Creatividad

Como suele suceder

La situación era apremiante, las labores reiteradas desembocaban en rutina, sus ideas interiorizadas supeditaban sus manías, ¿acaso un viraje sería necesario?, quizás en el tratamiento de la palabra estaba la solución, podría destrabar y dar alivio a las contrariedades, sus dudas, idas, venidas, nada fuera de lo común.
La primera vez no encontró la oficina correcta, pasó unos diez minutos buscándola. Subió por una escalera, llegó a un mostrador, saludó al recepcionista. Sonreía, le señaló uno de los ascensores… debería dirigirse al siguiente piso, estaba en el primero, buscada el segundo.
La novedad lo inquietaba. Su intención era ser distinto, cualquier paliativo sería de auxilio, a pesar de las incertidumbres, a pesar del ámbito.
Entró con cierto temor, se cerraron las puertas, se inició el ascenso, lo atendió una chica bajita, se presentó como la encargada, le señaló un sillón negro. Puede tomar asiento —le dijo—, hizo caso, se sentó y cogió uno de los diarios que se encontraban encima de una mesita cercana. Durante la espera se dedicó a revisar los periódicos, se acomodó, cruzó las piernas, revisó con atención las noticias. No había nada destacado, la similitud de la información de un día a otro, era asombrosa. Los reportajes parecían calcados, el estilo de redacción era único, al parecer encontraron una forma de vender la burra y la repetían sin cesar.
Al levantarse por la mañana, después de inspeccionar su cuerpo, decidió ir caminando. Para reafirmar su decisión buscó argumentos a favor: Caminar le viene bien al estado físico, el ejercicio da beneficios, por otra parte, ir en metro era movilizarse como topo, desplazarse así le hacía perderse buenas vistas de la ciudad. Sino fuera porque era más rápido, nadie lo usaría —pensaba—.
En ciertas ocasiones en la estación se manifestaba la ausencia de aire fresco a pesar de los grandes ventiladores. No funcionaban en todo momento, solían detenerse, de eso se dio cuenta mientras miraba el techo; incluso escuchó la conversación de unos entendidos en la materia.
No era cotilla, pero gritaban al hablar —todos alrededor se enteraban—. Un tipo le indicaba a una chica sobre algunas tomas de aire, al parecer quería demostrar que tenía conocimientos sobre esos dispositivos. Son más útiles de lo que se puede pensar; permiten hacer entrar y salir el aire —a eso le añadió los términos pozo de impulsión y de extracción—.
En ese momento comenzó a temblar el suelo, dejó de prestar atención a la charla, ese pequeño temblor le recordaba a su hogar; se retrotraía a un tiempo lejano, ahora se consideraba un desarraigado, dejó de pensar, estaba bien así —soltó un suspiro—, se acercó al andén, se detuvo en la línea amarilla, el vehículo disminuyó la velocidad.
Las paradas más profundas eran agobiantes, tenían el techo bajo, solo bastaba estirar el brazo para tocarlo, luego se dirigía a un camino estrecho. Al inicio esa vía se le hacía sumamente larga. Una vez por curiosidad midió el tiempo que demoraba recorriendo ese camino estrecho, podía invertir veinte minutos de su vida en concluir el trayecto. Con el paso de los días, al transitarlo varias veces, dejó de parecerle tan extenso.
La caminata fue como otras tantas, cruzó por varios senderos, cambió de calles varias veces; hasta llegar a un cruce en donde se ubicaba uno de los llamados semáforos inteligentes.
Emitían una señal acústica, también en una pantalla mostraban el intervalo del que se disponía para cruzar de acera, esto permitía medir el ritmo de las pisadas, deambuló por el paseo. Siguió en línea recta debajo de varios árboles, se acercó a una fuente, vio a varias personas sentadas en los bancos, también avistó unas casetas del ministerio de turismo. En cada una se mostraban las bondades de distintas comunidades, se acercó a una para coger publicidad, pero no estaban atendiendo, siguió de largo hasta llegar a la plaza central, en ella había un grupo de ciclistas, todos iban desnudos, una nueva moda, como tantas que aparecen de vez en cuando.
Llegó a la avenida que le habían indicado, tuvo que subir un par de bloques más, se topó con el edificio, entró con dudas.
Las noticias no variaban, se veían similares, muchos de los artículos no pasaban de las doscientas palabras, la mayoría de esos textos eran sensacionalistas. Estaba pasando las hojas cuando apareció alguien preguntando por él, se levantó, saludó y lo llevaron a un apartado.
—¿Fue fácil encontrar el despacho?
—Sí, quizá lo complicado fue dar con el piso, por lo demás el resto fue sencillo.
—¿Sabes a lo que vienes?

Mitchel Ríos