó con un vinilo de 45 revoluciones; era poco común encontrarlos, aunque de nuevo se estaban poniendo de moda; sin embargo, no contaba con un tocadiscos en casa, sería necesario conseguir uno de esos baratitos que vendían en Internet.
Los discos de 45 revoluciones le recordaban a los que había en casa cuando era niño; estaban colocados en cajas y, de vez en cuando, los sacaba para jugar con ellos, los esparcía por el suelo, pues en ese momento no sabía que contenían sonidos, para él eran simples objetos circulares que se parecían a los frisbis. A causa de sus juegos se ganó varias reprimendas, tenía que aprender a cuidar las cosas. En una ocasiíon rompió uno, lo pegó apresuradamente y lo volvió a colocar en su caja; para que nadie se diera cuenta, lo colocó al fondo de todo, esperaba que eso retardara el castigo. Cuando supo como utilizarlos en el tocadiscos, pasaba horas enteras reproduciéndolos, le causaba gracia que, a pesar de bajar el volumen, siguiera oyéndose el sonido de la canción, era como si la aguja tuviera un mini altavoz incorporado, la pregunta era, ¿en dónde?, de repente era microscópico —se respondió—. Fue así como su gusto por la música antigua se fue acrecentando, de tal modo que a la gente mayor le sorprendía su gusto por ese estilo de música, así se diferenciaba de sus compañeros, todos estaban con otros ritmos y el prefería lo antiguo.
El vinilo estaba al final de todo y en la cubierta tenía una serie de firmas, no tenían un nombre puntual al que se lo hubiesen dedicado, esa era buena señal, podría conservarlo y decir que se lo regalaron, incluso venía algo escrito: De aquí, todo es hacia abajo. Parecía una sentencia, un conjunto de palabras que golpeaban con fuerza; no daban pie para ser replicadas, por lo menos a él no se le ocurría nada.
Fue escrita por alguien que logró el triunfo y sabía que no tendría opción para superarse, tendría que vivir eternamente del pasado, pensando en lo que pudo haber sido.
Menuda frasecita —se dijo—, quizá era una chanza, un escrito para ser leído entre amigos y echarse unas risas, por ejemplo, podrían decirse: Recuerdas que decías que, de aquí, todo es hacia abajo. Pensabas que, tras el triunfo, lo demás era caer, qué poco confiabas en ti, lo importante es no quedarse con llegar a la meta, cada llegada es una partida.
—¿En serio?, pareces un libro de autoayuda.
—Jolines, no pensé sonar así, en fin, entonces seré un mal libro.
—Mejor deja la frase, así como está, no te líes demasiado.
—Ahora empezaras con que tu ideología es buena o mala, pero tuya.
—¿Estas citando una canción?
—No estoy seguro.
—Pareces aquellos que hablan en verso sin darse cuenta.
—Puede ser…
La frase daba para elucubrar cientos de historias, sondear cientos de posibilidades, tal vez los músicos hicieron una edición especial solo para los amigos y, así, dejar un documento para la posteridad. Si era tan valioso, ¿por qué deshacerse de él?, quizás le dieron el valor que se merecía —era una pregunta que no tenía respuesta— o el dueño lo perdió en una mudanza, suele suceder; no es extraño que durante el trayecto hacía el nuevo piso uno pierda objetos.
Nadie valora mejor nuestras cosas que uno mismo, para un extraño nuestras pertenencias no son más que basura, por lo menos eso pensaba, y ahora que encontró esos discos tirados se reafirmaba en su posición.
De aquí todo hacía abajo, podía ser las indicaciones para llegar a una dirección, podía ser cualquier cosa, no lo dejaba tranquilo esa sentencia, probablemente era una profecía, al llegar a la cima todo lo que resta es caer. Si se analizaba fríamente, era triste, lo mejor era llegar y mantenerse, solo así valía la pena pelear para conseguir ascender. No obstante, era consciente de que podían pasar miles de circunstancias y, en ese proceso, darse de bruces, porque la situación se volvía cada vez más dura e intrincada. Para no seguir en esa actividad improductiva, guardó el vinilo en la bolsa y la puso a buen recaudo, no quería que se dañara, lo mejor que podía hacer era conservarla; disfrutaría en algún momento de sus tesoros.

Mitchel Ríos