Creatividad

Cenotafio

Le puso los tornillos con mucho cuidado; trató de que pareciera un artefacto nuevo, casi impoluto. Limpió la carcasa, se diría que hasta la pulió, su objetivo se centraba en no dar pie a que dudarán de su trabajo.
Lo que debería ser un día rutinario, en el que todo saliera como de costumbre, con normalidad, sin problemas, se fue torciendo poco a poco, ¿qué podía pasar de especial en una jornada cualquiera?, no era una particular —cómo en la película—.
El trabajo consistía en desmontar un portátil, limpiar cuidadosamente las piezas, cambiar el disco interno, reemplazar la RAM, nada del otro mundo, en una semana normal podía repetir el mismo trabajo varias veces, llegando a diez o quince.
Al inicio, cuando comenzó a dedicarse a esa actividad, todo le alteraba, no se animaba a tocar un tornillo sin revisar cientos de veces los pros y los contras; la sensación que lo invadía era tal, que le temblaban las manos, lo cual complicaba todo, ¿cómo se podía trabajar con tan mal pulso? Con el tiempo consiguió matizar sus nervios. No le quedaba otra opción, si se iba a dedicar a eso tenía que ser capaz de currar bajo cualquier tipo de presión, no podía dar la excusa de que se sentía mal, además, ¿qué podrían pensar de él?
No fue fácil conseguir la maña suficiente para salir airoso ante las peores pruebas, para su buena suerte, casi siempre se repetían los problemas, o era una cuestión de circuitos integrados, o un problema de cables sueltos. En uno de sus casos más peliagudos, fue necesario buscar por todas partes el problema, al final la solución consistió en ajustar un pequeño soporte que estaba suelto, pasó desapercibido a su inspección porque estaba oculto bajo una cinta, después de eso, todo siguió normal. Cuando no conseguía arrancar el sistema, le dolía la cabeza, no se lo decía a nadie, mas, en circunstancias así se encomendaba a quien fuera posible para salir airoso, no era creyente, era un descreído de todo.
No le gustaba confiarse, consideraba que hacerlo traería malos resultados, tener presente la incertidumbre de que las cosas no salieran de la mejor forma —aunque por dentro supiera que nada malo pasaría—, era una inyección de motivación, era como una forma de recordarse que debía seguir considerando que no era tan bueno en lo que hacía, si comenzaba a pensar lo contrario, inflaría su ego; todo iría en picado.
Una jornada nada particular, monótona quizás. Con el paso de los años, trabajando en el mismo lugar, las motivaciones, las ansias de ser mejor se habían estancado, se acomodó en su posición y eso es lo peor que le pudo pasar, ver su vida estancarse y no hacer nada por conseguir enrumbarla. En cierto modo el trabajo le daba sentido a todo, tenía un lugar fijo al cual ir todos los días. Se sentaba en el mismo sitio, preparaba todo para abrir el taller, no tenía demasiada ciencia, los trastos tirados por todas partes en el almacén trasero, era la cara oculta que no percibían los clientes.
La mayoría de gente que trabajaba en ese lugar era celosa con sus revisiones, cada tanto se enfadaban porque alguno se entrometía en el trabajo del otro. Los encargados sostenían que daba igual quien terminara la obra, lo esencial —argüían— era dar un servicio eficaz. Al inicio perdía el tiempo explicando su posición, pero pasados los años le comenzó a dar igual, pasaba de todo, cumplía con lo que le pedían sin decir nada en contra, hacerlo no servía de nada, no valía la pena desgastarse —lo tenía claro—, su saliva era necesaria para que no se le secara la boca, por eso callaba y trabajaba, sin más.
Estaba sentado en su escritorio cuando uno de los superiores se acercó y le puso un portátil en la mesa —lo queremos preparado para el lunes, aquí tienes el informe de los fallos—, sin mediar palabra se retiró. Parecía que ese viernes no iba a pasar nada interesante. Cogió los folios y se enfocó en lo mal redactado que estaba, no era necesario esforzarse para presentar un texto más o menos decente —se dijo—. Al terminar la lectura, no le quedó bien claro lo que fallaba en sí. Desmontó la tapa superior, chequeó el disco, la RAM —lo mismo de siempre—, no le pareció fuera de lo común, una revisión de manual, una sencilla limpieza. Sin más imprevistos procedió a poner todo como lo había recibido, ese proceso lo hizo apresurado. Al concluir, no pudo hacer que encendiera, volvió a desmontar todo, movió algunas piezas, no hubo solución —de vez en cuando miraba el reloj—, su desgana y el apuro por terminar, no ayudaron. Después de cavilar un rato se decidió por quitar la placa madre, no era posible que un aparato de esos pudiera con él, se frustró. De repente tendría un fallo con la energía, por eso no encendía —se dijo—. Con cuidado la sacó de su ataúd y la colocó en una bolsa anti estática, tendría que esperar un par de horas, por lo menos, para probar si esa era la solución, pero se quedaría con la duda, pues, según sus cálculos, solo tenía tiempo para montar la carcasa. Se le había hecho tarde.
Un mal día lo tiene cualquiera —pensó—, no había matado a nadie, el que trabaja se equivoca, por eso, no pensó más en el mal trago de lo que había sucedido, mas bien se apuró en limpiar todo, colocar las cosas en su sitio, era viernes y no quería tener más inconvenientes. Terminó y comenzó a preparar sus cosas, abrió la puerta, antes de salir echó un último vistazo a la carcasa del portátil, estaba tan brillante que cualquiera lo confundiría con uno recién estrenado, nadie podría decir que solo era un contenedor, una bonita tumba vacía. Si le dedicaba algo más de tiempo cabía la posibilidad de que encontrara una solución, pero en ese momento solo pensaba en salir, irse a casa, dormir, esperar el sábado, despejarse y descansar…

Mitchel Ríos