Creatividad

A primera hora

Estaba desayunando. A lo lejos había una pantalla de televisión que observaba desde su posición, se encontraba puesta en un canal que se caracterizaba por ser parcial y poco objetivo en sus afirmaciones ideológicas. Para ese informativo todo lo que hacían los que no comulgaban con sus ideas era anti democrático. En cuestión de epítetos no se quedaban cortos, los utilizaban a su antojo, para su fin se centraban en los más hirientes, en los que más polarizaban y ofendían.
Temprano, tuvo una cuasi discusión con su pareja, le comentaba la sensación extraña que sentía motivado por los acontecimientos actuales, luego soltó un discurso que no fue bien recibido, como todas sus afirmaciones cuando eran repetitivas. En cuestiones políticas nunca se ponían de acuerdo, no estaban en las antípodas (si eso fuera así la situación sería insostenible), simplemente observaban desde distinta posición el mismo objeto, uno veía el vaso medio vacío y el otro, medio lleno.
A pesar de haber transcurrido unas cuantas horas de la charla que tuvieron, en su cabeza aún retumbaban unas palabras que, dentro de todo, eran ciertas.
En lugar de hablar desde ese asiento deberías salir a protestar a la calle, qué fácil resulta escribir, cuando hay personas que se dejan la piel (y algo más) siendo activistas. Nunca te he visto tomando la iniciativa, yendo a una de esas manifestaciones, si tan en contra estás, podrías demostrarlo, no solo hablar y hablar, todo se te va por la boca… Sabes, las palabras sin hechos no sirven de nada.
Quizás la fuerza con la que fueron lanzadas estas palabras era la causante de que aún estuviera dándoles vueltas. Sentía que con ellas había dado en el blanco, pero no siempre fue así, recordaba que en una época salió a reclamar por sus derechos, incluso fue parte de una protesta que pasó a ser un momento histórico de la ciudad, también era cierto que aquella fuerza, al parecer, ahora no se notaba, fue una etapa, cada vez más lejana.
Su primera intención fue la de solicitar al camarero que cambiara de canal, pero no lo hizo, no quería resultar intransigente, ser el único que alzara la voz, si hubiera alguien más, se le uniría.
Con esta actitud demostraba que para él era más importante guardar los modos que soltar sus ideas, pero nadie podría culparle por ser así, como él había miles de personas que hacían lo políticamente correcto, guardándose sus opiniones para sí mismos, para profesarlas en la intimidad o con afines, evitando el enfrentamiento con aquellos de pensamiento diferente, ¿si se podía evitar una confrontación qué sentido tenía verse envuelto en una?
Se encontraba ahí por diversas gestiones que debía hacer. Madrugó, pensó que al llegar temprano lo atenderían pronto en la agencia, sin embargo, la hora de la cita era inamovible, viendo que demorarían en recibirlo decidió ir a tomar algo, aún era temprano y no había desayunado. Faltaba media hora, por lo tanto, le daba tiempo de sobra. Unos días atrás le comentaron que por la zona había un sitio con buen servicio y buenas raciones, si no quedaba demasiado lejos iría —se dijo—, cogió el móvil y puso la dirección en el mapa, le salió la distancia precisa, estaba a unos diez minutos. Ya que era necesario hacer tiempo fue a por aquel lugar.
Se fijó en el nombre de las calles, así pudo situarse mejor, se imaginaba en la cafetería, de ese modo corroboraría si las recomendaciones eran ciertas. Cuando llegó, se encontró con el lugar cerrado, lamentó que no pudiera disfrutar de su servicio, miró su reloj y aún tenía quince minutos para tomar algo. Ingresó al primer sitio que encontró abierto, se situó cerca de la barra.
Se centró en desayunar, se había convencido de que no valía la pena decir nada.
De vez en cuando, de reojo, leía los titulares de la caja boba, aunque no podía escuchar lo que decían por la distancia, no había necesidad de ser muy inteligente para inferir las diatribas que estaban soltando (tomando como base las letras de la pantalla era sencillo hacerlo). Se enfocaba en los ademanes y gestualidad del conductor del programa, trataba de leerle los labios, parecía encarnar un papel o seguir un guion, cuando olvidaba algo, hacía una pausa y leía un papel, después de este receso empezaba con más fuerza, con más furia, en lugar de ser un opositor parecía un enemigo con ganas de hacer sangre. Se notaba que era un tipo con ansias de dejar clara su posición: ir en contra de todo lo que no se ajustaba a la línea editorial de la cadena (la empresa que lo tenía como asalariado).
Pronto se dio cuenta de que la gente de las mesas contiguas estaba más pendiente de la pantalla que de otra cosa, se asombró, pero concluyó que, de repente, simpatizaban con la invectiva que soltaba el presentador, estaban como hipnotizados.
Les decía lo que querían escuchar, los inspiraba con sus afirmaciones, era un tonto útil con un guion claro.
Al terminar, pidió la cuenta, la pagó. Mientras se retiraba pensó en los individuos que creían a pie juntillas lo que ahí decían. Le preocupaba la existencia de conciudadanos sin pensamiento crítico, sin el interés de investigar, sin la disposición de cotejar las medias verdades que en ese programa vertían, cerrándose a la posibilidad de escuchar la otra versión de la noticia, las declaraciones de aquellos a los que denostaban. No obstante, al parecer satisfacían las inquietudes de sus televidentes, pues según sus estudios de marketing, encargados a prestigiosas empresas, eran la cadena más vista y se jactaban de sus estadísticas. Pensó en la gran cantidad de telespectadores que consumían su programación, si tenían sus peroratas como verdades absolutas… poco nos pasa —se dijo—, siguió su camino…

Mitchel Ríos