Creatividad

Bajo la lluvia

Las relaciones pasan; el amor vuelve, una frase que retumbaba en su cabeza; llovía, el cielo estaba oscuro, para distraerse, —El amor siempre vuelve —se repetía; soltó una carcajada.
Se dirigió a la biblioteca —una mala idea—, lamentablemente en ese espacio las personas se dedicaban a conversar en voz alta, más de una vez reclamó; el encargado lo tildó de problemático, había ruido, sí, pero nadie se hacía problemas, solo él.
—Suficiente tengo con mi trabajo como para estar preocupándome por el ruido —frunció el ceño y añadió— Si no estás a gusto en este lugar, te puedes retirar.
—No es cuestión de irse o quedarse, en un lugar como este se viene a estudiar —respondió—, leer, escribir, no a charlar.
—Lo sé —lo vio e hizo un gesto de resignación—, diles eso a todos los de ahí —señaló a un grupo de chicos—, como verás nadie reclama.
No dijo nada más, guardó silencio, pensó en la posibilidad de quejarse, sin embargo, prefirió marcharse, sabía que era en vano tratar con esa gente, como eran mayoría no tendría eco su malestar, cogió sus cosas, salió a la calle —aún seguía lloviendo—, su plan de distraerse y dejar de pensar fue todo un fracaso; mientras caminaba se preguntaba: ¿cómo sería vivir sin complicarse la vida?, no lo sabría —esa pregunta no tendría respuesta—, por un momento le gustaría ser como ese chico despreocupado —recordó a un conocido del diplomado y fue como si se abriera una puerta—. Se le acercaba, solicitaba su compañía, casi siempre para fumar. A él no le gustaba hacerlo, por eso ponía pretextos, la ropa le quedaba oliendo mal, las pocas veces que lo hizo, le daba dolor de cabeza. Este chico solía llevar un frasco de colirio entre sus cosas, era para evitar la molestia del humo en los ojos —argüía—, lo descubrió aplicándoselo detrás de uno de los edificios —oculto, asustado, preocupado por no ser descubierto—. Esta actividad lo dejaba mal, por eso debía acompañarlo a la parada del autobús —estaba en otro lado, se notaba por sus gestos, en contraste a sus palabras: estoy bien, esto me hace sentir mejor, su mirada era distinta, lo delataba—. Bajaban por la calle paralela; al cruzar, preocupados más por pasar desapercibidos que por el tráfico, casi fueron arrollados por una moto, podías percatarte de todo, pero de una moto era imposible, se metían por todos lados, las normas de tráfico para ellas no existían, era necesario aprender a ver dos veces antes de cruzar el paso peatonal. En la moto iban dos personas, en lugar de disculparse por el incidente, arremetieron con insultos. No hicieron caso, dejaron el incidente detrás, llegaron a la estación, embarcó a su amigo, estaba grogui.
Desde esa parada a la suya había un buen trecho, eso, no le preocupaba, caminar le gustaba, su idea de ir por esas calles peligrosas —llenas de ratas, con desagües colapsados—. A causa del clima parecía más tarde de lo que realmente era. Nunca le había pasado nada, sí había visto como a otros les robaban —usualmente iban distraídos—, pasaban un mal rato; a ese riesgo se exponían al transitar por un lugar así. Ese día no estaría por ahí, es lo usual, cuando quieres encontrarte con alguien, no suele aparecer.
La lluvia seguía cayendo, no iba vestido adecuadamente para hacer frente a un imprevisto así, para su buena suerte los libros estaban bien resguardados, sino, se llevaría un gran enfado, era celoso con ellos, muy cuidadoso también. Se iba acercando a la parada, había varias personas esperando.
Ahora no podía lamentarse, no tendría ese abrazo, ese hombro en que llorar, el apoyo…
Tampoco ir de bares sería un paliativo, en momentos así todos los recuerdos se agolpaban, además, eso de beber solo no le parecía normal, prefería salir con alguien para conversar, no sentarse únicamente y perderse en sus ideas, no, eso no le parecía adecuado. Había varios coches aparcados.
—¿Qué te pareció el vino?
—Está bueno, pero a mí todos me parecen igual, no he cultivado el gusto por esta bebida.
—Pensé que eras un adorador de Dionisos.
—No pienses tanto, ese es tu problema, pensar demasiado, en todo caso sería adorador de Baco —Estaban en el coche, pasando un momento ameno.
—Me gusta rodearme de gente que se esfuerza y busca destacar.
—Conmigo haces la excepción —soltó una carcajada.
—En serio, me agrada ese espíritu.
—Por suerte la inteligencia es innata, sino, estaría jodido —pareció como si estas palabras no las hubiera escuchado, no tuvo respuesta, quedaron en una simple anécdota.
El bus llegaría pronto, volvería a casa, se encerraría en su cuarto, se echaría en la cama, meditaría, divagaría, recordaría, no había más por hacer en ese universo habitual; monótono. Estaba sumido en sus pensamientos, pero el mundo no dejaría de girar, la lluvia caía y seguiría caminando solo.

Mitchel Ríos