Creatividad

Creación disidente

Cuando redactaba se sentía dueño de la situación, podía elaborar cualquier escrito, se sentía confiado, en especial en lo referente a narrar, consideraba que durante el tiempo que estaba sentado delante del portátil contaba con la ayuda de su gran creación: su narrador.
Fue un proceso arduo, no surgió de improviso. Al inicio, cuando no lo había pulido todavía, la fuerza de alguna de sus realizaciones no se hacía patente, narraba por narrar, basándose en elaboraciones vacías, huecas, sin sustancia, necesitadas de una bitácora que le indicara por qué derroteros continuar.
La voz que elegía, muchas veces, para ser utilizada por su creatura, era clara, iba directamente al meollo del asunto, su leitmotiv, en ocasiones, era repetitivo y cuando se encontraba con algún escollo, lo resolvía con la fluidez de su técnica. Se movía con elasticidad en el mundo simbólico, hasta el punto de sorprenderse, más de una vez, por la calidad de sus producciones.
De este modo salía airoso cada vez que se proponía escribir, cada vez que se sentaba a enfrentarse con la hoja en blanco, se olvidaba de todo y lo dejaba en manos de su artificio.
Su maleabilidad era una de las características que más sobresalía, se podía adaptar a cualquier escenario, solo bastaba con darle una idea y este echaba a andar. También sabía cómo ordenar lo que acontecía durante la elaboración de la ficción, le daba toques realistas, toques que se inspiraban en lo que sucedía en las calles, en las anécdotas que observaba en su día a día, cogía esas partes y generaba creaciones de altura.
Le daba igual el tema a tratar, era versátil a la hora de teclear.
A veces, era necesario que trabajara dentro de unos parámetros determinados, en ese caso era más difícil hacerlo, no podía dar rienda suelta a sus licencias creadoras, no podía ir por libre, era necesario llevarse por unas pautas, tenía que regirse por la forma, no obstante, este no era un problema, se adaptaba a las circunstancias y eso era lo importante.
A menudo escribía por las noches, tras terminar de trabajar, cuando no tenía cosas pendientes, cuando se sentía despejado, en pocas palabras, lo hacía cuando podía, no cuando quería. En tal contexto, era común que se estuviera cayendo de sueño, comenzaba con entusiasmo, pero, poco a poco, conforme pasaba el tiempo se iba apagando, de tal modo que al Morfeo se alzaba y él caía en sus brazos.
Tenía la costumbre de revisar al día siguiente, cuando se levantaba, lo que había escrito, en ese momento releía cada línea, al hacerlo se podía dar cuenta si valía o no lo producido, cuando notaba que el tema abordado no estaba bien desarrollado, lo borraba, sin embargo —recordaba—, esto sucedía al inicio, ahora, con más experiencia, podía salir airoso y casi nunca desechaba lo que escribía, esto era un gran logro, pues no invertía tiempo en una afición baladí.
Un día, se quedó hasta las tantas, serían las dos de la mañana, minuto más, minuto menos. Observaba la hora, no había escrito lo que tenía en mente, estaba dando vueltas a tonterías, perdiendo el tiempo y no centrado en lo que debía, al ver que no iba a ningún lado, cedió ante la insistencia del Dios del sueño, se durmió.
Al levantarse, se lamentó por no haber concluido su redacción, le dedicaría algún rato libre en la oficina, era importante cumplir con su producción, como sea debía sacar algo.
Cogió el ordenador, lo guardó y se dirigió a trabajar, esperaba llegar cuanto antes, lo más temprano posible y así dedicarle un tiempo prudente a concluir su texto.
Una vez en la oficina encendió su portátil y se dirigió a la carpeta en la que solía guardar lo que escribía, abrió el archivo guardado y empezó a analizarlo. Como presentía, el inicio era bastante flojo, sin embargo, mientras avanzaba la lectura, comenzó a sentir que iba mejorando, en especial en aquellas partes en las que no recordaba haber intervenido, ¿cómo era posible?, ¿en qué momento se produjo?, consideró que todo el tiempo, desde que concluyó la última línea que recordaba haber escrito, estaba dormido, ni siquiera había soñado que escribía, por buscar alguna respuesta.
Tras devanarse los sesos, cayó en algo que saltaba a la vista, ¿y sí su narrador tomó su lugar?, esto no podía ser posible —se respondió— porque era una creación suya que existía en tanto escribiera y no era un ente que pudiera desenvolverse de forma independiente.
En ocasiones, cuando leía un libro y se quedaba dormido, soñaba con él, vivía las aventuras que relataba, tomaba el lugar del héroe de la historia.
Siguió con el análisis de lo que estaba escrito en la hoja hecha a partir de lenguaje binario, si bien, continuaba la idea que él había iniciado, se distanciaba en su tesis, como si hubiera surgido a partir de un planteamiento independiente, ¿sería sonámbulo?
Con las dudas que tenía, concluyó la lectura, se dio cuenta de que no había mucho para corregir, no sería necesario invertir demasiado tiempo, bastaba con dar una vuelta a la redacción, en especial al párrafo que recordaba.
¿Cómo fue posible algo así? ¿Sucedería más veces?, ¿tendría un alter ego que tomaba su lugar cuando estaba cansado?, se habrían muchas posibilidades, cada cual más descabellada, ¿y sí en algún momento no solo tomaba el control para escribir, sino, también, para hacer más cosas?
Esto último le hizo sentir un escalofrío extraño, no se lo podía explicar, era una situación difícil de digerir, más aún cuando comprendió que él, en cierto modo, no había hecho el texto, sino otro había tomado su lugar, tomó el control e hizo lo que quiso.
Dejó de hacerse pajas mentales, dejó de pensar en esa dualidad de la que formaba parte, mientras siguiera produciendo, daba igual quien interviniera, no obstante, tendría que llegar a un punto intermedio, un acuerdo que fuera beneficioso para ambos.