Creatividad

A través de la adversidad

El encierro se estaba volviendo más insoportable, la vida no era de esta forma —infería que podían existir más cosas en este mundo—. El lunes había salido a caminar; como siempre monótono y aburrido; los días pasaban sin más asombro que el ruido que puede hacer una mosca al volar. Mientras estaba en su soliloquio comenzó a sonar el móvil.
—¿Quién puede ser a estas horas? —se preguntó.
Cogió el trasto y vio el número que aparecía en la pantalla, era uno que no estaba en su lista de contactos, por norma no contestaba a llamadas de desconocidos —a veces solía llevarse sorpresas no gratas—. Se apresuró y digitó el número que mostraba en el navegador del equipo; obtuvo varios resultados; dio clic en el que consideró más fiable y pudo leer que el número pertenecía a una empresa que hacía cobros por encargo del banco.
—Nuevamente estos pesados —dijo.
Desde hace un mes tenía un descubierto en la cuenta y no dejaba de sonar el móvil, era un incordió; cuando pillaba el número lo bloqueaba, pero esa medida era un simple paliativo, luego volvían a llamar y ya llevaba cinco números bloqueados. Dejó el equipo en la mesa de noche y comenzó a revolverse en la cama, se puso boca arriba mirando en dirección al techo; pasaban muchas cosas por su cabeza: las deudas, lo incierto de su futuro y demás situaciones que nublaban su pensamiento. Recordaba el tiempo en el que iban mejor las cosas, cobrar la nómina puntualmente, ir al banco o a un cajero —tener cash—, poder darse los gustitos que le apetecía: un helado, un video, un juego para la consola, una cerveza, ir a un buen restaurant, tantas cosas —pensaba. Sus malas decisiones ocasionaron que eso mermara. Por eso se le hacía imposible salir con los amigos, para excusarse decía que estaba enamorado y había quedado con su chica. En carne propia estaba viviendo el sentimiento de angustia que le hacía sentir el ir perdiendo el poder adquisitivo.
—En esta sociedad sin dinero eres nada —meditaba.
Conforme iban disminuyendo los billetes en su cuenta, así como las esperanzas de conseguir un trabajo a su nivel, iba comprendiendo que necesitaba trabajar en cualquier cosa; la idea inicial que tuvo cuando abandonó el trabajo debía ser aparcada para enfocarse en el ahora y no pensar en futuros prometedores que solo existían en su cabeza. Dedicarse a hacer lo que le gustaba era algo que no podría.
La idea de haberse equivocado se enquistaba en su pensamiento, aun recibiendo maltratos por lo menos tenía comodidades, ahora, por el contrario, estaba a expensas de las circunstancias, no tenía poder de decisión y eso era algo que lo hacía poner mal.
Dio unas cuantas vueltas más en la cama hasta que decidió levantarse, se dirigió a la cocina, pequeña y con poco espacio para moverse se tenía que aprender a caminar en ella. Todo estaba desordenado, tazas, platos, cucharas, nada estaba en su sitio, tenía un poco de hambre. Se acercó a la puerta del refrigerador, revisó dentro de él; solo había una bolsa con pan, unas verduras hervidas y un puñado de macarrones —todo un despropósito para su gusto—. Cogió un par de rebanadas de ese pan, las puso en un plato y cerró la puerta para no seguir desmoralizándose.
Buscó un poco de café en la despensa y no pudo hallarlo, en ese momento recordó que se había terminado el día anterior; tuvo que resignarse a tomar una infusión, utilizó una de las tazas que tenía a la mano, la llenó con un poco de agua del grifo y la puso a calentar en el microondas.
El piso en el que vivía era de dimensiones estrechas, por eso tuvo que sentarse al filo de la cama a desayunar. Consumió la bebida y engulló el pan, terminó pronto, pero aún seguía con hambre, tuvo que conformase porque era todo lo que había. Se quedó mirando el plato vacío y la taza, sentía que podría tener mejores posibilidades —la vida era injusta—.
Las ideas iban agolpándose en su cabeza y se le hizo un batiburrillo, no podía pensar con claridad, se sentía agobiado —en circunstancias así, cualquier decisión que tomara no sería la mejor—. Se levantó, volvió a la cocina, lavó la taza y el plato, las puso nuevamente en su desorden; caminó en dirección al baño, hizo sus necesidades, se duchó y quedó bastante fresco, relajado, cogió la toalla para secarse. Desnudo caminó hacia la habitación; se vistió con lo primero que pudo —necesitaba salir de ese lugar—. Cuando estaba a punto de salir y cerraba la puerta, comenzó a sonar el teléfono de casa.
—Tal vez serían los del banco —pensó.
Terminó de cerrar la puerta; se dirigió al rellano, abrió el gran portón y salió.

Mitchel Ríos