Creatividad

Cuestión de compromiso

Le faltaba solo un estribillo más para terminar de aprenderse, por completo, la canción. Llevaba varias semanas haciendo el ejercicio, de esa manera conseguiría memorizarla aprovechando sus paseos. Cualquiera se preguntaría: ¿qué costaba escribirla en un papel?, pero a ella no le iba eso, usar productos hechos a base de árboles mutilados era un desastre. Le iba la onda ambientalista, cuantos menos productos contaminantes consumiera, menos basura acumularía, era su forma de hacer de este mundo, uno mejor; esperaba que toda esa buena voluntad fuera un legado para las generaciones futuras.
No era una obsesa, simplemente trataba de ser consecuente con sus ideas. A menudo en el supermercado se enfadaba al ver a los clientes hacer uso de los envases y bolsas de plástico de forma indiscriminada. Con lo fácil que era ir con un envase de vidrio y una bolsa de papel a la compra —se decía—. No era complicado conseguirlos, con ir a uno de los grandes almacenes, no hace mucho inaugurados, a las afueras, bastaba. Tal vez, la pega era que se situaban a desmano, en los nuevos ensanches de la ciudad.
Construir bloques de apartamentos lejos de la ciudad, en una época, se veía como la solución definitiva a la falta de vivienda. El estado invertiría en ladrillo, era una gran noticia, este gesto abarataría los alquileres, así como daría la posibilidad de comprar pisos a precios razonables. A esas ventajas se le sumaba el vivir en una zona libre de contaminación. A pesar de las buenas intenciones, como suele suceder en este lugar, pronto comenzaron a hacerse menos asequibles los precios.
Aparecieron los especuladores, compraron indiscriminadamente pisos gracias a estar conchabados con las autoridades locales, eso les permitía zurrarse en las normas y transformar algo bueno en un tinglado un tinglado perverso. Esto demostraba, de forma clara, que las buenas intenciones no servían de nada si se tenía a incompetentes en puestos de mando.
Los ciudadanos no estaban seguros si el encargado de llevar las riendas del ayuntamiento era un incapaz o un simple fantoche, cumpliendo a cabalidad su papel para quedar bien con la gente de su partido.
Durante las elecciones su organización demostró que podía poner a quien quisiera en el gobierno, daba igual así fuera un mindundi o un excelso personaje: La gente solo vota por las siglas —afirmaban—. En cierto modo no estaban equivocados, a pesar de sus escándalos seguían consiguiendo la confianza de los votantes, era como si les siguieran eligiendo por inercia.
El vulgo no se preocupaba por analizar los planes de gobierno —de eso se aprovechaban—, en sus mítines hablaban de cualquier cosa menos de lo importante, su hoja de ruta. Durante los debates se dedicaban a despotricar del contrincante, echándole en cara los problemas que aquejaban al país, parecía una carnicería y no un espacio en donde se debían escuchar las soluciones a poner en práctica al concluir el proceso electoral.
El candidato se llenaba la boca hablando del cambio, cambio por aquí, cambio por allá, cuando no tenía nada que decir volvía a por el cambio, menuda muletilla bien aprendida tenía o en su defecto se autodenominaba un nacionalista y gritaba por… llenando su pecho de orgullo, como si fuera más de ese sitio por gritarlo. Cuando aparecía en televisión al entrevistador le faltaba un poco de pericia; obviaba preguntarle: ¿cómo era posible hablar del cambio si ellos eran los gobernantes en la actualidad, esa era una pregunta que retumbaba por todas partes, pese a ello no era formulada, por el contrario, el periodista prefería preguntar sobre si sus próximas vacaciones serían en Nueva York o en Dubái.
Los encargados de su campaña redactaban discursos para engatusar a los más despistados y para inflar el ego de los arribistas. Lamentablemente eran mayoría.
Sus conciudadanos no eran tontos; sí un poco vagos. Muchos, tal vez, iban enfadados a votar porque lo hacían por obligación y no por convicción, si dejaban de participar eran castigados con multas, en el mejor de los casos, o con la muerte civil, en el peor, por eso, en ese momento, pensaban en joder al resto —en ese lapso pensó en esa frase: el que no se jode termina jodiendo a los demás—.
Yo no leo planecitos gubernamentales llenos de literatura. No sirve de nada, no estoy para perder el tiempo, la filosofía no gobierna, gobiernan las personas y yo voto por ellas, no por sus escritos. Ya estoy viejo como para dejarme engañar —le dijo un amigo.
Era una broma de mal gusto burlarse de la integridad de muchas personas. Muchos, a causa de esos sinsabores, comenzaron a dudar de la validez del voto universal: En un país en donde se puede comprar todo, también era posible la compra de voluntades. Si vamos más allá, podemos dudar hasta de la democracia, pero —amigos míos— por más que pienso en una alternativa, no la encuentro, mil veces prefiero elegir a mis gobernantes, si renegamos de nuestro sistema solo nos quedaría la autocracia… ese no es el camino. Cierto es que los no demócratas se valen de nuestro juego para ingresar en las instituciones. Les llamo no demócratas porque no hacen elecciones internas en sus partidos, sus candidatos son elegidos a dedo o, en su defecto, por los aportes económicos (no sobornos) realizados.
Tal vez, el estar abierto a todos sea el mayor defecto de nuestros plebiscitos, por eso casi siempre se cuelan ranas y efectúan estropicios —recalcaba un programa de radio sin oyentes.
La enarbolada autoridad decía barrabasadas cuando le ponían un micrófono delante, muchos lo hilvanaban con su incapacidad, con ello conseguía desviar la atención del público, al final, todos hablaban de sus despropósitos y dejaban de lado lo importante.
El ensanche cambiaba constantemente, eso lo notaba cuando iba al centro comercial. La primera vez había un edificio, la siguiente dos y así, paulatinamente, iba llenándose de construcciones edificadas por los que se apropiaron del lugar; no podía afirmarlo, al ser una ciudadana de a pie carecía de las pruebas, únicamente podía protestar o comentarlo con sus conocidos, si pensaba hacer algo más, como denunciar a los implicados, por ejemplo; al no poseer documentos oficiales para acreditar su versión, podía verse envuelta en un proceso de donde no saldría bien parada.
Esos grandes almacenes quedaban a desmano —era cierto—, solo era cuestión de decidirse, era necesario hacerlo por el bien del medio ambiente y por fla salud de los demás, aunque algunos argumentaran que nadie se había muerto por la contaminación.
De camino a la escuela y de regreso a casa escuchaba la canción, la iba tarareando, era verdad, no la podía memorizar de golpe, pero ese era un compromiso adquirido con sus semejantes, aunque nadie se lo reconociera, se sentía orgullosa de no haber tomado el camino fácil, eligió uno largo… valía la pena…

Mitchel Ríos