Creatividad

Carpe Diem

Poder concentrarse se estaba volviendo engorroso. Cogía los libros —en otros momentos los hubiera devorado en pocos días— y los dejaba a medias, no estaba del todo equilibrado, su ritmo de lectura había mermado. No se sentía seguro —pensaba en los tiempos pretéritos—, divagaba en sus recuerdos para encontrar las respuestas a lo que sucedía.
—Una historia, sí, una historia —algo se había resquebrajado en el camino—, todo evoluciona, se transforma en la vía hacia el presente.
Estaba seguro, las pérdidas durante el recorrido que efectuaba en sus ideas eran patentes, analizaba su pasado para poder encontrar una solución y así lograr satisfacer sus ansias, sin embargo, remover su pasado le contrariaba, le traía reproches y una inusual sensación de culpa.
Lo externo comenzaba a inmiscuirse en su ambiente; no lo dejaba disfrutar de la tranquilidad requerida, la inseguridad, cada vez más evidente, ingresaba en su espacio. Sus temores afloraban, el entorno monotemático azuzaba a su espíritu a un estado azorado. Entretanto, su pensamiento vagabundeaba en una maraña de dudas; se preguntaba: ¿en qué momento se había comenzado a romper aquello aparentemente cohesionado? El dar por sentado todo, convencido de las certezas ilusorias que vivía, causó este momento de incertidumbre, su ego se fue insuflando y distorsionando la realidad circundante.
Su pesar seguía en aumento, sus interrogantes afloraban, se cuestionaba insignificancias, encubiertas en conceptos dubitativos. A sus ansias no le valía una respuesta lineal, sencilla, plana, diáfana, requería un supuesto funcional para la necesidad del momento presente.
Remover el pasado era un martirio, comenzó a recordar su época de adolecente: la rebeldía, las discusiones, el trato recibido, las contestaciones, eran astillas incrustadas en sus evocaciones.
De esa época recordaba aquel concurso de poesía, había enviado un poema, llegó a ser finalista, pero lo acojonó la gran cantidad de hojas recibidas en el mail, un mensaje corto decía: «Devolver firmadas», con unas indicaciones en el caso de ser menor de edad. Leyó las tres primeras cláusulas del contrato, no entendió nada, fue una situación extraña —mezcla de sentimientos encontrados—, por un lado, se sentía contento por ese logro, por otro, no quería meterse en asuntos peliagudos, su sentido común le aconsejó dejar las cosas como estaban. Borró ese mensaje con el documento adjunto y se prometió no volver a pensar en ese tema; con el paso del tiempo rompió esa promesa, a veces pensaba en ello, especialmente en momentos como este, de color oscuro, sin luz al final de la calzada.
Por aquella misma época comenzó a tomar consciencia de la letra horrible que tenía, para mejorarla se compró un cuaderno de caligrafía, practicó de forma continua, escribiendo en cada uno de los renglones —sin salirse—, emulaba los ejemplos impresos en cada una de las páginas. Para poner en práctica lo aprendido escribió una carta a mano alzada, de manera cuidadosa dibujó cada una de las palabras, se esmeró para no cometer faltas de ortografía, aunque alguna se le escapó —se dio cuenta al leerla de camino a entregarla-, no tuvo más remedio, dejarla como estaba, hacer correcciones hubiera implicado dañar el papel. Entregó la carta, con la ilusión que detentaban sus buenos deseos; había imaginado una situación ideal, pero no fue así, las cosas no salieron como él quería, cada una de las palabras escritas fueron malinterpretadas y en lugar de discurrir como pensaba, todo fue torciéndose. La situación fue molesta. Trataba de recordar lo que había escrito, pero se le hacía imposible traer ese texto a su memoria, era como si algo se encargara de bloquear e hiciera inexpugnable cualquier intento por hallar respuestas.
Cogió uno de los libros que había dejado encima de su escritorio. Lo abrió y encontró el marcador en la página cien —llevaba ahí varios días—, trató de leerlo, pero era de difícil lectura, un texto que tal vez olvidaría en breve —como todo aquello al ser leído sin interés—, intentó de forma infructuosa arrancar, no pudo, era imposible conseguir la concentración necesaria para disfrutar lo que ojeaba. En momentos como ese cualquier libro le parecía anodino, innecesario, insustancial, como si de un cúmulo de elementos negativos engarzados a esa supuesta mala temporada se tratara, por eso volvió a colocar el marcador y lo abandonó nuevamente.
Cuando las cosas se oscurecían, él las ennegrecía más, tratando de rememorar y encontrar los momentos significativos causantes de su estado actual, detalles que fueron perfilando su forma de ser, era lo que recordaba —de eso no había dudas, pero no recordaba todo lo que era; eso era lo problemático, en ocasiones así era mejor no pensar, pero se empeñaba en hacerlo, escarbar, remover; analizar sus momentos tontos, lo perjudicaba en lugar de ayudar.
De repente volvía al presente, seguía con sus lamentaciones y el ambiente se volvía más tenso, era en vano revolver todas las cosas que había vivido para poder entender su presente. En esos recuerdos no estaba la respuesta a los acontecimientos que se sucedían, aún no entendía que era una simple pieza en el andamiaje del destino.

Mitchel Ríos