Creatividad

Casi un recuerdo

Incesante, húmeda, constante, era el caer de la lluvia. El cielo oscuro, gélido; cerrado, cundía el frío. El agua caía por su cara, chocaba con sus labios y llegaba un poco al cuello, se imaginaba en otros espacios, pensaba en la posibilidad de ir a vivir al campo, pero eso era imposible en el momento actual, tenía compromisos en ese sitio recóndito, aislado, sin posibilidades de desarrollar actividades que le fueran enriquecedoras; pasaba la mayor parte del día meditando, buscando soluciones.
Comprendió que el problema —su problema— era él, era una fuerza de la naturaleza; para una mejor convivencia con sus ideas tenía que sosegar sus bríos y conseguir de ese modo pasar inadvertido. Esa era su constante, el dilema más grande, no lograba aislarse, no conseguía delimitar en un punto fundamental todo lo que él presuponía para sí mismo.
Las ventanas del balcón estaban abiertas, lugar idóneo para el ingreso de agua. Este ofrecía una buena vista a la calle y a la vez era una gran abertura con la que se debía tener cuidado. Aún no tenía interiorizada la costumbre de echar el cerrojo —era olvidadizo— siempre que salía a trabajar dejaba todo hecho un caos. Por sus constantes descuidos debía pasar la fregona y secar las baldosas.
Echado en la cama dirigía su vista en dirección al techo —como siempre—. Escuchaba el sonido de las gotas de la precipitación al chocar con el cristal del tragaluz, se hacía continuo, aumentaba, llenaba de tristeza el entorno.
El tiempo estaba loco, le hacía pasar malos ratos, no podía predecir la ropa adecuada con la que debía salir, por eso era usual llevarse ingratas sorpresas.
—Las plantas eran las únicas beneficiadas del acontecimiento –pensaba—.
Los días lluviosos le parecían insustanciales, salir a caminar por la mañana era poco reconfortante, el ambiente: monótono, similar e insignificante. En esa situación conocer una calle equivalía a conocer todas, el tono gris invadía por completo la experiencia. Se esfumaban las expectativas de otros días, sus pretensiones decaían, subsistía contemplativamente. La tranquilidad se fracturaba en pequeños trozos de impaciencia; le divertía. No tenía más opciones era necesario dejar aquel espacio de confort. Se levantó, cogió la ropa de costumbre que tenía colgada en el perchero y antes de salir se abrigó con una cazadora polar.
El ambiente oscurecía más y parecía de noche. La persiana estaba a medio levantar. Las nubes en el cielo dibujaban imágenes extrañas, diversas, sugestivas; cargadas con significados ocultos. La cantidad ingente de líquido producido por el aguacero dejaba desolada las calles. Comenzaba a sentirse el viento.
Apresuraba el paso después de salir del trabajo, necesitaba llegar a coger pronto el bus, era sumamente importante ir a solucionar el desorden dejado en casa, fruto del descuido constante. Mientras caminaba notaba el deficiente sistema de alcantarillado, los desagües se desbordaban, las vías se convertían en senderos fluviales; arrastraban todo tipo de elementos, se tenía que andar de forma precavida. Caminaba pegado a la pared, las vías se volvían angostas en un tramo del sendero, corría el riesgo de ser salpicado por algún coche. La ropa se le estaba empapando.
Mientras se movilizaba miraba a la poca gente que deambulaba, llegaría pronto a la parada, en unos veinte minutos el bus lo dejaría en el terminal más cercano de su casa, subiría las escalinatas, saldría de ella, enrumbaría hacia la cuesta en la que quedaba su casa, evitaría las zonas húmedas, la lluvia se habría detenido, sin embargo, aún quedarían los rastros de la tempestad. Llegaría a una de las esquinas y se toparía con el grupo de siempre. Pensaba en llegar pronto a casa, entrar por la puerta, dirigirse al baño, desvestirse, meter esa ropa mojada en la lavadora. Imaginaba la imagen que tendría al verse en el espejo mientras se secaba. Una vez a gusto, se volvería a ver en el espejo, observaría el rostro de siempre —no, el rostro de siempre no, pero sí el de la última época—. Encendería la calefacción; se echaría en la cama, pondría algún programa interesante en la tele y se quedaría dormido.

Mitchel Ríos