Creatividad

Caso fortuito

Enciendo el ordenador —espero que arranque de forma correcta—, estos días ha estado pachucho, no entiendo a que se deben sus achaques, no es viejo, es relativamente nuevo, pero con estos trastos nunca se sabe, de repente comienzan a fallar y uno se queda vestido y alborotado.
Suelo encenderlo cuando voy en dirección a la cocina, mientras estoy en ella, va cargando el sistema operativo; al sentarme ya está listo para usar. En algunas ocasiones demora el proceso, no sé qué manía tienen algunas empresas informáticas en instalarles programas que no benefician, sino, más bien, merman su desempeño.
Un día de tantos —no sé con certeza cuál—, hice el rito de todos los días, sin embargo, al volver el ordenador estaba con la pantalla negra, parecía estar apagada. Me fijé en la luz que indica si está conectada. También me fijé en el led de alimentación, estaba encendido. La situación me desconcertaba. El portátil no encendía y comenzó a sonar como si estuviera cargando una aplicación, no soy un especialista en estos asuntos, pero por sentido común puedo deducir si un ordenador no va bien. No es necesario ser un experto, si veo una piedra cayéndome en la cabeza, tendré que hacerme a un lado, no es imprescindible consultar si me hará daño. El cacharro estaba fallando, desde mi ignorancia lo supuse, eso me motivó a revisarlo —aflojar tornillos se me da bien—.
Días antes de este imprevisto, hablaba sobre el vencimiento de la garantía, el equipo tenía dos años y una semana, al comprarlo me ofrecieron una extensión de la misma, tendría que abonar una módica suma mensual —no sé cuánta pasta más suponía—, también me endosaron un seguro, este era gratis. Llenaron una ficha con mis datos, me pidieron una cuenta bancaria, el encargado fue amable, me acercó una Tablet y me indicó: firma en el recuadro, sin salirte. Seguí las indicaciones y me entregó una carpeta con las copias de lo que suscribí. Según esos cálculos, dejó de tener garantía el ordenador hace una semana, por lo tanto, sería en vano llamar al servicio técnico. En esas circunstancias tendría que ver si solamente era mover algún cable o limpiar un poco. Si en ese caso no hubiera solución, llamaría. Todo funcionaba bien, seguía con la duda, demasiada coincidencia, se jodió una vez que se perdió la garantía. Debería ir a cuarto milenio a exponer mi caso.
No me vendría mal ir a la oficina del consumidor, a esa a la que uno recurre cuando siente mellados sus derechos.
La única vez que fui a sus oficinas fue por el incumplimiento del servicio de llamadas ilimitadas para toda la vida, me atendió un tipo de barba entrado en años, me dijo, textualmente: Los servicios para toda la vida no existen, no se puede confiar en esos eslóganes, esas frasecitas son puro marketing. Entiendo, es la novedad, y se termina cogiendo la oferta. ¿Quién podría desconfiar de una campaña inocente?, es para toda la vida, ¿no?, como para no creer.
Cientos de usuarios nos fiamos de lo que vemos en la televisión y, si comenzamos a desconfiar, nos iría mal. En ese momento, al estar delante del funcionario, luego de recorrer varias oficinas, se me quedó grabado. Me hizo una serie de recomendaciones y añadió la forma de realizar la queja. A mí todo ello me parecía excelente, pero en lugar de una solución sencilla, complicaba el asunto, en algún momento de su discurso escuché que hablaba sobre abogados, a partir de ese momento me pareció un asunto engorroso, al salir de ahí, tomé la decisión de cambiar de compañía, aunque, en palabras del administrativo, era pasar de un lobo a otro, confié en mi sentido común, total, para meterme en problemas me bastaba yo solo.
Desarmé el aparato, en vista de que no se apreciaba ningún problema, seguí extrayendo los tornillos, lo hice con sumo cuidado; seguía sin funcionar. Necesitaba seguir trabajando, por eso saqué el disco duro, un hard disk de toda la vida, no un SSD, para el caso me vendría mejor.
Continué mi labor en un portátil viejo que estaba cogiendo polvo en una estantería, para poder usar el disco duro lo coloqué en una carcasa y mediante un puerto USB lo conecté, estaba listo para ser usado. Concluí mi trabajo. Volví al ordenador estropeado e intenté solucionar la contrariedad, pasados unos minutos desistí, lo cerré, antes de hacerlo me percaté de unas ralladuras en el disipador protector del procesador, esas marcas parecían hechas por un papel lija, eso no debería estar así, se trataba de un aparato nuevo. A todos nos enseñan que un objeto nuevo debe estar impoluto, más aún si no se abre, claro, hasta ahora, lamentablemente no podría argüir nada, sin garantía y abierto, no valdría mi palabra, dirían que yo lo hice.
Mi decisión final fue empaquetar el equipo y mandárselo a un colega, a ver si lograba arreglarlo —esperaba que así fuera—, dentro de todo le había cogido cariño al aparatejo, lo llevaba a todas partes, a la biblioteca, al trabajo, al parque, nuestra relación era única, truncada por el desafortunado y fortuito infortunio de la vida útil de un ordenador.

Mitchel Ríos