Creatividad

Calle indicada

Cansado, me senté en el primer asiento libre que encontré en el autobús, esperaba llegar pronto.
Observaba la ciudad por la ventana, pensaba en lo distinta que se ve a través de un cristal, los viandantes ensimismados, abstraídos, caminando como si no les importara nada más. Era rara la vista, parecía que estuviera en otro lugar, no en el de siempre.
Mientras tanto escuché a unas muchachas preguntarle a un chaval sobre una calle, tras cotillear su charla, supe que hacían referencia a una que conocía al derecho y al revés.
Cuando estaba en la escuela me gustaba ir por ahí porque pasaba por una tienda de libros usados.
Desde la primera vez me llamó la atención, las revistas expuestas tenían portadas coloridas, las traía del extranjero, lo deduje porque no las veía en los puestos de periódico habituales.
Como me hice asiduo a pasar por ahí, deteniéndome, un día sí y otro también, a leer las portadas, creo que le caí en gracia al dueño.
Una vez, mientras estaba parado ojeando su mercancía, se acercó y me indicó que cogiera la que quisiera, con la promesa que, tras leerla, la devolviera.
Su planteamiento me pareció excelente, podría enterarme de lo que contenían sin gastar un duro.
Me recomendaba lee esto, lee lo otro, aunque casi siempre le decía si podía coger las revistas de videojuegos. Cuando las tenía en mis manos, me sumergía en un mundo inalcanzable para mí. En ese momento me parecía que era imposible tener uno de esos trastos en casa.
Me aprendía los trucos para pasar los juegos, las claves de los sitios secretos, los consejos para conseguir puntajes altos, obtener personajes bloqueados, mi memoria fotográfica era mi mejor aliada.
A veces, cuando tenía tiempo a la salida de la escuela, me ponía a ver como otros jugaban, iba a un centro recreativo, a un par de bloques de la escuela, y me ubicaba al lado de los jugadores.
Cuando se daba la oportunidad les decía:
—Tienes que apretar, la A más derecha junto con la…
Se sorprendían porque mis consejos funcionaban, de tal modo que cuando me veían nuevamente, me los pedían.
Yo encantado, así corroboraba que los trucos que indicaban en las revistas funcionaban, me hacía prestar más atención a su lectura.
Seguí yendo al mismo sitio y revisando las mismas revistas, empapándome en la lectura de sus contenidos, para meterme a conversar de un trasto que no tenía, pero del que hablaba como si lo tuviera, la teoría la manejaba.
Pasado un tiempo, la tienda cambio de lugar, un día me acerqué y encontré la puerta con un cartel indicando una nueva dirección, me hubiera gustado que se quedara ahí, en ese sitio para seguir aprendiendo.
El chaval al que le preguntaron les dijo que no la conocía, se bajó en la siguiente parada.
El cansancio continuaba, seguía ansiando llegar pronto y echarme en cama, quería dormirme cuanto antes, tenía metida la pájara, pero, a pesar de ello, se me ocurrió indicarles, quizá tenían urgencia por llegar ahí.
Me acerqué a un asiento cerca de ellas, les hice señas y les indiqué en dónde quedaba la calle por la que le habían preguntado al tipo que se bajó minutos antes.
Tenía planificado, cuando se sintieran reconfortadas por la información, decirles no es nada, estamos para ayudarnos, igual, sí yo estuviera en vuestra posición, lo habríais hecho.
Mientras pensaba en ello, les dije que tendrían que bajar en la siguiente parada, de ahí seguir todo en dirección norte, era fácil llegar, no había forma de perderse, es más, la calle estaba completamente alumbrada, se acercaban las fiestas.
Como faltaban unos minutos para llegar, igual podría comentarles de mi época de rapaz y como conocí esa calle, quizá para resultar más gracioso les soltaría un chascarrillo, tal vez, de ese modo, mejoraba mi día.