Creatividad

Curiosidad

Tenía el mismo rollo de siempre, se acercaba a cualquiera y comenzaba a soltar su perorata. Se jactaba de ser un lobo solitario, pero no cuadraba con esa apertura que demostraba —lo escuchaban por educación, qué doloroso le resultaría notar que a nadie le importaban sus cuentos.
No podía existir un ser tan perfecto, debe de ser un invento (no cabía duda), esa forma en la que habla solo puede ser parte de una ficción mal ideada. Si hubiera en el mundo alguien con la mitad del virtuosismo que describe, sería admirable… Sinceramente, no puede ser real, además, a eso le añade la manera en la que la conoció, sé de coincidencias, pero a ese extremo no, yo no me lo creo, a estas alturas, no puede ser posible, incluso (y esto es lo gracioso) tiene una canción que le ha dedicado: My cherie amour, no sé de quién será, pero seguro que es lo más meloso que se puede escuchar; no tengo demasiado aprecio por sus gustos musicales, sin embargo, siempre escucha lo mismo, es demasiado repetitivo. Creo, y no sé sí decírselo, que solo conoce un par de canciones, a las que les saca lustre, no cabe duda, se monta historias que cualquiera envidiaría.
Últimamente se le ha dado por escribir, imprimió unas hojas y las repartió a todos los colegas del campus (se considera escritor), solo hubo uno al que no le dio una copia. Ese hecho me intrigó, por eso, mientras seguía en su propósito, me acerqué al que no fue agraciado con un ejemplar y le pregunté la razón del desplante. Este respondió que solo leía a escritores muertos, me van más los clásicos, no la literatura light —arguyó—. Sus palabras estaban motivadas por ese gesto, por lo tanto, solo eran una excusa. Seguí inquiriendo, a regañadientes me contó que en una ocasión (unos meses atrás), mi amigo le mostró uno de sus escritos y le pidió una opinión, este desconocido (haciendo de crítico) se fijó en minucias y le hizo saber que poner el nombre de una caricatura, como parte de la narración, le resultaba demasiado infantil, sumado a otros errores. Qué cojones pinta ese personaje ahí, pierde credibilidad, no pude hacer otra cosa que decirle la verdad. Esa forma de escribir iba en su línea de ser un autor realista, como tal, debía plasmar todo lo que veía en palabras. Por lo visto esas correcciones no las recibió de la mejor forma… No puede esperar que todo sean loas.
Le sobró uno de sus textos y se lo entregó a su profesor, este le dijo, ya que me regalas un original, ponle una firma. Se infló su ego, le vi el gesto en la cara. Quizá tenía esperanzas de que cuando estuviera lista para ser encuadernada le escribiera un prólogo del estilo: Cuando recibí, por primera vez, esas hojas supe que estaba delante de una obra magnífica, única, que tal vez —y no quiero pecar de optimista— cambie nuestro panorama de…, luego añadiría las típicas frases para hacerle la pelota, me da gusto…, espero la pronta repercusión. Eran mis suposiciones, pero estaba ahí viendo como se le iluminaba el rostro, después de dar varios folletines alguien le pedía que se lo firmara. Si hubiera sido posible, habría festejado, pero quería guardar la compostura. Se imaginaba que ese sería el primer autógrafo de muchos. Seguí con mis tareas, pero de reojo no perdí de vista la escena, era interesante, pues me percaté de que, técnicamente, el maestro le hacía una sutil broma. Por un instante pensé en levantarme de mi sitio y decirle: ¿no te das cuenta que está burlándose de ti?, te está tomando el pelo… Sin embargo, no podía hacerlo, ese momento era suyo y si no se percataba era su problema.
A veces, cuando me venía a contar sus historias, me daban ganas de decirle, no me interesa tu cháchara, tu vida es interesante, sin embargo, en este momento (ahora) no estoy para prestar atención a nadie, tus intenciones son buenas, quieres que todo el mundo sepa de tu…, pero este no es el lugar, hoy no me apetece…, simplemente eso, luego pensaba en que sonarían demasiado fuerte, lo haría sentir mal, malditos convencionalismos sociales, debería ser libre de decir lo que pienso… no puedo ser borde.
A veces, olvidaba algunas partes de sus historias, yo, para echarme unas risas, se las recordaba, cuando estaba a la mitad de su narración le soltaba, pero si habías dicho que era en…, no te estarás quedando conmigo, en ese momento salía su vena correctora, lo sabía, me estaba equivocando a posta, solo para ver si prestas atención. Hablar por hablar no tiene gracia.
Viéndolo tan receptivo le haría un comentario: me parece que la persona de la que hablas no existe, no crees que tus ficciones te están jugando una mala pasada, me explico, fantaseas tanto que has perdido el sentido de la realidad, esas cosas pueden pasar —imagino—, ¿no es uno de tus personajes?
Esto quedaría en nada, no me animaría, a mí me molestaría que me dijeran que fantaseaba o que todo lo que decía era una invención, por eso seguí escuchando, recalcándole que en algunas oportunidades alteraba el relato, no sé sí maliciosamente obviaba partes y añadía otras, el tiempo transcurría…

Mitchel Ríos