Creatividad

Berenjenal

El ruido en la corrala se hacía insoportable, las reparaciones que venían haciendo, en uno de los bajos, ocasionaba el malestar. Las paredes de los apartamentos eran delgadas, por eso se podían escuchar los ruidos como si se estuvieran realizando dentro de cada una de las habitaciones. El problema era la cercanía.
Se sentaba delante del televisor y pasaba varias horas, no se movía, parecía un alelado; era su forma de pasar el rato, se divertía.
Era nuevo en el barrio, no era de salir mucho, por eso, cuando paseaba por las calles, todas le parecían iguales. Su poca pericia, al volver, le hacía perder la noción de la puerta por la que debía entrar, todas las del bloque eran parecidas. Ese desconcierto fue variando hasta hacérsele familiar el lugar, además, con el tiempo descubrió que habían modificado la numeración, en algún momento fue el número X y ahora era XX, ahí residía el problema.
—¿Cómo van?
—A ceros.
—Quien está jugando mejor.
—El que está jugando mejor.
—Sin recochineos.
Con el paso del tiempo se arregló el asunto, abrió un restaurante vegano al lado de donde vivía, el nombre era extraño, se podía leer en un cartel llamativo que tardaron en colocar, se llamaba: La berenjena de color berenjena, no se habían currado demasiado el nombre, o ¿sí?, tal vez le pusieron ese por no ponerle uno más cutre. Cuando salía a la calle, de soslayo, miraba y parecía no tener demasiados clientes, así siguió durante mucho tiempo, casi siempre vacío, tenía varias mesas, algunas colocadas cerca de la puerta, los clientes eran siempre los mismos, no variaban, sin embargo, eran fieles, la gran mayoría amigos de la camarera y la dueña.
No era amigo de las bromas, cuando perdía su equipo solía quedarse en silencio, pasaba un par de horas guardando luto, en el momento en que terminaba ese periodo, dejaba de estar en una esquina y se acercaba a buscar conversación.
Nunca le llamó la atención ir a uno de estos lugares, sentía que la comida demasiado sana no le dejaba satisfecho, alguna vez fue, la comida no le pareció mala, lo que si le había causado desagrado fue el precio de lo servido, era casi el doble de lo que pagaba usualmente, desde esa vez consideró que comer «sano» no era lo suyo.
—Mala suerte.
—Sí, espero que gane la próxima vez.
—Ya no deberías enfadarte, es previsible que pierda.
—Sí, lo sé, pero no pierdo la esperanza.
A veces se escuchaba ruido de taladros, lo peor de todo era que no tenían cuidado, empezaban temprano, a eso de las ocho de la mañana, cuando lo normal era a las nueve, no se ponían a pensar si causaban molestias al resto de vecinos. La comunidad del edificio consideraba que trabajaban sin licencia, no habían avisado nada de las obras, esta pequeña diligencia era importante. En esa situación, llamaron a la policía con la esperanza de detener los trabajos que estaban realizando. La comisaría informó que demorarían un par de días, tomarían nota de la incidencia. Uno de los encargados no entendía cómo era posible, siempre había una patrulla dando vueltas por la zona, se resignó a esperar.
Cuando las aguas se sosegaban se podía charlar tranquilamente, parecía otra persona.
Llegaron temprano, el presidente de la junta de vecinos no estaba en casa, la policía comenzó a tocar las puertas de los pisos, empezaron por el primero, buscaban el piso A, llamaban a las puertas, ninguna respondía a sus requerimientos, de repente una se abrió. Apareció un tipo desgarbado, tenía mala cara, al ver a los agentes puso cara de asustado, le hicieron un par de preguntas, trató de responder sin perder la compostura.
—Tu problema recae en la forma de comportarte.
—Es cosa del momento.
—En determinados casos no se sabe cómo vas a estar, pareces como el clima de mi tierra, puede ser que amanezca nublado, pero luego, intempestivamente, te asas de calor.
—Así como lo pones parece que nevara también.
—De esa forma eres tú, no es grave, no obstante, se podría matizar un poco.
Cuando terminaron de hacer las preguntas, siguieron con su investigación, no lograron encontrar nada, llamaron a la base, tenían prisa por irse, sentían que estaban perdiendo el tiempo, al ser su cargo importante, no podían estar en esas minucias, su interlocutor les dijo que estaban en el sitio correcto, por lo tanto, debían seguir intentándolo.
Las veces en que perdía su equipo la sensación de frustración lo sumía en el peor de los escenarios, el clima se ponía oscuro.
Pasados unos minutos llegó el encargado, descubrieron el piso, en efecto, estaban haciendo obras, pero de tal modo que nadie se daba cuenta a simple vista. Los trabajadores se sorprendieron de la visita, el jefe de obra habló, solicitaron el permiso para el trabajo que estaban haciendo, proporcionó la documentación requerida, con ello demostró que tenía todo en regla, visto lo visto, no podían parar la obra, lo único que hicieron fue advertir sobre el ruido.
—¿Cómo te puedes entretener viendo a veintidós tipos detrás de un balón?, un juego de tontos.
—Hay otros que también son tontos, pero, por respeto a la gente que le gusta me abstengo de dar mi opinión.
Cuando las obras estaban a punto de terminar se podían ver desde fuera unas mesas, una barra, aún estaba desordenado el mobiliario, faltarían unas cuantas semanas para su inauguración. La apertura se realizó el mes siguiente a la culminación de los trabajos, lo que les requirió más esfuerzo fue colocar el letrero de la calle. No quedaron del todo contentos, sin embargo, se resignaron y lo dejaron así.

Mitchel Ríos