Creatividad

Algunos momentos

Los árboles con restos de hojas de otoño, los coches pasan en cantidad, alguien corre en dirección norte —no se sabe cuál será su destino—, una señora cruza de forma intempestiva, otros transeúntes van más pausados —aletargados por el clima—; es la temporada. Se tornaba el ambiente de diversos colores, los monumentos alusivos a las próximas celebraciones comenzaban a instalarse, más de uno viajaba esperando reencontrarse con sus momentos de antaño —espacios que hacían de tubos de escape al trajín laboral—.
Paseaban por la plaza de domingo —así le llamaba—, en ella solían hallarse representantes de la oficina de turismo repartiendo mapas y suvenires, simplemente bastaba con solicitar uno para que te lo dieran. En otro espacio de esa misma plaza se encontraba la policía montada, era un espectáculo admirarlos, hacían diversos movimientos.
Durante esos paseos te detenías a observar a la gente, te fijabas en sus modos, sus palabras, en las sorpresas que recibían; miles de historias, si veías a dos personas riéndose deducías que era debido a alguna broma o una buena nueva. Gente conociéndose. Estabas sumido en tus pensamientos cuando se te acercó un muchacho brasileño, con una mochila color negro, de manera afable te saludó y tú le dijiste que hablara en portugués, no tenías problema en falarlo —el portugués era un idioma que te encandilaba, la manera de hablar cantando le daba un toque especial—. La charla duró un buen rato, el chico comentó sobre lo bien que se lo pasaba en la ciudad, pertenecía a una congregación y de forma voluntaria salían por distintos lugares a compartir la palabra —así le llamaba—, mientras decía esto sacó un libro de la mochila, era de tapa azul y se lo obsequió.
Entretanto, te indicó una página del libro, en ella estaba escrito la dirección del lugar en el que solían reunirse, —serás bienvenido —te dijo—, se despidió y pudiste ver que se dirigía hacía un grupo de personas, por un momento pensaste en la posibilidad de hacer algo parecido, sin embargo, no te creías capaz, venir desde tan lejos a un lugar desconocido, era imposible —meditabas.
Se retiró de la plaza y comenzó a recorrer el camino de las estatuas, un camino cercado por monumentos de antiguos gobernantes de la urbe, eran enormes, era utópico pensar en tener una en ese paseo.
Durante la caminata llevabas en la mano el libro que te habían obsequiado, la edición era buena, te sorprendió que la regalaran, lo revisaste y lo metiste en el bolso.
No bien guardó el libro cogió el mapa que le dieron los agentes de turismo, en él se veían los monumentos remarcados en círculos rojos, también tenía varías leyendas a pie de página, del mismo modo contenía recomendaciones, los mejores restaurantes, los museos, las exposiciones de arte, entre otros eventos que se desarrollaban durante esas fechas.
—Debería marcar la ubicación de nuestro piso.
—Estropea el mapa.
—No, no es estropear, es simplemente para hacer ver que se olvidan de un lugar que puede llegar a ser famoso.
Las bromas y tomarse el pelo eran parte de pasear, durante ese tiempo uno podía olvidarse de todo lo sucedido en la semana.
Al final desististe en marcar el lugar en donde quedaba tu vivienda, guardaste nuevamente el mapa en la mochila, el chascarrillo no causó gracia.
El ambiente comenzó a oscurecerse —parecía que iba a llover— eso implicaba ponerle fin a ese día de distracción. No habías cogido el paraguas, por lo tanto, era sumamente importante ir a casa pronto, si te mojabas durante el camino de vuelta podías resfriarte y eso haría que pasaras las fiestas en cama; lo peor de todo sería que no podrías viajar, por esa razón de peso, dejaste de lado el paseo. Cuando estuviera en el piso era importante planificar el próximo viaje, además de comprar varios regalos —una costumbre que dejaba vacía la cartera—, sin embargo, se remediaba al ver la cara de sorpresa de quienes recibían los obsequios.

Mitchel Ríos