Creatividad

Con libertad

Gracias a las redes sociales podía contactar con cualquier persona, solo bastaba con tener la voluntad, no requería mucho esfuerzo, simplemente se necesitaba tener suficiente confianza para ser directo en lo que se quería decir. Además, no tenía que caer en detalles (innecesarios), ya que, como es usual, cualquier remitente intenta apelar a los sentimientos del destinatario, narrando los pormenores de su contexto, pero con tantas palabras su lector perdería interés, de ese modo sería mejor que se decantara por ser conciso.
Desde hacía varios días pensó en escribirle, algo así como: Me gusta tu labor, eres de lo mejor que leo en estos lares, sabes cómo hacer frente a tanto tonto que quiere molestarte. También quería explicarle a qué se dedicaba, darle algunas pinceladas de su actividad, dentro de todo su interés no era solo saludar.
Quería impactar con algo más que un simple saludo, con un alegato que dejara sin palabras a su interlocutor, en esa tesitura olvidaba que tenía un número limitado de caracteres, no podía extenderse demasiado, tendría que ir al grano.
Estas limitaciones lo echaban para atrás, cada vez que escribía un par de líneas y estaba a punto de enviarlas, las borraba. La inseguridad de estar delante de un momento único e irrepetible le generaba dudas, de tal modo que se interrogaba sobre la validez de sus postulados.
Sería más difícil, no solo bastaba con tener la disposición para dirigirse a alguien, sino, también, en la profundidad de lo que plasmaría, no podría utilizar esa única bala en un mensaje baladí. Esa imagen se posó en su mente, mejor imaginar como un último respiro o algo así, una imagen menos violenta.
Sentía su libertad de expresión limitada ¿a quién se le habría ocurrido?, ¿cuánto no se dejaría de escribir a causa de esas limitaciones? —se dijo—, no era difícil colegir que una mano oscura se encargó de mermar el campo para expresarse, era cuestión de los tiempos, de las nuevas formas de comunicarse (aunque no se comunicaban como deberían).
Si por él fuera, permitiría mensajes ilimitados, en esta época pensar en mensajes como si fueran telegramas era decimonónico. La gente debería tener la posibilidad de decir todo lo que quisiera, sin tener un ente que le dijera cuánto podía escribir, por eso mismo —elucubró—, los mensajes modernos eran vacíos, sonaban a simples bosquejos de comunicación, a simples intenciones comunicativas que no llegaban a nada.
En tal tesitura, no pudo descifrar el modo en el que podría resumir todo lo que pensaba poner, dio giros y no consiguió dar con la solución, ¿por qué sería tan difícil? —se preguntó—, si, usualmente, cuando uno se sienta a escribir no es complicado, solo se hilan ideas y se las conjuga en el papel. El problema (y quizás ahí estaba acertado), era que nunca se había dirigido a alguien de ese calibre, alguien que podía darle un impulso o condenarlo al olvido.
No perdía nada con escribir un simple mensaje, pero opinaba que era algo más complejo. No era solo dirigirse a ese personaje, era algo más, porque si hubiera sido otro con ponerle un hola, bastaba.
Pasó todo el día pensando, se había vuelto monotemático, no tenía ojos para otra cosa, estaba decidido a comunicarse, sería ese día, sí o sí. Lo haría durante la noche. Tras regresar del trabajo se sentaría delante del ordenador y digitaría el mensaje, luego, lo dejaría en manos de la suerte.
Cuando se sentó a redactarlo cayó en las mismas dudas del inicio, ¿qué poner?, ¿cómo expresar su sentir?, este entrampamiento lo estaba agotando, normalmente no sería tan difícil, pero al pensar en esto se dio cuenta que estaba redundando.
Volvió sobre sus pasos varias veces, cada vez que creía haber llegado a buen puerto, sus ímpetus se esfumaban, todo lo que escribía le parecía fatal, era un problema enorme. Al final se decidió por escribir… lo demás vendría por sí solo, sin forzar, no era el mensaje que pensó escribir al inicio, pero era un buen inicio, lleno de citas y centrado en destacar, este solo se centró en saludar y esperó…