Creatividad

Camaradería

Cualquier pretexto era bueno para reunirse, solo bastaba con colocarse en el centro de la plaza, empezar a cocinar y los vecinos comenzaban a sumarse.
El encargado de iniciar todo era siempre el mismo. Colocaba un par de ladrillos y, para que no sucedieran imprevistos, los acomodaba delante de la fachada de su hogar, le robaba unos cuantos troncos a la estufa.
El lugar era conocido por las enormes fumatas que salían de las casas. Usualmente, a mediados de otoño y durante el invierno, la gente foránea solía asombrarse al verlas, parecían parte de un gran incendio, les resultaba extraño que los bomberos no se presentaran, sin embargo, al ver que en todas las casas pasaba lo mismo, dejaban de elucubrar sobre ideas que semejan hecatombes y daban paso a unas más agradables, era su costumbre.
No escatimaban en ingredientes, cogían las sobras y las echaban en una cacerola enorme, no se dejaban llevar por recetas, todo era al simple tanteo, siempre se decía en el lugar: todo lo que va a la sartén sabe bien. Rogaban para que no cayeran gotas de agua y todo se echara a perder, si eso sucedía tendrían que dejar de lado sus buenas intenciones y posponer el festín para otra oportunidad.
El clima no ayudaba; era imprevisible, en vano era dejarse llevar por las previsiones que emitían en la radio, nunca acertaban. Quizás los lugareños eran como el clima, imprevisibles, cambiantes, con distintos estados de ánimo, en este caso se daba por cumplido eso de que el medio condiciona. Planificar cualquier evento era innecesario, se podía suspender, era mejor improvisar, hacerlo era una forma de ganarle el pulso a lo fortuito.
El lugar en el que se reunían no era una plaza como tal, le daban ese apelativo porque no había otro sitio en el pudieran estar. Si se ponían exquisitos en la denominación lo real era definirlo como una gran corrala. Las casas de los alrededores estaban dispuestas de una forma tal que formaban un cuadrado, casi perfecto, al que daban todas las fachadas, por eso a los habitantes les gustaba pensar que era una bonita plaza hecha a su medida. Esa cercanía les permitía vivir en un ambiente cordial.
Cuando no salían a la calle se acercaban a los balcones y se enteraban de todo lo que acontecía, podían entablar charlas, debido a que no era necesario levantar la voz, ese trato era lo que más valoraban, por eso la amistad entre ellos perduraba.
En sus reuniones recordaban la bonanza que existía en tiempos pasados, eran creyentes de la frase: todo tiempo pasado fue mejor. Recordaban los días en la que bastaba con acercarse a la ría, echar la red y empezar a recoger, no era difícil, parecía como si los peces quisieran sacrificarse en aras del bienestar de las personas, estas, en agradecimiento, seleccionaban y solo se quedaban con aquellos que reunían determinados parámetros, los que no eran devueltos a las aguas. En época de abundancia —como solían llamarla—, se respiraba un ambiente de tranquilidad único, la gente comerciaba y podía vivir, relativamente bien.
La más beneficiada de esta bonanza era la iglesia, por lo general estaba a rebosar. El párroco daba buenos sermones, eran de tan buena calidad que inspiraba a los habitantes a seguir los pasos de la religión y, por añadidura, dar jugosas limosnas. Durante las celebraciones del santo patrón el agasajo no tenía límites, eran días enteros de fiesta. Los feligreses estaban pensando en ampliar el sitio de culto, era imposible que todos cupieran. Cuando se construyó, el diseño no tuvo en cuenta el aumento del rebaño, no se hizo pensando en un gran número de creyentes. Se reunieron y entre todos acordaron que, por el bien general, era necesario invertir y hacer de la casa de Dios un lugar más acogedor y amplio.
Era una vida más sencilla, no había duda, por lo menos así la recordaban. Los de mejor ánimo consideraban que de alguna forma habían sido felices, otros, en cambio, guardaban cierto resentimiento al no haber podido aprovechar todo lo que, según ellos, les correspondía. Eran tiempos que no volverían, murieron, como todo; podían recordarlos como quisieran, pero no habría ninguna posibilidad de cambiar el devenir de los acontecimientos.
A pesar de los golpes, se sobrepusieron, tenían que adaptarse al presente, vivir del pasado simplemente les provocaría sinsabores, pensar en lo que pudo haber sido los abatía.
La cara era distinta, no había dudas, las construcciones también, los cambios urbanísticos fueron una solución que convirtió ese espacio en un sitio diferente, si lo hubieran aplicado de una manera distinta, tal vez no estarían con el molestos, era difícil entender que algo así fuera consecuencia de la modernidad; a todos, de alguna manera, los transformó.
Podían estar muchas horas departiendo. Contaban anécdotas ocurridas en el día; cada uno trataba de narrar la mejor historia, hubiera sido bueno, en ese momento, transcribir sus palabras, pero no había un amanuense entre el público. Todos escuchaban solemnemente, el nivel de atención era extremo, y se reflejaba en las caras de los oyentes.
Una vez terminada la comilona y el buen ambiente, las palabras cesaban, el fuego se apagaba, se echaba agua a las cenizas…

Mitchel Ríos