Creatividad

Chapurreo

Always look on the bright side of life sonaba en una de las radios cercanas y en su cabeza, la tarareaba a su modo e intentaba reconocer los vocablos. No tenía demasiado acostumbrado el oído, solía confundir algunos términos y obviaba algunas partes fundamentales, su poco entrenamiento le jugaba en contra, por eso le fascinaba versionar. Su actitud le hacía pasar por encima de esas pequeñeces, además, si se ponía a darle caña no habría tema difícil; solo era cuestión de tiempo, ganas y de sobrepasar sus limitaciones —en ese momento soltaba una carcajada—, era positivista.
Se imaginaba como el personaje de una novela que leyó, de repente estaba hablando en un idioma y pasaba a otro (sin darse cuenta). Al recitar entremezclaba palabras y, de acuerdo a lo que se describía en el texto, sonaban tan bien que nadie osaba corregirle. Le aplaudían y daban vivas, por algo era el personaje principal de la historia. Intercalar frases e ideas de distintas lenguas en un mismo discurso sería una proeza —pensaba.
Cuando estaba delante de extranjeros se sentía dueño de sí mismo. Hacía todo el esfuerzo posible para hacerse entender y casi siempre lo conseguía —desde su perspectiva cada frase que soltaba venía a cuento—. Los que le oían podían decir que hacía el ridículo, aunque, más de uno, envidiaría esa poca vergüenza. A veces ser así viene bien, te sumerges, pierdes el miedo; lo demás se aprende, pero esa forma de ser, no, naces con ello —decía alguno de los testigos circunstanciales.
Algún enteradillo notaba que emitía palabras que no tenían sentido. Alteraba el orden de las oraciones. Para caer bien imitaba el acento de los extraños, a pesar de esa buena disposición su mala dicción se convertía en un problema, no se le entendía nada; al parecer era consiente de ese hecho, por ello soltaba una carcajada para continuar con su soliloquio.
Una vez, algún tiempo atrás, en la oficina de correos escuchó como uno de los encargados trataba de hacerse entender por un cliente. Este no hablaba nada de español, por eso el empleado se esforzaba y le indicaba constantemente la pantalla de su ordenador, al parecer quería recoger una cantidad de dinero. El chico solo chapurreaba un par de palabras, de ahí no pasaba. Hubo un punto en el que el proceso de comunicación se rompió, pero el agente trató de seguir adelante; en un intento de brindar el mejor servicio, comenzó a hablar más despacio, pensando que con ello se haría entender. Alargaba las vocales y señalaba más veces el monitor. Varios de los presentes sostenían que si no le entendía cuando hablaba de forma normal, menos lo haría con ese vano intento. Con todo, alguno se centraba en la paciencia del servidor, otro en su lugar se hubiera desentendido, con decirle: no tenemos un traductor en este momento, hubiera bastado. Él, como testigo de la situación intentó ayudar, pero su intervención se vio frenada por la resolución del imprevisto.
Esa imagen de un tipo haciéndose entender por todos los medios se le quedó grabada. No era importante ser un erudito sino saber utilizar los pocos recursos con los que contaba. En ese instante se dijo que sus carencias podían ser solventadas con su actitud, ya de por sí positiva, aplicándola a todo haría que las cosas funcionaran mejor. Desde ese día cambiaría, aparcaría sus miedos, se sumergiría en nuevas situaciones sin dudarlo.

Mitchel Ríos