Creatividad

Animal enjaulado

Faltaba poco para que pasara el tren, apuró el paso. Estaba seguro, por un momento, que lograría cogerlo, sin embargo, al llegar a las escaleras mecánicas se topó con un letrero llamativo de color amarillo con franjas negras: Fuera de servicio, no pasar; ante este inconveniente no tuvo más opción que la de elegir otra alternativa, bajaría a pie raudamente, eso sí, con cuidado, no quería resbalar y terminar con el culo dolorido o, en su defecto, descalabrado.
Su esfuerzo fue infructuoso, al poner un pie en el andén el tren partió. Miró en dirección a la única pantalla del lugar, faltaban cinco minutos para el siguiente, soltó un suspiro, cinco minutos —repitió para sí—, pueden pasar muchas cosas en ese lapso —se dijo.
Miró a todas partes y se fijó en los asientos desocupados, se situó en uno de ellos, para que el tiempo pasara más rápido comenzó a cavilar. Cuando estaba centrado en sus pensamientos, una chica comenzó a elevar el tono de su voz, al inicio parecía que estaba hablando por teléfono, le importaba poco incomodar al resto con su charla. Este comportamiento no era inusual, pero a él le resultaba incómodo, a pesar de que todos los días tomaba la misma línea, no se acostumbraba. Le inquietaba, se ponía nervioso al escuchar a las personas levantando excesivamente la voz.
Esto va para largo —se dijo—, le resultaba difícil volver a lo que estaba haciendo. Le hubiera gustado llevar unos cascos, con ellos podría abstraerse de todo, aislarse de ese mundillo, escuchar sonidos agradables.
Los gritos no se calmaron, a ellos se sumaron los de la gente que comenzó a abarrotar la estación, era confuso entender lo que decían, los acentos se mezclaban, los matices, tantas cosas —pensó—. Esa masa hablando al mismo tiempo se parecía a los zumbidos de algunos insectos, repitió la palabra insectos y se dijo: ahora resulta que comparas a esos viandantes con insectos, pero ¿qué clase de bichos?, podían ser cualquiera, no obstante, en ese juicio descartaría a las abejas, ellas me gustaban, por ende, sus ruidos tienen que ser de mi agrado.
Parecía que el número de gente aumentaba conforme pasaba el tiempo y entrarían más, hasta completar el aforo, pero ¿Cuántas personas se necesitarían para hacerlo? No era un especialista en hacer cálculos matemáticos, por no decir, que los detestaba, le parecían conceptos cuadriculados, constreñidos en unos postulados de los que nunca salían. Ponerle un número delante significaba un inconveniente difícil de esquivar. Eran mejor otros conocimientos y no ese que estaba enfocado en hacer su existencia engorrosa —se decía.
Muchos argumentaban: No puedes huir de los números, están por todas partes. Eres como ese al que no le gusta leer y considera que no todo está en los libros. Lo mejor es vivir la experiencia. En resumen, leer es perder el tiempo. Pues, más o menos, así es tu posición con los números. Sin embargo, a pesar de ser un buen ejemplo gráfico, y fácil de entender, se mantenía en sus trece, los números solo eran trabas —los andenes seguían llenándose.
Si no hubiera sido por la demora estaría llegando a casa —se repitió—. Toda esa gente tomó por asalto el sitio, si seguía a ese ritmo habría que ponerse a buen recaudo para no ser apretujado, no había nada más desagradable que eso, ser consciente del mal momento que te estaban haciendo pasar y mirar los rostros de todos, había personas que lo desconcertaban, no dejaban de observarlo, se sentía como un animal enjaulado, admirado por los pasajeros sin poder hacer nada para que eso no sucediera. Después de varios viajes descubrió que la forma (y más entretenida) para huir o, por lo menos, aminorar esa sensación, era ir leyendo, por medio de la lectura el malestar desaparecía.
De repente, fue asaltado por más sensaciones incómodas, miró nuevamente la pantalla, faltaban dos minutos —le pareció que había pasado más tiempo, pero ya no quedaba mucho. Tendría que dejar de lado todo lo que pasaba ahí y, si era posible, poner en práctica lo de los viajes astrales (como medida desesperada), le parecían una reverenda tontería, pero, en ese momento, rogó porque fueran reales y se pudieran llevar a cabo solo con desearlo.
Todo concluyó cuando vio que entraba el tren en el andén, trató de ubicarse cerca de los últimos vagones. Para su estación faltarían unas seis paradas, cogió la mochila, se la puso al hombro, cuando estuvo dentro la apoyó en el suelo, entre sus piernas, cogió su libro electrónico, esperó a que encendiera, seleccionó el texto para continuar con la lectura. El tren echó a andar.

Mitchel Ríos