Creatividad

Como Dios manda

Solía sentarse en los últimos asientos, desde ahí se tenía una buena vista y era la mejor forma de admirar el histrionismo de aquel chico. Uno quedaba alucinado por su forma de contar las historias, les daba tal realce a sus descripciones que daba la impresión de estar viviéndolas en ese momento. Los movimientos de manos, los gestos; era una representación teatral muy digna.
Las prácticas en clase consistían en presentar trabajos escritos, luego, una evaluación y, si no se cumplían esos requisitos, terminaban dando una lección oral. La última opción para aprobar era la más difícil de todas, te podían preguntar cualquier cosa, era una moneda al aire. A veces creíamos que estaba planificado de ese modo para ponernos en aprietos.
La profesora habitualmente tenía buena cara, bromeaba con nosotros, por eso nos confiábamos —confundíamos el buen trato con amistad—. Nos parecía el curso más sencillo del currículo, hasta el momento en que se iniciaban las evaluaciones, en ese contexto el ambiente cordial se tornaba tenso, nos preocupábamos —era estresante—, dejábamos de lado las risas y el buen rollo, nuestras caras lo decían todo, eran un poema.
Nuestro centro de estudios era de corte religioso, antes de empezar las clases nos hacían formar en hileras, del más bajo al más alto. En época de evaluaciones la gran mayoría se inquietaba en la fila. El asistente del director era el encargado de velar por el orden. Los lunes teníamos que seguir ese rito, el director se encargaba de dar el visto bueno, elegía a un alumno y le encargaba la misión de decir algunas palabras antes de iniciar las oraciones. Muchas veces era un coñazo, pero era obligatorio estar de pie, algunas veces apetecía sentarse en el suelo, pero, si se hacía eso, inmediatamente el encargado apartaba al estudiante y lo castigaba. Algunos chicos llegaban tarde a propósito, de esa forma evitaban ese trance. Otros se divertían, se tomaban en broma la seriedad del ambiente, era necesario verle el lado bueno a esa ceremonia. Muchos padres comentaban que, si bien la formación académica no era la mejor, por lo menos sus hijos aprendían a rezar.
Su afirmación era cierta, a fuerza de repetir esas fórmulas, terminábamos sabiéndolas al dedillo, podíamos tener carencias en otros aspectos —era verdad—, pero en religión éramos unos campeones, esto nos hacía sentir orgullosos. En las competiciones en las que representábamos al colegio, nos ufanábamos de esa superioridad, en cuestión de fe nadie nos ganaba, por lo tanto, el altísimo estaba de nuestro lado, teníamos el torneo ganado, nadie nos haría frente.
El encargado de hacernos orar hacía un esfuerzo sobrehumano para no olvidar las invocaciones, si se equivocaba el director se encargaba de amonestarlo. Una vez terminado el protocolo, nos dejaban ir al aula.
El último lunes de cada mes debían presentar las redacciones, la maestra lo indicaba al inicio del dictado de clases, pero nadie se tomaba en serio el asunto, total, faltaba mucho para ese día. Al final, pasaba lo de siempre, pocos cumplían, se les venía el tiempo encima, algunos lloraban desesperados, pensaban que con lágrimas las cosas se solucionarían. La profesora no era mala, simplemente se ceñía a su cronograma, si no aprendían a ser responsables, lo pasarían mal. Pero, para su salvación, aquella vez dio luz verde para no presentar la redacción por escrito, les concedió la opción de contar una historia.
Teníamos que empezar a dar la lección de forma ordenada, de acuerdo a la lista que tenía la maestra, yo sería uno de los últimos, por suerte la letra de mi primer apellido ocupaba un espacio al final del abecedario, eso me ayudaba, podría recordar una y declamarla.
Lo usual era tomarlo como el tonto del aula, pero cuando ejecutó su actuación, sorprendió a todos gratamente. Al terminar fue aplaudido, todos se pusieron de acuerdo para solicitar una nueva oportunidad y así, conseguir aprobar el curso.
El muchacho guardó silencio, ninguno diría que había dado un gran espectáculo. No se tenía la certeza de lo que pensaba, no se caracterizaba por ser aplicado en los estudios, su mirada estaba centrada en otros quehaceres. Casi nunca cumplía con las tareas, tampoco presentaba los trabajos, la escuela no era lo suyo, se notaba que asistía a estudiar por obligación.
La profesora tomó a bien hacer caso al grupo, esa unidad que demostraron los alumnos la hizo sentir reconfortada, parecían un puño. Estaba decidida a darle otra oportunidad al compañero, pero tendría que poner de su parte. Confiaban en que sabría aprovechar esa oportunidad, cumpliría con los deberes, de esa forma demostraría que no fue una mala idea. Sin embargo, quedaría entre esas cuatro paredes, no se podía saber nada fuera del aula —les advirtió—.

Mitchel Ríos